15. Liana
LIANA
He conocido a lo que parecen cien miembros de las familias Gallo y Conte y me he tomado tres copas de champán, así que empieza a dolerme la cabeza. Devuelvo al pequeño al que llevaba apoyado en la cadera y empiezo a buscar a Vincenzo.
Tengo muchas preguntas; la más importante es por qué ha invitado a la familia Conte. Los Conte y los Gallo llevan décadas enfrentados, y nunca los había visto invitados.
Hasta este año.
La «tregua» de Dario con Vincenzo me desconcierta. Vincenzo y mi padre siempre odiaron al padre de Dario. Esa fue una de las razones por las que nunca le conté a mi padre que salía con él.
Busco a Vincenzo, a Dario, a cualquiera que conozca, pero la única persona reconocible que encuentro es Beth. Se ha puesto de punta en blanco con un vestidito negro y lleva el pelo rubio decolorado recogido en un moño.
Sonrío de oreja a oreja, me acerco y le doy un golpecito en el hombro por detrás.
Se vuelve con el ceño fruncido, pero su expresión enseguida se transforma en una sonrisa al reconocerme. Me abraza y suelta un silbido.
—¡Mira ese vestido! Te queda como un guante.
—¡Gracias! —exclamo, un poco achispada—. Dario ha contratado a una modista y a una estilista para esta noche.
Parpadea.
—¿Para una sola noche? ¿Y dijiste que no quiere volver contigo?
—No quiere. —Me inclino para susurrarle al oído—. Solo soy su mujer florero.
—Estás borracha —dice con tono cantarín, riéndose cuando vuelvo a enderezarme.
Frunzo el ceño.
—No estoy borracha. Solo un poco... efervescente.
Niega con la cabeza, aunque sigue sonriendo.
—¿Dónde está Sonny esta noche?
—Con Marie, mi niñera. Dario la contrató cuando nos mudamos.
—Una niñera, un vestido nuevo hecho a medida, te han peinado y maquillado... —Vuelve a silbar—. Parece que te va bastante bien.
—No es así y lo sabes. Odio cada segundo.
Pero hasta a mis propios oídos suena a mentira. No odio esta noche. De hecho, me lo estoy pasando bastante bien.
Aunque eso no cambia nada. Necesito averiguar más sobre la implicación de Dario en la muerte de mi padre.
—¿Has visto a Vincenzo? —pregunto. Beth asiente y señala hacia donde está, fumando un puro con otro hombre alto y mayor.
—Perdonad —dice alguien detrás de Beth, y parpadeo al mirarlo. Es alto, guapo y de hombros anchos. De aspecto pulcro. Justo el tipo de Beth—. Me preguntaba si a la señorita le apetecería bailar.
Beth se limita a mirarlo y, cuando él no se echa atrás, se señala a sí misma.
—¿Yo? ¿Quieres bailar conmigo?
Él arquea una ceja.
—Sí, ¿hay algún problema?
Ella se ruboriza. Beth siempre se muestra torpe con los hombres; no sabe ligar en absoluto.
La empujo por la cintura hacia él y rebota contra su pecho.
—Venga —le susurro con vehemencia. Ella sonríe con timidez mientras él le coge la mano y la conduce a la pista de baile.
Suelto una risita mientras los observo y después me acerco a Vincenzo. Para cuando llego hasta él, está solo. Tiene el rostro encendido por el alcohol, pero no se tambalea de borracho.
Nunca lo hace, por mucho que lo vea beber.
Estoy casi segura de que los mafiosos tienen un segundo hígado.
—Mírate, toda una mujer —bromea cuando me acerco. Me rodea con un brazo y me atrae hacia él para darme un abrazo rápido—. ¿Cómo lo llevas?
Las lágrimas me asoman a los ojos mientras me abraza. No he hablado con muchos de los socios de papá. Felicia me echó antes de que pudiera hacerlo.
Eso hace que eche aún más de menos a mi padre.
—Voy... tirando.
—¿Y ese niño tuyo?
Sonrío de oreja a oreja.
—Está genial. Crece como la mala hierba.
—Ha salido a su abuelo. —Hace una pausa—. Supongo que no hay noticias, ¿verdad?
Niego con la cabeza, solemne, y me muerdo el labio.
—Ah.
Sé lo que está pensando. Mi padre está muerto. Yo lo sé, él lo sabe. Todo el mundo lo sabe. Lo único que necesito averiguar es quién se lo hizo.
—Escucha, tío Vincenzo, ¿puedo hablar contigo en tu despacho?
Arquea las cejas, pero asiente y me guía escaleras arriba hasta un enorme despacho con un escritorio que ocupa casi la mitad de la estancia.
Se sienta detrás y se sirve otro vaso de whisky escocés.
—¿Quieres una copa?
Arrugo la nariz.
—Ya he bebido bastante esta noche, pero gracias.
Se ríe entre dientes.
—¿Eres más de tequila, como tu padre?
Sonrío.
—Sí, se podría decir que me crié con él.
—Todo el mundo quiere siempre hijos varones, pero yo habría dado cualquier cosa por tener una hija como tú —reflexiona. Me llevo una mano al pecho, conmovida.
—Gracias. Escucha, quería preguntarte por alguien.
—¿Sí?
—Dario Conte. Llevabas décadas sin invitar a los Conte a ninguna de tus fiestas. ¿Qué ha cambiado?
Expulsa el aire.
—Mataron a sus padres.
—Lo sé, pero eso no invalida...
—Mi problema no era con Dario —afirma con firmeza—. Y no pienso aferrarme a un rencor de décadas después de la muerte de Arturo. Mi enemistad murió con él.
—Eso es... muy maduro por tu parte.
Me dedica una sonrisa ladeada.
—¿Crees que los mafiosos somos inmaduros?
—A veces —admito, consciente de que puedo hablar con libertad delante de Vincenzo. Es prácticamente de la familia—. Vincenzo, ¿sabes qué le ocurrió a mi padre?
Niega con la cabeza.
—Ojalá lo supiera, cara. Pero él sencillamente... desapareció.
Asiento, todavía con lágrimas abrasándome detrás de los ojos.
—Antes se le daba bien eso de desaparecer —dice, pero hay algo en su voz que me indica que sabe que esta vez es diferente.
Antes de casarse con Felicia, mi padre había sido todo un mujeriego. Se había largado una docena de veces, pero siempre se había mantenido en contacto conmigo y con Vincenzo.
Esta vez, silencio absoluto.
En este mundo, eso solo significa una cosa: se ha ido para siempre.
Sollozo y levanto la cabeza. Vincenzo emite un sonido angustiado desde el fondo de la garganta.
—No pretendía hacerte revivir malos recuerdos, cara...
—No lo has hecho —respondo deprisa, alisando las arrugas del vestido con la mano—. Gracias por dedicarme tu tiempo.
Asiente y salgo al pasillo, donde inspiro profunda y temblorosamente para tranquilizarme.
Cuando consigo recomponerme, bajo las escaleras en busca de Beth.
Está bailando con aquel hombre alto y mirándolo a los ojos.
Suelto una risita y espero que todo salga bien. Beth tiene... problemas de apego y se enamora rápido.
Probablemente demasiado rápido.
Pero ¿quién soy yo para juzgarla?
—Perdona —dice una voz grave a mi espalda. Me vuelvo y reconozco a uno de los primos de Dario.
—Benedict Conte —digo con una sonrisa mientras le doy medio abrazo—. Creo que no te veía desde nuestra graduación del instituto.
Es quince años menor que Dario, como yo, y estábamos en el mismo curso. Incluso fuimos juntos a un baile o dos.
Suelta una risa entrecortada mientras baja la mirada hacia mí con los ojos vidriosos, y me doy cuenta de que está borracho.
No puedo evitar reírme cuando tiene que apoyarse en una mesa cercana.
—Jesús. Ni siquiera te había reconocido, Liana. Estás... increíble.
—Tú también tienes buen aspecto —digo. Y es verdad: parece sano a pesar de lo borracho que está.
—¿Quieres bailar? —Se inclina hacia mi oído al decirlo.
Apoyo las manos en su pecho, le sonrío y abro la boca para negarme justo cuando una gran sombra cae sobre mí.
La tensión en el ambiente resulta palpable. Noto los ojos furiosos de Dario clavados en mi espalda.
—Quizá esta noche no —digo en voz baja mientras lo aparto, pero él protesta con un gemido.
Dario se aclara la garganta.
Benedict lo mira como si acabara de verlo por primera vez, traga saliva de forma visible y levanta las manos.
Se marcha sin armar escándalo, pero Dario me agarra del codo, casi con brusquedad.
—Eh —murmuro, pero entonces me arrastra escaleras arriba y me mete en una habitación vacía.
—¿Qué coño te crees que estás haciendo?
Su aliento me abrasa el cuello mientras me obliga a retroceder hacia la cama. Las corvas me chocan contra el borde del colchón y, todavía achispada, caigo sentada en la cama.
—Me ha pedido que baile con él. Le he dicho que no.
—A mí no me ha parecido que le dijeras que no. Lo estabas tocando. —Tiene la mandíbula apretada y un músculo le palpita en ella—. Se supone que debes comportarte como mi esposa, no como una groupie de la mafia.
Arqueo una ceja.
—¿Me estás llamando puta?
Resopla y se pasa una mano por el pelo.
—No pongas palabras en mi boca. Solo digo que seas...
—¿Que sea qué?
—Que seas mi esposa —dice, claramente frustrado. Lo miro desde abajo sin expresión.
—Le he dicho que no, Dario. No sé qué más quieres que haga.
—Podrías comportarte como si fueras mía, para variar. —Su voz sale convertida en un murmullo grave y se inclina, me coge la cara entre las manos y me besa incluso cuando empiezo a protestar.
No soy suya. Ya no. Quizá nunca lo fui.
Pero, Dios, quiero sentir sus manos por todo mi cuerpo. Quiero que me arranque este vestido tan caro, que deslice las manos entre mis piernas...
Es como si el único momento en que siento algo desde que desapareció mi padre fuera cuando Dario me toca.
¿Qué dice eso de mí? ¿Que el hombre que me destruyó es también quien me está salvando?
—Li —dice contra mis labios, pero ya estoy perdida.
Después le echaré la culpa al champán, pero ahora mismo lo único que quiero es a él.
Le rodeo el cuello con los brazos y lo beso una y otra vez mientras sus dedos buscan ya la cremallera de mi vestido y la bajan despacio, dejando mis hombros al descubierto.
Se le corta la respiración cuando mis pechos quedan libres y escapan del corpiño.
Tira de mí hacia arriba el tiempo justo para que el vestido caiga al suelo alrededor de mis pies.
Le dedico una sonrisa perversa, retrocedo hasta el cabecero y separo los muslos para mostrarle que no llevo ropa interior.
—¿Has... has salido sin bragas?
Me encojo de hombros.
—No quería que se notaran las marcas.
Gruñe y ataca casi como una serpiente, aferrándose a la base de mi garganta y dejando allí una marca amoratada.
—Esta noche eres mía, Liana Rossi.
—De acuerdo —acepto, desinhibida por el champán—. Solo por esta noche.
Sus ojos se clavan en los míos y escudriñan mi rostro. No sé si encuentra lo que buscaba.
Se tumba en la cama entre mis muslos y se coloca mis rodillas sobre los hombros. Jadeo cuando aprieta el rostro contra mi sexo e inspira como si yo fuera un perfume exquisito.
Su lengua lame mi clítoris y balanceo las caderas, restregando el coño contra la superficie plana de su lengua en busca de más fricción.
Gime contra mí, cruza los antebrazos sobre mis caderas para mantenerme inmóvil y encierra mi clítoris con su generosa boca. Alterna succiones y lametones, manteniéndome al borde del orgasmo.
—Dario, por favor —gimoteo.
—¿Por favor qué, bellissima? Dímelo con palabras.
—Haz que me corra. —Las palabras salen atropelladas cuando me introduce dos dedos—. ¡Ah, Dario, joder!
—No te preocupes, cariño. Yo me ocupo —murmura contra mi sexo antes de volver a cerrar la boca alrededor de mi clítoris, haciendo vibrar la lengua contra el punto más sensible.
Arqueo la espalda y grito, confiando en que una mansión tan lujosa tenga las paredes insonorizadas. El orgasmo me inunda despacio, apoderándose de todo mi cuerpo; se me eriza el vello de los brazos mientras me contraigo alrededor de sus dedos.
Dario se incorpora de rodillas, se desabrocha los pantalones y se los baja por debajo del culo, liberando su gruesa erección.
—Espera —murmuro—. Te quiero en mi boca.
Suelta un gemido que casi parece un quejido.
—Joder, Li. No digas eso si no lo dices en serio.
Sonrío con suficiencia.
—Sabes que siempre me ha gustado tener algo en la boca.
De repente, me mete los dedos índice y corazón en la boca, haciéndome tener una arcada y gemir mientras el placer me atraviesa. Saboreo mi propio sabor en sus dedos, y eso solo consigue excitarme más.
Mueve los dedos dentro y fuera como si me follara la boca, y bajo la mirada hacia su erección. Se yergue contra su vientre, dura y con la punta húmeda.
Dario me desea, me desea tanto que no puede soportarlo, y adoro cada segundo.
Pero, Dios, mañana por la mañana voy a odiarme.