14. Dario
DARIO
No puedo evitar que el comportamiento de Liana me desconcierte. Se comporta como si me odiara, pero, en la cama, es como si lo único que quisiera fuera sentir mis manos por todo su cuerpo.
Aunque, por otra parte, lleva evitándome desde que nos acostamos. Desde que intentó matarme con una navaja.
Sé que me odia, pero ¿de verdad quiere verme muerto?
Llamo con suavidad a la puerta de su dormitorio y ella me espeta que entre.
Está sentada en el borde de la cama, soltándose los rizos oscuros, vestida únicamente con un pequeño camisón de encaje. Inspiro con brusquedad e intento que la mirada no se me desvíe.
—¿Qué quieres?
—Buenos días a ti también, bellissima —respondo con tono indolente, y ella resopla y pone los ojos en blanco.
—No sueles entrar aquí para darme los buenos días, así que quieres algo.
—Necesitar sería una palabra más acertada, Li. Ahora eres mi esposa, y una de las ventajas es que me acompañas a los eventos.
Ella se mofa.
—Podrías encontrar a cualquier mujer para eso.
—No a cualquier mujer capaz de librarme de todas mis tías, que no paran de suplicarme que siente la cabeza. Pensarán que por fin ha ocurrido y te preguntarán cuándo vamos a tener hijos. Tienes que decirles que lo estamos intentando.
—¿Quieres que mienta a tu familia?
—Sí. ¿Hay algún problema?
Me mira fijamente, boquiabierta durante un instante, antes de negar con la cabeza.
—De acuerdo. Supongo que forma parte del trato.
—Me alegra mucho que estés de acuerdo. Haré venir a una modista para que te tome las medidas.
—¿Mis medidas? Tengo vestidos de noche.
—Ninguno lo bastante espléndido. Quiero presumir de ti.
—¿Qué estás diciendo? ¿Que soy... un florero?
Vaya. Esto la está enfadando. No puedo contener la sonrisa que se extiende por mi rostro.
—¿Acaso no es eso exactamente lo que eres?
—Tú... —deja la frase en el aire mientras me fulmina con la mirada. Yo me río entre dientes y cierro la puerta justo cuando me lanza una almohada.
La almohada golpea inútilmente la puerta cerrada con un ruido sordo, y vuelvo a reírme.
Paso la mañana en el despacho, atendiendo llamadas y respondiendo correos electrónicos.
Cuando por fin levanto la cabeza, ya es la hora de comer y me rugen las tripas.
Bajo a la cocina, donde Sofia ha preparado sándwiches de queso a la plancha y sopa de tomate con albahaca. Sonny come con ganas y Liana...
Bueno, Liana echa humo y lleva el pelo lleno de rulos.
Me mira y no puedo reprimir el bufido de risa que se me escapa.
—¡No me dijiste que también vendrían una peluquera y una maquilladora!
—Es un evento importante. La fiesta del sexagésimo cumpleaños de Vincenzo Gallo.
—¿El cumpleaños del tío Vincenzo es hoy?
Parpadeo.
—¿Lo conoces?
—Claro que lo conozco. Él y mi padre eran mejores amigos, aunque papá es unos años menor.
—Bien, entonces quedarán aún más impresionados contigo.
—Deberías haberme dicho que era su fiesta. Hasta me habría hecho ilusión ir —murmura.
Me siento junto a Sonny y ella vuelve a fulminarme con la mirada, pero yo me limito a coger un sándwich y mojarlo en la sopa.
Sonny me mira con los ojos muy abiertos, maravillado.
—¿Se puede mojar?
Me río entre dientes.
—Claro que sí. Es como más rico está, pruébalo.
Ante mis ánimos, mete la mitad del sándwich en la sopa, le da un mordisco y gime de gusto.
—Te dije que estaba bueno.
Liana vuelve a fulminarme con la mirada, pero no protesta en voz alta.
Regreso al despacho para terminar la jornada laboral —aún me quedan algunos cabos sueltos que atar—, y ella y Sonny se dirigen al jardín.
Alrededor de las seis de la tarde llaman a la puerta de mi despacho y levanto la mirada del teléfono, sobresaltado. No me había dado cuenta de que se había hecho tan tarde.
Abro la puerta y encuentro a Liana al otro lado, con un precioso vestido de noche azul que realza el gris de sus ojos.
El escote desciende entre sus pechos y deja a la vista un generoso canalillo.
—Esta noche todas las miradas estarán puestas en ti —murmuro, y ella suelta un resoplido.
—No si no consigo subirme la maldita cremallera. —Hace un mohín y se da la vuelta para mostrarme que solo está subida hasta la mitad.
—Está hecho a medida, así que tiene que quedar ceñido. —Deslizo una mano por su columna y ella se estremece.
—No.
—¿Qué no haga qué? Solo estoy ayudando. —Bajo la mano hasta la cremallera, rozándole la piel desnuda con las yemas de los dedos mientras la subo despacio.
Quiero depositar un beso en su hombro desnudo, pero no creo que le hiciera mucha gracia. No con el humor que tiene.
—¿Estás listo?
Asiento y ella sale de la habitación, bajando las escaleras con los tacones.
Mis ojos siguen la curva de su culo bajo el vestido ceñido y maldigo para mis adentros.
Tal vez esta no haya sido la mejor idea del mundo. Al fin y al cabo, ese vestido no es solo para mis ojos.
Aprieto los dientes al pensar en los otros mafiosos mirándola. Tendré que mantenerme alerta. Una sola copa.
—Anímate —le digo—. Al menos tienes la noche libre.
Hace girar los hombros.
—Supongo que tienes razón. Además, en estas cosas siempre hay champán. Me encanta el champán.
Me río entre dientes y le abro la puerta del copiloto. Ella entra en el coche.
No habla mucho durante el trayecto hasta la mansión de Vincenzo; se limita a mirar por la ventanilla, pero noto que está de mejor humor por la postura relajada de sus hombros y porque tararea al son de la radio.
—¿Los Conte suelen estar invitados a las fiestas de Vincenzo? —pregunta con incredulidad—. Porque el año pasado...
—Es algo nuevo. Mis padres murieron hace dos años y, ahora que yo estoy al mando, Vincenzo y yo tenemos una tregua.
Se vuelve de golpe hacia mí, con los ojos grises muy abiertos.
—¿Tus padres murieron? Dios mío, Dario, ¿qué ocurrió?
Aprieto los labios hasta formar una línea dura. No quiero hablar del tema, pero sé que ella no lo dejará pasar.
—Un accidente de tráfico. Estaba lloviendo. Un tipo se saltó un semáforo en rojo.
Traga saliva de forma visible.
—¿Lo procesaron?
Niego con la cabeza y sonrío sin humor.
—En cierto modo, supongo. Murió en el acto.
Mientras mi madre agonizaba durante tres días en el hospital.
—Lo siento —susurra.
—No pasa nada. —Mis palabras suenan secas, y soy consciente de ello, pero no puedo evitarlo.
—¿Es un tema delicado?
—¿Alguna vez has conocido a alguien cuyos padres hubieran muerto y no fuera un tema delicado? —le espeto. Ella aparta la mirada y deja correr el asunto.
Suspiro y alargo la mano para tocarle la rodilla. Ella se aparta con un respingo, pero me mira.
—Lo siento. Es un tema delicado. Y los echo de menos.
—Claro que sí. Siento haber sacado el tema.
Exhalo largamente y, ahora que lo he dicho en voz alta, casi me siento mejor. Tal vez Giovanni tenga razón y a veces sea bueno hablar de las cosas.
Por lo general, me desenvuelvo de maravilla en estas veladas, pero también suelo traer conmigo a alguien pasajero.
La tía Liza se llevará una buena sorpresa.
Cojo a Liana de la mano cuando sale del coche y, para mi sorpresa, no se aparta.
La tía Liza es la primera en acercarse a mí, con dos copas de champán en las manos.
Le entrega una a Liana.
—¡Liana Rossi, qué alegría verte!
Gimo para mis adentros. De pronto recuerdo que me emborraché en una de estas fiestas y se lo conté todo a la tía Liza sobre Liana. Nunca debería haberla traído aquí.
Liana sonríe.
—No te veía desde la última fiesta del tío Vincenzo.
Ella se ríe.
—Ay, cariño, cuando hay champán de por medio, apenas recuerdo nada. ¿Cómo te ha ido? ¿Y qué haces con este pedazo de hombre?
—Estamos casados —suelto de golpe. Liana me fulmina con la mirada apenas una fracción de segundo antes de que una sonrisa le ilumine el rostro.
—¡Sorpresa! —exclama con una risita, y la tía Liza levanta hacia ella sus desvaídos ojos castaños, parpadeando.
—¿Casados? ¿Cómo es posible que no me haya enterado?
—Fue una ceremonia privada —intenta explicar Liana.
—Solo asistieron familiares y amigos íntimos —añado para respaldarla.
—Una especie de fuga romántica. Qué jugoso. —Liza coge a Liana del codo—. Vamos a por más champán.
Liana se bebe obedientemente lo que queda en la copa y sonríe, dejando que Liza se la lleve a rastras.
Las observo alejarse y apenas transcurre un instante antes de que Rocco se acerque y me ofrezca un whisky escocés con hielo.
Lo cojo y bebo despacio.
—Entonces, ¿vas a seguir adelante con esto? —pregunta Rocco, ligeramente exasperado.
—¿Con qué?
—Con volver a enamorarte de Liana Rossi.
Resoplo.
—No me estoy enamorando. Esto es solo para que la tía Liza deje de darme la lata con que siente la cabeza.
—Normalmente ni siquiera vienes a las fiestas de los Gallo. Técnicamente, somos enemigos.
Me encojo de hombros.
—Ese era un viejo rencor de mi padre, no mío.
Rocco asiente.
—Sigo sin pensar que sea una gran idea. Si todo se va al garete, ya sabes a quién acudir para ahogar las penas.
—No se va a ir al garete.
Se encoge de hombros y se aleja. Yo lo sigo con la mirada, frunciendo el ceño.
No me estoy volviendo a enamorar de Liana. No se trata de eso. Solo estoy aprovechando las ventajas de estar casado. Hoy por ti, mañana por mí y todo eso.
Eso es todo. ¿Verdad?
Me limito a una sola copa mientras Liana se relaciona con los invitados.
Una hora después de que Liza se la haya llevado a rastras, está bebiendo whisky con mis tíos y haciéndolos reír a todos.
No puedo evitar sonreír mientras la observo.
Quiero encontrarla a solas, en el balcón, pero está ocupada toda la noche.
Poco después, la llevan hasta la mesa de los niños y, cuando vuelvo a mirar, tiene a un recién nacido en brazos y frota la nariz contra su cuello.
Se me encoge el corazón en el pecho.
No.
Rocco no tiene razón. No estoy enamorado. Pero verla con ese bebé, meciéndolo en brazos y arrullándolo, sí despierta algo en mi interior.
Hago girar el cuello sobre los hombros, de pronto tenso, e incumplo mis propias reglas al coger otro whisky.
Liana devuelve al recién nacido y coge a otro niño, quizá de dos años. Cuando el pequeño balbucea, ella le responde como si mantuvieran una conversación.
Yo había pensado que algún día podría contemplar esa escena. Que sería mi bebé quien la miraría desde sus brazos, no el de otra persona.
Aprieto los dientes. Ella ya ha vivido esta experiencia con Sonny. Sin mí.
Bebo demasiado whisky de golpe y dejo la copa sobre la mesa. Tengo que ir con cuidado. Con la fiesta. Con el alcohol.
Con Liana.