El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 13. Liana
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13. Liana

LIANA

Dios, me odio. Anoche estaba preocupada por él, preocupada por si podía estar herido. ¿Por qué? Quiero que desaparezca. Quiero que muera por lo que le hizo a mi padre... por lo que me hizo a mí.

Pero, a la vez, solo me siento viva cuando sus manos recorren mi cuerpo, cuando está dentro de mí. Algo va mal conmigo.

He seguido todos los pasos adecuados, pero está claro que aún no he superado a Dario Conte.

Llevo toda la semana refugiándome en la habitación de Sonny cuando recibo la notificación de que Dario me ha transferido mi asignación semanal: cinco mil dólares.

Es muchísimo más de lo que necesito, puesto que tengo alojamiento y comida, pero Dario cree que me encanta ir de compras tanto como cuando estábamos juntos.

Y, a ver, tiene razón. Me encanta, pero no tengo que hacerlo. Cada semana guardo a escondidas al menos la mitad, esperando el momento oportuno para largarme de aquí de una vez.

Porque, por lo visto, no soy capaz de hacer lo que hay que hacer y matarlo.

Cada vez que Dario se marcha, corro a su despacho y rebusco por todas partes en busca de algo, de cualquier cosa, que demuestre que mató a mi padre.

Porque, si no puedo hacerlo yo misma, tendré que contratar a alguien, y esa persona necesitará un motivo. Nadie se cargaría a Dario Conte, don de la familia Conte, sin una razón de muchísimo peso.

Y haber matado a mi padre quizá sea suficiente.

Mi padre es muy conocido y querido en la comunidad. Mucha gente llora su muerte.

Pero su despacho está limpio. Bueno, relativamente limpio. Hay envíos de drogas y armas, pero eso es habitual para un don. No hay registros por ninguna parte, aunque el cajón superior de su escritorio está cerrado con llave y no hay manera de que consiga abrirlo.

Lo he intentado con una horquilla, con mi navaja, con un palillo, con todo.

No consigo forzar esa cerradura.

Pero lo haré.

Encontraré pruebas y haré que lo maten. Estoy decidida.

Sonny se despierta y le cepillo los dientes y el pelo antes de llevarlo a la habitación de Marie. Es una mujer mayor encantadora a la que Sonny adora.

—Quiero ir a la piscina —protesta Sonny, de mal humor. Se ha portado un poco mal desde que nos mudamos aquí. Seguramente percibe el estrés que siento.

—Te prometo que iremos cuando mamá vuelva de compras con la tía Beth, ¿vale?

Asiente con gesto hosco. Cuando llamo a la puerta de Marie, ella lo coge de la mano y se lo lleva a la cocina para desayunar.

Regreso a mi habitación para ponerme un vestido veraniego sencillo, unas bailarinas y un maquillaje natural. Me cuelgo el bolso al hombro y salgo hacia el coche de Beth, que me espera fuera.

Todavía está un poco molesta conmigo por quedarme aquí, y se enfadará aún más cuando le diga que he vuelto a acostarme con Dario.

Y se lo diré. Es mi mejor amiga. En realidad, no va a juzgarme. Solo quiere lo mejor para mí, y Dios sabe que Dario no lo es.

—¿Adónde vamos primero?

—Vamos a ese restaurante que hay cerca del centro comercial. Me muero de hambre.

Asiente con sequedad y yo suspiro mientras pone rumbo a la autopista.

—¿Sigues enfadada conmigo?

Frunce el ceño.

—No estoy enfadada, Liana. Solo estoy preocupada.

—Lo sé.

—No lo sabes —suelta—. Es como si hubieras olvidado el desastre que dejó tras de sí cuando te fue infiel. Te destrozó por dentro, Liana. Durante meses, hasta que nació Sonny, era como si nunca estuvieras realmente presente.

Tiene razón. Sonny me apartó del abismo, y por eso lo quiero todavía más. Quizá sea por eso por lo que no puedo matar a Dario. Quizá sea porque me dio lo más importante de mi vida, aunque él no lo sepa.

—Tienes razón —digo mientras le cojo la mano y se la aprieto—. Tienes razón, y he sido más estúpida de lo que imaginas.

Beth me devuelve el apretón y después vuelve a poner la mano sobre el volante.

—Así que te acostaste con él —dice con calma.

Me quedo paralizada.

—¿Cómo has...?

—Te conozco, Liana —responde, alargando las palabras—. Y sé que, inexplicablemente, mi primo te tiene dominada.

—Es solo que... hay química entre nosotros —intento explicar—. Tenemos un pasado.

—Un pasado, sí... un pasado desastroso.

Asiento.

—Sí. Sin duda, pero hay algo en ese desastre que, por extraño que parezca, me reconforta.

—Estabas enamorada de él. Es difícil apagar esos sentimientos sin más.

Suspiro aliviada.

—Gracias por entenderlo.

Me mira de reojo.

—Que lo entienda no significa que esté de acuerdo con lo que haces, Liana. Sabes que Sonny y tú podríais quedaros conmigo...

—No quiero causarte tantas molestias —digo con firmeza—. Y ahora, ¿qué vas a pedir en el restaurante?

Resopla, consciente de que estoy cambiando de tema.

Pero no puedo evitarlo. No quiero que gaste sus ahorros para ayudarnos cuando Dario se ha ofrecido a hacerlo a cambio de una boda exprés y una desgravación fiscal.

Además, tengo que mantenerme cerca para conseguir alguna prueba de lo que le hizo a mi padre.

Cuando llegamos al restaurante, pido una mimosa y unas salchichas con salsa y panecillos. Aún es temprano, así que sirven desayunos y almuerzos.

Beth pide un sándwich de carne asada del menú de almuerzo y un vino blanco con soda.

Tengo que admitir que da gusto poder salir a comer. Soy un desastre en la cocina. Siempre tuvimos cocineros y estaba muy mimada.

Me pregunto dónde aprendió Dario a cocinar. Seguro que creció con las mismas comodidades que yo.

Parpadeo y bajo la vista hacia mi comida. Tengo que dejar de pensar en Dario.

—¿Qué tal fue? —pregunta Beth, y alzo los ojos de golpe hacia ella.

—¿Qué tal fue qué?

Gime.

—El sexo, boba. Quiero decir, ¿fue tan bueno como antes?

—Mejor —murmuro. Y lo fue de verdad, sobre todo cuando lo amenacé con un cuchillo, pero esa parte no puedo contársela a Beth. Aunque lo odie, es leal a su familia.

—¿La ausencia aviva el cariño?

—Mi corazón no tiene nada que ver con esto.

Odio que incluso a mis propios oídos suene a mentira.

—¿Y qué pasa con Sonny? ¿No te preocupa que Dario ate cabos?

Trago saliva con dificultad. Me preocupa todos los días.

—Intento mantenerlos separados. Me ha contratado una niñera.

—Claro que sí. Quiere recuperarte, Liana.

La miro con la boca abierta.

—No seas ridícula. Todo esto es para poder follarme y conseguir una desgravación fiscal. No tiene nada que ver con querer volver conmigo de verdad.

Arquea una ceja.

—¿Ah, no? Si es así, ¿por qué no puedes salir con nadie más?

Levanto la barbilla.

—Es solo que... es territorial. No significa nada.

—Si tú lo dices.

—¿Sabes algo que yo no sepa?

Beth se encoge de hombros.

—Solo que Dario nunca fue celoso antes de conocerte.

—¿Él... no lo era? —No puedo creer que me interese tanto. Quiero saberlo todo: cómo era Dario antes de conocerme, cómo eran sus relaciones...

—En absoluto. De hecho, Giovanni y él solían intercambiarse a las chicas.

Arrugo la nariz. Tampoco quiero saber tanto.

—No pongas esa cara de amargada —se burla Beth—. Lo que intento decir es que, pese a todos sus defectos, Dario nunca se preocupó por nadie como se preocupaba por ti. Al menos puedes quedarte con eso.

—No sé si será verdad —murmuro.

—Cree lo que quieras. Pero... mantén los ojos abiertos. Sé que contigo sentía algo distinto que con cualquier otra persona, y eso no desaparece sin más.

¿Tiene razón? Ya no se comporta como si me odiara, no como cuando empezó todo esto.

¿Quiere Dario sacar de esto más de lo que yo estoy dispuesta a darle?

¿Qué importa si es así? No puedo confiar en él. Sobre todo porque probablemente mató a mi padre.

Odio ocultárselo a Beth, pero tengo que hacerlo. Todos los Conte están muy unidos.

Terminamos de comer y me limito a una sola mimosa porque quiero mantener la cabeza despejada.

—¿Cuál es el próximo sitio donde vas a mirar escaparates? —pregunta Beth para burlarse de mí, y me río.

—Vamos a esa boutique nueva de la esquina. Compraré un vestido y veré si me prestan unas cuantas bolsas más para que parezca que me he gastado mucho.

Beth asiente. Conoce mi plan de guardar dinero a escondidas hasta que pueda dejar a Dario.

Vamos a la boutique y encuentro un vestido azul, con la espalda descubierta, que resalta mis ojos y se adapta bien a mis curvas.

—¿Podría darme unas bolsas más? —pregunto. La dependienta parpadea, pero asiente y me entrega varias.

Lo meto todo en el maletero de Beth y regresamos a la casa.

—¿Seguro que no quieres venir a mi casa? Podemos recoger a Sonny y...

—Déjame hacer esto, Beth, ¿vale? —le suplico. Beth suspira con fuerza, pero asiente.

Cuando llegamos, no se baja del coche. Se limita a dejar que saque las bolsas del maletero antes de alejarse a toda velocidad.

La observo marcharse. Seguramente está enfadada conmigo, pero no le durará mucho. Beth y yo siempre hemos estado muy unidas. Se le pasará.

Entro y oigo las risitas de Sonny. Sonrío mientras dejo las bolsas en el salón. El sonido llega desde la parte trasera, así que Marie debe de haberlo llevado a la piscina.

Me dirijo hacia allí y me quedo paralizada al ver a Dario, vestido solo con un bañador, lanzando a mi hijo a la piscina.

Sonny emerge entre risas; sus manguitos lo hacen flotar de inmediato hasta la superficie.

—¡Otra vez! ¡Otra vez!

—De eso nada —ladro mientras avanzo a grandes zancadas hacia la piscina—. Nada hasta el borde, jovencito. Vamos a salir.

—No —dice Sonny con gesto hosco—. Me lo estoy pasando bien.

—Vamos, Li, deja que juegue un poco más —dice Dario, y me vuelvo en redondo para mirarlo.

—¿Dónde está Marie?

—Le ha surgido una emergencia. No quería molestarte y hoy no tenía trabajo, así que le he dicho que lo llevaría a la piscina hasta que volvieras.

—Una vez más, mamá, por favor —suplica Sonny, con voz de estar a punto de echarse a llorar. Me paso una mano por la cara.

—Está bien. Una vez más. Y ten cuidado con él, ¿quieres?

—Sí, señora —responde él con tono burlón. Pongo los ojos en blanco, aunque noto que las mejillas me arden.

Cruzo los brazos sobre el pecho y observo a Sonny salir de la piscina y correr hacia Dario. Dario sonríe cuando lo levanta y lo lanza casi hasta la parte honda.

Se me corta la respiración, pero Sonny emerge apenas un instante después, gritando y riendo.

Para cuando consigo llevar a Sonny y mis bolsas de vuelta a su habitación, ya se está quedando dormido entre mis brazos. Le doy una ducha rápida y lo tumbo en la cama.

—Me gusta estar aquí, mamá —dice Sonny mientras le beso la frente.

—Me alegro —murmuro, sin saber qué más decir. Él cierra los ojos.

Dios, le está cogiendo cariño a este lugar. Quizá también a Dario.

Tengo que marcharme en cuanto pueda.