El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 9. Liana
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9. Liana

LIANA

Empiezo a sorberme la nariz mientras nos alejamos de casa de Dario, y Beth deja escapar un largo suspiro y me pone una mano en la rodilla.

—No pasa nada —dice en voz baja—. Ahora estoy aquí.

La miro y le sonrío con gratitud. Aunque forma parte de la familia Conte, siempre se ha portado bien conmigo. Siempre ha estado a mi lado, incluso cuando éramos niñas.

Cuando conocí a Dario, ella me advirtió. Me dijo que era un mujeriego, que ponía los cuernos. Pero no la escuché. Y mira cómo acabó todo.

—Dios, Liana —susurra con brusquedad cuando me vuelvo hacia ella—. ¿Qué te ha pasado en la cara?

Me toco el moratón que empieza a desaparecer de mi mejilla.

Su rostro se queda inexpresivo.

—¿Ha sido Dario...?

—¡No! Dios, no.

Se lo cuento todo, excepto que nos hemos casado. Sé que se pondrá hecha una furia y prefiero estar en casa antes de decírselo.

—Sabía que deberías haberte venido a vivir conmigo —dice Beth, resoplando.

—Lo s-siento —tartamudeo entre sollozos—. Es que había pasado una noche tan buena y pensé... pensé que podría seguir adelante.

Beth frunce el ceño.

—Deberías haberme dicho que ibas a tener una cita. Habría impedido que Dario se entrometiera.

Resoplo mientras me seco la cara.

—No puedes impedírselo. Dario siempre hace lo que le da la gana.

—Exacto. Y por eso te puso los cuernos, Li. Tienes que mantenerte firme.

Me muerdo el labio.

—Tengo muchas cosas que contarte.

—¿Te ha llamado Felicia para acosarte? Porque también tengo un par de cosas que decirle a esa zorra.

Me río entre lágrimas.

—No. No, nada de eso.

Beth entra con el coche en el garaje de su bonita casa de las afueras, que no llega a ser una mansión. El único motivo por el que no me mudé con ella después de que Felicia me echara es que es prima de Dario.

No quería que él husmeara alrededor de Sonny y pudiera descubrir que es suyo. Aunque ahora, de todos modos, todo eso se ha ido al garete.

Si Dario no se ha fijado en lo mucho que Sonny se parece a él, probablemente no lo hará nunca. Gracias a Dios.

Beth frunce aún más el ceño.

—Vamos a acostar a Sonny y luego beberemos vino y hablaremos.

Dejo escapar un suspiro de alivio.

—Sí. Gracias.

Gruño por el esfuerzo al sacar a Sonny del coche. Es todo brazos y piernas, como su padre, y a veces cuesta llevarlo de un lado a otro, sobre todo porque tiene el sueño muy profundo.

Consigo meterlo en casa y acostarlo en la cama del cuarto de invitados. Suelta un bufido ronco, pero no se despierta.

Le aparto el pelo de la cara. Todo esto ha sido duro para él. En casa de Dario acababa durmiendo conmigo más noches de las que no.

Me inclino para besarlo en la frente y, después de cerrar la puerta, sigo a Beth hasta el salón.

—Bendita seas —gimo al ver que Beth me ha servido una copa enorme de vino rosado, mi favorito.

Bebo unos sorbos y dejo que su calidez me abrase la garganta al bajar.

—Bebe y después cuéntame eso que tanto miedo te da contarme —dice con sequedad.

La miro por encima del borde de la copa.

—Siempre sabes cuándo hago alguna estupidez.

—Soy tu mejor amiga desde primero de secundaria, Liana. Claro que lo sé. Así que ¿qué has hecho?

Hago una mueca.

—Yo, esto... Me he casado con Dario.

—¿Que has hecho qué? —chilla a un volumen que quizá solo puedan oír los perros.

Me tapo un oído con la mano.

—Chist, despertarás a Sonny.

—Ahora soy yo la que necesita una copa —masculla mientras se sirve una bien grande y se la bebe de un trago antes de servirse otra—. ¿Cómo que te has casado con él?

—Exactamente lo que he dicho. Me ha ayudado. Nos ha dejado quedarnos a Sonny y a mí en su casa durante un tiempo.

Beth gime.

—Eso no explica por qué te has casado con él, Liana.

Me paso una mano por la cara y bebo un poco más de vino antes de hablar.

—Sé que es una locura, Beth, créeme. Pero me lo pidió y yo estaba tan agradecida por que nos ayudara a Sonny y a mí... Dice que es por los impuestos. Que así ganamos los dos. Cuando haya ahorrado más dinero...

—¿Y qué eres ahora, una especie de querida mantenida?

—No lo digas así.

Pero supongo que tiene razón. Dario me ha estado haciendo una transferencia cada semana para gastos imprevistos, más de lo que necesito.

—Bueno, pues ¿qué es, Liana? ¿Te acuestas con él?

—¡No! —respondo con vehemencia, como si no me lo hubiera planteado hoy mismo.

No puedo decirle que sospecho que Dario quizá mató a mi padre; no querría que eso llegara a sus oídos.

Necesito más información y, viviendo en casa de Dario, puede que la encuentre.

—Entonces, ¿qué es esto? ¿Qué estás haciendo?

—Sobrevivir —digo por fin, alzando la vista hacia ella con el ceño fruncido.

—Siempre puedes mudarte aquí, Liana. No tenías por qué acudir a él.

—Ya, bueno, lo hice. Y ahora estamos casados.

—Los matrimonios se pueden anular.

Bebo más vino; por una vez, siento la cabeza deliciosamente ligera.

—Sí, ese es el plan. Solo necesito unas semanas más. Quizá dos meses.

—¿Vas a vivir con Dario Rossi durante dos meses? Eso es una locura, Li. Sabes quién es Dario. Sabes lo que te hizo. Tuve que recomponerte, ¿recuerdas?

—Claro que lo recuerdo. Y te lo agradezco, Beth, pero no siempre puedes arreglar mis errores.

—Que te echaran de casa no fue un error. Fue cosa de la zorra de tu madrastra.

—No me lo recuerdes.

Termino la copa, la dejo sobre la mesa y apoyo la cabeza contra la superficie con un suave golpe.

—No sé qué estoy haciendo.

—Entonces, ¿qué ha pasado esta noche?

—He tenido una cita.

Algo cruza el rostro de Beth, demasiado fugaz para que pueda identificarlo.

—Bueno, estupendo —dice por fin, apartando la mirada—. Ya era hora de que siguieras adelante.

—Eso pensaba yo —digo, exasperada—. Pero Dario me encontró de algún modo, apareció y le dio una paliza a mi cita cuando intentó besarme.

—Claro que sí —se mofa Beth—. Dario quiere que todos los juguetes sean suyos. Siempre ha sido así.

—¿Crees que solo es eso? —pregunto, insegura—. Dijo que no quería que vieran a su esposa con otro hombre en público.

—¿Crees que habría sido distinto si hubieseis estado en privado? Dario quiere controlar a todo el mundo, incluida tú, Li. Y solo es cuestión de tiempo que descubra...

Dirige una mirada fugaz al cuarto de invitados donde duerme mi hijo.

Trago saliva con dificultad. Beth es la única persona sobre la faz de la Tierra que sabe que Sonny es hijo de Dario, y ha mantenido la boca cerrada todos estos años.

—Sé que es peligroso, pero es que... él me salvó, Beth, de unos tipos que intentaban robarme. Estaba agradecida y atrapada y simplemente... cedí.

—Podemos sacarte de esto —afirma con firmeza.

Guardo silencio. No sé si quiero salir de esto. Puedo husmear por casa de Dario mientras él está en el trabajo e intentar averiguar si puedo demostrar que mató a mi padre.

Y, si lo hizo... Si tengo razón...

Lo mataré yo misma.

—Me ha ayudado mucho —digo por fin—. Quiero aguantar con esto al menos hasta la campaña de la renta.

—¡Faltan meses!

—Lo sé. Lo sé, Beth.

Me mira con el ceño fruncido y le tiembla un ojo, como siempre que se enfada.

—¿Por qué haces esto? No estarás... ¿Sigues enamorada de él?

—Claro que no.

Las palabras salen deprisa de mi garganta. Porque no lo estoy. Eso terminó el día que Dario me puso los cuernos. ¿Sigo sintiéndome atraída por él? Por supuesto. Pero ¿amor? El amor no existe. No es más que un sueño que te venden cuando eres pequeña.

—Entonces, ¿por qué haces esto? Podemos buscar un sitio para las dos.

—No puedo pedirte eso, Beth. Tienes tu propia vida. Además, sin ánimo de ofender, pero, si intento alejarme de Dario, irme a vivir con su prima no es la mejor forma de hacerlo.

Resopla, claramente ofendida, pero sabe que tengo razón.

—No puedo evitar haber nacido en la familia en la que nací.

Alargo el brazo por encima de la isla de la cocina para ponerle una mano en el brazo.

—Lo sé, Beth. Y eres mi mejor amiga y te lo agradezco, pero... tengo que hacer esto sola.

Y, si mató a mi padre, también voy a matarlo yo sola.

Por mucho que me atraiga.

Me bebo otra copa de vino antes de acostarme con Sonny y rodearlo con mis brazos. No ronca, mi pequeño dormilón.

Me duermo con facilidad; la habitación da ligeras vueltas por culpa del vino antes de que cierre los ojos.

—¿Quién coño te crees que eres para presentarte aquí borracho a las tres de la madrugada?

El chillido de Beth me despierta y me incorporo de golpe en la cama.

Sonny sigue roncando y yo escucho con los hombros tensos.

—No estoy borracho, solo...

—Ahórratelo. No pienso perdonarte lo que le hiciste.

—¿Y qué le hice, Beth? ¿Eh? Dímelo, porque ella no me lo quiere decir ni de puta coña.

Reconocería la voz de Dario en cualquier parte, y sí está borracho, o al menos achispado; se le traban un poco las palabras.

¿Está aquí? ¿De verdad?

El corazón se me salta un par de latidos y me odio por ello. ¿Por qué me importa que esté aquí? ¿Por qué me hace feliz?

Salgo de la cama y me dirijo hacia la puerta.

—Eres un gilipollas —le escupe Beth.

—Sí, lo soy —admite Dario cuando me acerco por detrás de ella.

Sus ojos se desplazan hacia mí y su expresión se suaviza.

—Li. Li, deja que te lo explique, ¿vale?

Salgo aunque Beth intenta impedírmelo y cruzo los brazos sobre el pecho.

Lleva la corbata floja alrededor del cuello y sus ojos oscuros escudriñan mi rostro mientras da un paso hacia delante.

No retrocedo, pero tampoco me inclino hacia él.

—Pues hazlo. Explícate.

Suspira y se pasa una mano por el pelo.

—Soy idiota.

—¡Sí, claro que lo eres, joder! —casi grita Beth.

La cojo de la mano, la empujo dentro y cierro la puerta.

—Tiene razón —dice él en voz baja—. No debería haber... No debería haber hecho nada de lo que he hecho esta noche.

—¿Ah, sí? ¿Acabas de darte cuenta?

Emite un sonido a medio camino entre un gemido y un gruñido.

—Li, no lo entiendes. No sabes lo difícil que es verte con otro.

—¿Ah, no? —replico con frialdad, y él frunce el ceño.

—Antes eras mía. Supongo que mi cerebro aún no asimila que ya no lo eres.

—Nunca fui tuya —digo, aunque es mentira.

Fui suya desde el instante en que nuestras miradas se cruzaron por primera vez, pero ya he seguido adelante.

Parece dolido; frunce el entrecejo y las comisuras de sus labios se curvan hacia abajo.

Noto que empiezo a ablandarme.

No, Liana. Contrólate.

—¿Y qué hay de tu cita? —pregunto, sin descruzar los brazos mientras alzo la vista hacia él.

Sonríe con aire avergonzado y se frota la nuca con una mano.

—La dejé plantada —admite—. No podía pensar en nadie más. No quiero ver a nadie más.

El corazón empieza a latirme a toda velocidad.

—¿Por qué no?

Se encoge de hombros, como si esa afirmación no fuese enorme viniendo de él.

—No me interesa, sin más. Escucha, hablo en serio cuando digo que quiero ayudaros a Sonny y a ti. Vosotros también me ayudaríais a mí.

—Podemos estar casados sin vivir juntos.

Él resopla.

—No con Hacienda husmeando. Me han inspeccionado tres años seguidos.

Frunzo el ceño. ¿De verdad me estoy planteando esto? ¿Volver a su casa? ¿Desarraigar de nuevo a Sonny?

—Ya, bueno, si volvemos, conduzco yo.

—Probablemente sea lo mejor —dice.

Algo parecido a la esperanza cruza fugazmente sus facciones antes de que vuelva a cerrar su expresión.

—Espera aquí. Voy a por Sonny.

Vuelvo a entrar y Beth me fulmina con la mirada.

—Lo sé, lo sé —digo con un suspiro—. Solo... deja que me encargue de esto, ¿vale? Todo saldrá bien.

—Sabes que volverá a hacerte daño.

—Ya no puede hacerme daño. Lo he superado.

Así es.

He superado a Dario Conte.

¿No?

Cojo a Sonny en brazos y también la bolsa de viaje que he traído, llena de ropa y productos de aseo.

Beth suspira y me quita la bolsa.

Sonrío.

—Gracias, Beth. Sé que no estás de acuerdo con esto, pero...

—Siempre estaré aquí para ti, Liana. Pase lo que pase —afirma con tanta firmeza que arqueo una ceja.

Quizá habría hecho algún comentario, pero pasa junto a mí y mete la bolsa en el asiento trasero del coche de Dario.

Dario le revuelve el pelo.

—Gracias por mantenerlos a salvo.

Beth se aparta de él con brusquedad.

—No lo hice por ti.

Dario se sube en el lado del copiloto y yo en el del conductor, y adelanto muchísimo el asiento para poder llegar a los pedales.

—De verdad que lo siento —dice Dario mientras conduzco hacia su casa.

—Sí, sí —mascullo.

Para mi dicha, permanece callado durante el resto del trayecto a casa.

Cuando llegamos, acuesto a Sonny y apago la luz. Al salir al pasillo, me sorprende ver a Dario apoyado contra la pared con los brazos cruzados.

—Estoy cansada —digo con sequedad.

—Yo también —murmura, irguiéndose y dando unos pasos hacia mí.

No retrocedo, aunque debería.

Me acaricia la mejilla con una de sus grandes manos y pasa el pulgar por mi labio inferior.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto casi sin aliento, mientras mi cuerpo ansía derretirse contra el suyo.

Aun así, mantengo el control.

Él emite un murmullo sin responderme e introduce el pulgar entre mis labios. La excitación me recorre de golpe y se concentra en mi bajo vientre; instintivamente, le chupo el pulgar.

Gime, se acerca aún más y me rodea la cintura con un brazo, pegándome por completo a su pecho.

Debería decir algo. Debería detenerlo. Pero tengo el cuerpo en llamas y una descarga eléctrica me asciende por la columna mientras su mano abarca casi toda la parte baja de mi espalda.

Se inclina y sé que va a besarme antes de que lo haga. Puedo sentirlo, sentir la tensión en el aire, tan densa que podría cortarse con un cuchillo.

Sé que va a hacerlo. Este hombre que me rompió el corazón. El hombre que quizá mató a mi padre.

Pero no retrocedo.

Me besa con intensidad, desliza la lengua sobre la mía y me atrae aún más hacia él con la mano que tiene en mi espalda. Su pecho es firme y mis brazos le rodean el cuello antes de que pueda pensármelo dos veces.

Vuelve a besarme, con más profundidad, con más hambre, y me gira un poco para dejarme acorralada contra la pared del pasillo.

Sus manos se deslizan por mis costados, rozan el exterior de mis pechos y bajan hasta mi cintura antes de que una de ellas cubra mi sexo, arrugando la tela de los pantalones de chándal que llevo puestos.

—D-Dario —susurro, tartamudeando.

Alzo la vista hacia sus ojos oscuros mientras se aparta, respirando con fuerza.

Justo cuando estoy a punto de abrir la boca y suplicarle que vuelva a besarme, retrocede y baja la mano.

—¿Qué coño ha sido eso? —pregunto, furiosa, enfadada con él y conmigo misma por desearlo tanto.

Él esboza una sonrisa burlona.

—Solo quería recordarte que beso mejor de lo que ese gilipollas besará jamás.

Pongo los ojos en blanco, pero no parece inmutarse y regresa tranquilamente a su habitación.

De verdad que lo odio.