El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 12. Dario
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12. Dario

DARIO

Suelto una risita y me levanto después de que Liana salga hecha una furia. Cuando salgo, la puerta de la habitación de Sonny se cierra de golpe, y sé que probablemente se encerrará allí todo el día.

En fin. Peor para ella.

No puedo fingir que sé qué se le pasa por la cabeza, pero me hace sentir mucho mejor saber que aún me desea tanto como yo a ella.

Que una parte de ella sigue siendo mía.

Me ducho en el dormitorio principal y me visto con una sencilla camisa abotonada y unos pantalones de vestir. Sé que a muchos mafiosos les gusta llevar traje todos los días, pero eso no va conmigo.

Las corbatas me cabrean.

Lo cual no significa que mi ropa no sea cara y esté hecha a medida.

Me peino hacia atrás el pelo húmedo mientras me miro en el espejo.

Nada mal, aunque esté mal que yo lo diga.

Con mis padres me tocó lo mejor de ambos mundos. Mi padre era guapo; mi madre, preciosa.

Los echo muchísimo de menos.

Inspiro despacio por la nariz para combatir el vacío que siento por dentro cuando pienso en ellos.

La vida sigue. Quieras o no.

Y tengo que proteger el legado de mi padre.

Llamo a Giovanni para que me ponga al corriente. Aún faltan unos días para el envío falso, así que no hay novedades sobre la rata. Todavía no.

—¿Sí, jefe?

Parece cansado y frunzo el ceño.

—¿Anoche saliste de juerga y te emborrachaste?

—No, nada de eso. Es solo que... Armando.

—¿Armando?

Armando Ricci, uno de mis hombres de menor rango, siempre ha sido un poco desastre. Le gusta salir de fiesta, apostar y follar, y, aunque no puedo reprochárselo precisamente, a veces antepone la juerga a la vida mafiosa.

Y ahí es donde nos diferenciamos.

Después de que murieran mis padres, me comprometí a hacerme cargo del negocio y labrarme una reputación, tal como hizo mi padre.

Él querría que mantuviera vivo su imperio.

—Sí. No lo veo desde hace unos días. Ha faltado a un montón de reuniones y nadie consigue ponerse en contacto con él. Faltaba parte de su cargamento. Una buena parte.

Me pellizco el puente de la nariz con el pulgar y el índice. No es la primera vez que sospechamos que Armando roba droga, pero ahora empieza a convertirse en un problema.

—¿Sabes dónde está?

—Probablemente atrincherado en su apartamento. Celebra fiestas allí, lleva chicas...

—Entonces iremos a buscarlo.

—¿Va a venir conmigo?

—Creo que ha llegado el momento de que lo corrija personalmente. Quizá esta vez aprenda la lección —digo con firmeza.

Giovanni emite un murmullo al otro lado de la línea.

—Me parece justo, don. Iré a recogerlo.

No suelo llevar mi propio coche cuando tengo que hacer el trabajo sucio: llama demasiado la atención. Y tengo varios coches más aparcados en el garaje, pero todos llaman demasiado la atención.

Giovanni tiene gustos más eclécticos en cuanto a vehículos, así que, cuando llega en uno de sus sedanes, abro la puerta y me acomodo en el asiento de cuero.

—¿Está seguro de esto, jefe? Ir en persona... Ya sabe que supone toda una declaración de intenciones.

—Una que es necesario hacer —respondo con firmeza, y Giovanni suspira.

—Odio que hayamos llegado a esto, pero tiene razón. Hay que hacerlo.

Llegamos al bloque de apartamentos de Armando y la música hace vibrar el pavimento mientras nos acercamos en coche.

Parece que apenas faltan diez segundos para que alguien llame a la policía por exceso de ruido, así que tengo que darme prisa.

—Quédate en el coche —le digo a Giovanni—. Quiero hacer una entrada triunfal.

—De acuerdo, don.

De todos modos, dudo que Giovanni quiera ver lo que estoy a punto de hacer. Armando y él siempre han estado muy unidos.

Inspiro profundamente por la nariz y salgo del coche. Subo por las escaleras hasta su apartamento de la tercera planta. La puerta está entreabierta y la abro del todo de un empujón, provocando una oleada de jadeos entre la multitud.

Armando está al fondo con una botella de vodka medio vacía en la mano. Cuando me mira, tiene los ojos muy abiertos y vidriosos.

—Joder —murmura—. ¡Apagad la música!

La música continúa y él resopla. Se acerca hecho una furia y arranca de la pared un cable de alimentación.

La música se detiene y las conversaciones se reducen a un murmullo mientras todos me miran. No presto ninguna atención a la multitud; me limito a clavar los ojos en Armando.

—¿Quieres que hagamos esto aquí? —pregunto en voz baja—. Ya conoces el castigo por infringir mis normas.

Traga saliva de forma evidente.

—Sí, don.

Su tono suena un poco huraño y arqueo una ceja.

—Entonces dime, Armando, ¿cuál es el castigo por infringir una norma?

—Se queda con una parte de mí —responde con tono inexpresivo mientras los ojos se le abren aún más de miedo.

Saco del bolsillo trasero una navaja no muy distinta de la que utilicé para provocar a Liana.

—Exacto. Pon la mano sobre la mesa.

—Jefe, no tiene por qué...

—Sé que no estás diciéndome lo que tengo o no tengo que hacer —mascullo entre dientes mientras me acerco, le agarro la muñeca y le estiro el brazo para obligarlo a apoyar la palma sobre la mesa.

Hago un gesto con la cabeza hacia uno de sus amigos, un hombre alto y moreno al que he contratado unas cuantas veces. Es lo bastante corpulento para el trabajo.

—Sujétalo.

—¡Jerry, no se te ocurra tocarme, joder! —grita Armando, retorciéndose, claramente no tan dispuesto a aceptar su castigo como había imaginado.

—Lo siento —murmura Jerry, y ocupa mi lugar sujetando a Armando.

Hace un buen trabajo y le mantiene la mano inmóvil mientras apoyo la hoja curva en la unión entre la mano y el meñique.

—Como eres leal, lo haré rápido. Pero, si vuelvo a enterarme de que me robas droga, te cortaré la mano entera. ¿Entendido?

Armando tiembla y suelta una retahíla de maldiciones en italiano. Vuelve a retorcerse, intentando escapar de Jerry, pero no puede. Por fin se queda flácido, asiente e inspira entre jadeos fuertes y ásperos.

Le corto el dedo tan rápido como puedo; la afilada hoja atraviesa con facilidad la piel y el hueso. Armando grita cuando la sangre me salpica por toda la mano y la muñeca, y parte de ella acaba en la manga de mi camisa.

Fuera empiezan a sonar sirenas. Todos echan a correr salvo Armando, Jerry y yo.

Jerry ayuda a tumbarse en el suelo a Armando, que sigue gritando, y se apresura a coger papel de cocina para contener la hemorragia.

Los policías suben por las escaleras dando fuertes pisotones y yo me limito a guardar la navaja en la parte trasera de mis pantalones y levantar las manos.

—¿Conte? ¿Qué demonios está pasando aquí?

Richard Spears, más conocido como Dick para mi padre, que estudió con él en la universidad, es el inspector jefe de la zona. Lleva treinta años en el bolsillo de mi padre y ahora está en el mío.

—Solo un pequeño desacuerdo —respondo con tranquilidad, sin bajar las manos.

—Volved al vehículo —les ordena a los otros dos agentes, que tienen las armas desenfundadas.

—¿Q-qué? Pero, jefe...

—¡Volved al puto vehículo! —les espeta, y ellos salen corriendo como cucarachas.

Putas sabandijas. Odio a los policías y Dick no es una excepción. Que fuera amigo de mi padre no lo convierte en amigo mío.

—Ajustaré cuentas contigo más tarde —prometo—. Lleva a Armando al hospital.

—¿Y qué se supone que debo decir que ha pasado?

—Me lo he hecho yo mismo —dice Armando con un hilo de voz.

Asiento, sonriente.

—Eso es. Quizá puedan volvértelo a unir, Armando.

Me agacho y le revuelvo el pelo.

Se aparta de mí con un respingo, y lo comprendo. Tardará un tiempo en volver a confiar en mí, pero esto es por su propio bien.

Paso junto a Dick y le doy una palmada en el hombro. Él gruñe. No le caigo demasiado bien, y el sentimiento es mutuo.

Pero sí le gusta lo que le proporciono: drogas y armas de sobra para vender por su cuenta.

Giovanni espera fuera. Cuando entro en el coche y cierro la puerta, pasa despacio junto a los policías sin inmutarse y toma la autopista de vuelta a mi casa.

—¿Qué le ha cortado? —pregunta Giovanni en voz baja.

—Solo un meñique. Probablemente puedan volvérselo a unir.

Giovanni asiente.

—Quizá lo ayude a espabilar.

Me encojo de hombros.

—Quizá.

Creo que la amenaza de perder la mano entera ayudará a Armando a no desviarse del buen camino, pero no puedo estar seguro.

Lo único que sé es que cumplo mi palabra y, si vuelvo a pillarlo robando...

Giovanni se detiene frente a mi casa y yo me bajo, despidiéndome con la mano mientras sale marcha atrás del camino de entrada. Entro por la puerta principal y subo las escaleras.

Liana asoma la cabeza y abre mucho los ojos al verme.

—Hay... hay sangre en tu manga. ¿Estás bien?

—Perfectamente —respondo con alegría—. No es mi sangre.

—Bien —murmura, y empieza a cerrar la puerta.

No puedo evitar que una sonrisa se extienda por mi rostro.

—¿Li?

—¿Qué?

—¿Estabas preocupada por mí? —le pregunto con picardía.

Ella resopla y sus mejillas se sonrojan.

—No —escupe antes de cerrar la puerta.

Mi sonrisa no desaparece.

Estaba preocupada. Poco a poco se está acercando a mí.