10. Dario
DARIO
Ni siquiera me da tiempo a quitarme la camisa antes de desplomarme en la cama, agotado. En cuanto se me cierran los ojos, sé que voy a soñar con Liana.
Últimamente no pienso en otra cosa; no es de extrañar que se cuele en mi subconsciente.
Pero los sueños se parecen más a recuerdos.
Giovanni y Rocco, otro amigo mío, aparecieron al cabo de más o menos un mes.
Rocco arrugó la nariz al entrar en mi despacho. —¿Cuándo fue la última vez que te duchaste? Joder, Dario.
—Ni idea —murmuré. Ya iba por la cuarta copa del día, aunque apenas era mediodía.
—Don, tiene que salir de esta casa —dijo Giovanni mientras me levantaba tirando de uno de mis brazos y Rocco me arrancaba la copa de la mano.
Estuve a punto de soltarle un puñetazo, pero apreté los dientes y dejé que Giovanni me pusiera en pie.
—Todo esto es culpa mía —murmuró Giovanni—. Nunca debería haberle contado que la vi.
—Tienes razón. No deberías haberlo hecho —espetó Rocco. Se fulminaron con la mirada. Pero a mí me daba igual.
Me acerqué al bar y Rocco soltó un largo suspiro cuando alcé la botella de whisky medio vacía.
—Mira, si vas a emborracharte todos los días, más nos vale salir todos juntos a beber durante el día —propuso.
—Es una idea horrible —siseó Giovanni, pero yo enarqué una ceja.
—¿Lo es?
Dos horas después, estaba mucho más borracho, pero menos hundido, con una mujer colgada de mi brazo. Estaba casi seguro de haberla llamado —Li— mientras nos besábamos en el pasillo, pero no pareció importarle.
Me despierto sobresaltado, con una opresión en el pecho. Odio que estar cerca de Liana me devuelva allí, a aquella época en la que era débil y patético. Cuando no podía dejar de pensar en otro hombre tocándola, besándola, dejándola embarazada.
Me volvía loco. Y, si soy del todo sincero conmigo mismo, todavía me vuelve loco. Por eso perdí los papeles cuando salió con otro.
Renunciar a todas las mujeres supondrá un cambio, pero puedo pasar unos meses de celibato para que Liana no busque en otra parte.
Siempre me han encantado las mujeres, y el sentimiento es mutuo, pero cuando estaba con Liana... no quería a ninguna otra. No ansiaba el contacto de nadie salvo el suyo.
¿Sigue siendo igual ahora?
Trago saliva y me paso una mano por la cara. Me duele la cabeza porque tengo un poco de resaca, pero me preocupan más las tres llamadas perdidas de Giovanni.
Duermo como un muerto. Y el alcohol no ha ayudado. Menos mal que la casa de Beth está a solo un par de millas de la mía, o anoche podría haber acabado estampado contra un árbol. O algo peor.
Beth hizo bien en llamarme idiota.
Le devuelvo la llamada de inmediato y responde al primer tono.
—Jefe, ¿dónde se ha metido? Es casi mediodía.
Parpadeo y miro el reloj. Mierda, tiene razón. No me había dado cuenta de que había dormido hasta tan tarde, pero casi había amanecido cuando por fin caí rendido.
—Noche dura —murmuro, y Giovanni deja escapar el aire.
—Sabía que dejar que Liana se mudara aquí era una mala idea.
—Ahórratelo —espeto. Giovanni solo guarda silencio un momento antes de volver a hablar.
—De todos modos, tenemos problemas más graves de los que preocuparnos. No sé cómo decirlo, así que lo soltaré sin más: tenemos una rata.
—¿Qué? —siseo—. ¿Cómo lo sabes?
—¿El cargamento de Vasquez?
—¿Sí?
—Ha desaparecido.
Me quedo callado mientras asimilo sus palabras.
—¿Don?
—¿Qué quieres decir con que ha desaparecido?
—Todo. Se lo llevaron anoche.
—Solo llevaba allí guardado un par de semanas...
—Lo sé. Pero ha desaparecido. Hasta el último kilo.
—Joder.
Giovanni no dice lo evidente: tiene que haber una rata. Nadie salvo mis hombres y yo sabía que aquel cargamento existía.
—Hay más.
—Me cago en la puta —gimo mientras me levanto y me quito la camisa arrugada—. Sigue.
—Creo que es alguien de la familia. Mantuvo el cargamento de Vasquez fuera de los libros por si el encuentro se torcía. Los únicos que lo sabían éramos yo, Rocco y sus primos.
Tengo unos veinte primos, pero solo diez forman parte directa de mi vida. El resto vive fuera del estado. Mi padre tenía tres hermanos, y ninguno se caracterizaba por ser fiel a su esposa.
—No puede ser —respondo al instante, porque quiero confiar en los miembros de mi familia. La única prima con la que he tenido algún problema es Beth, y solo porque solía atormentarla por ser la niña más pequeña de la familia.
Todos lo hacíamos. Me he disculpado un millón de veces, pero sigue odiándome a muerte. Si a eso le sumamos que Liana y yo rompimos, supongo que nunca tendré una relación de verdad con ella.
—No hay otra posibilidad, jefe. Lo odio tanto como usted.
—Ven a casa. Deberíamos hablar de esto en persona —digo con rapidez. Aunque he usado un móvil desechable imposible de rastrear, nunca se sabe quién puede estar escuchando.
Giovanni llega con Rocco en el asiento del copiloto, y no puedo evitar sonreír, contento de ver a mi otro amigo.
Él y Giovanni me recompusieron después de que descubriese que Liana estaba embarazada, y se lo agradezco a ambos.
Hace tiempo que no veo a Rocco. Apenas he mantenido el contacto desde que me recuperé.
Su rostro no revela ninguna emoción cuando baja del coche, y hago una mueca al preguntarme si Giovanni le habrá contado que Liana se ha mudado aquí.
—Venid a mi despacho —digo al recibirlos en la puerta. Giovanni me da medio abrazo, mientras que Rocco se limita a mirarme con furia.
Sin duda lo sabe.
En cuanto se cierran las puertas, Rocco resopla.
—¿Qué coño crees que estás haciendo otra vez con Liana Rossi?
—No hemos vuelto —respondo sin más.
Rocco se cruza de brazos. —No, solo estáis casados. ¿Pero qué coño, Dario?
Rocco trabaja para mí de vez en cuando, pero nunca ha estado a mis órdenes, así que no me llama jefe ni don como Giovanni.
—No hemos venido a hablar de eso —dice Giovanni con firmeza.
Rocco suspira y deja caer los brazos a los costados. —Vale. Tenemos asuntos más importantes entre manos.
—¿De quién desconfiamos dentro de la familia? —pregunta Giovanni.
—Confiamos en todos —respondo con sequedad—. Podría ser uno de los nuevos, alguno de los matones que contratamos...
—Los matones no sabían nada del cargamento de Vasquez —señala Giovanni.
—Y mira, Dario, sé que quieres a tu familia, pero algunos de tus primos son...
—Termina la frase —lo desafío, y Rocco se encoge de hombros.
—Solo digo que no todos son unos santos, tío. Dios sabe que yo tampoco lo soy, pero soy leal. Ahí está la diferencia.
—¿Y Alessandro? —pregunta Giovanni.
Niego con la cabeza. —Está fuera del país desde hace meses. No ha podido ser él.
—¿Frankie? —propone Rocco.
—Lo dudo —respondo vacilante—. Acaba de tener un bebé y lleva meses sin hacer ningún trabajo para mí.
Giovanni alza las manos, derrotado. —No sé qué pensar.
—Yo tampoco —admito mientras me devano los sesos en busca de cualquier indicio de deslealtad por parte de mi familia.
No se me ocurre ninguno. Ni siquiera Beth, que me odia, me traicionaría jamás. La familia Conte siempre se ha regido por la confianza y la lealtad.
—Sabes lo que tenemos que hacer —dice Rocco—. Preparar un cargamento falso. Un encuentro. Si aparece alguno de nuestros enemigos, sabremos que es alguien de la familia.
Suspiro. Odio tener que hacer esto, pero es la única manera.
—De acuerdo. Preparadlo para la semana que viene. Giovanni, tú y Rocco estaréis allí, ¿verdad?
Ambos asienten al unísono y, como Giovanni y Rocco no suelen coincidir en muchas cosas, me alegra verlo.
Hago las llamadas, envío los mensajes y solo informo del encuentro en el chat familiar. Uso palabras en clave, pero todos saben lo que significan.
Giovanni y Rocco salen de la habitación, aunque Rocco se queda rezagado un momento.
—Sé que no quieres hablar de ello, Dario, pero... con Liana... ten cuidado, ¿vale?
Trago saliva. —Sí. Vale. Tendré cuidado.
Hasta a mis propios oídos suena a mentira.
Le doy la noche libre a Sofia, mi cocinera, y voy a la cocina a la hora de cenar. Liana y Sonny llevan todo el día en la habitación de ella. Supongo que sigue cabreada.
No puedo culparla. No debería preocuparme por con quién sale ni por quién la toca..., pero me preocupa. Solo pensarlo me vuelve loco, así que la única manera de que este acuerdo funcione, de ayudarla a recuperarse y darme a mí un respiro temporal con Hacienda, es mantenernos célibes.
Y soy totalmente capaz de hacerlo.
Pero, de momento, necesito que deje de estar enfadada conmigo, porque no puedo pasarme los próximos seis meses conviviendo con un fantasma en mi propia casa.
Las palabras de Rocco me resuenan en los oídos. —Ten cuidado, ¿vale?
Tengo cuidado. Anoche estaba borracho y la besé, pero no fui más allá. Bueno. No mucho más allá.
La polla me da un tirón al recordar el calor de su sexo bajo mi palma.
No. Ni hablar.
Solo quiero ayudar a Liana y a Sonny porque ella significó algo para mí en otro tiempo. No voy a acostarme con ella. No voy a volver a enamorarme de ella.
Solo voy a ayudarla y, a cambio, conseguiré una desgravación fiscal. Eso es todo.
Preparo su plato favorito: entraña con glaseado de marsala y tomates cherry asados. Para cubrir todas las posibilidades, también meto en el horno unos nuggets de pollo para Sonny, porque supongo que no tendrá un paladar tan sofisticado como el de ella.
Espero en el comedor hasta que baja con Sonny, olisqueando el aire.
Sonríe, pero se detiene en seco cuando me ve sentado a la cabecera de la mesa. Ya la he puesto, con el plato de ella a mi lado y el de Sonny al otro.
—¡Nuggets de pollo! —vitorea Sonny, y corre a sentarse. Ya se ha metido uno en la boca antes incluso de apoyar el culo en la silla.
Me río entre dientes. —Lo he adivinado.
—¡Son mis favoritos! —dice Sonny mirándome con sus ojos grises, y tengo que apartar la mirada. Ver cuánto se parece a ella me provoca un dolor en el corazón.
¿Acaso el padre aportó algo de ADN? Quizá sea alto y desgarbado, como yo, porque Sonny también lo es.
No puedo pensar así. No puedo preguntarme quién será o acabaré localizándolo y matándolo.
Miro a Liana y veo que está haciendo pucheros, con los brazos cruzados.
—Ven a comer. Debes de tener hambre. No te he visto en todo el día.
Abre la boca como si fuese a replicar, pero entonces observa a Sonny comer tan contento, se acerca a su silla y se sienta con rigidez.
—¿Sigue siendo tu plato favorito? —pregunto en voz baja mientras enderezo la espalda. Ella asiente sin levantar la mirada.
Joder.
Sigue enfadada. Liana solo me castiga con el silencio de esta manera cuando está cabreadísima.
Como en silencio y Sonny empieza a parlotear sobre unos dibujos nuevos que está viendo.
Sonrío, asiento y le hago preguntas sobre ellos, y él se va entusiasmando cada vez más.
Es adorable. Él es adorable, seguramente porque se parece muchísimo a Liana.
Pero Liana parece cabrearse más y más; apenas come y apenas me mira.
—Podríamos verlos juntos algún día —dice Sonny con timidez, dedicándome una sonrisita apocada. Abro la boca para responder, pero Liana se levanta, se acerca a él y lo saca de la silla en brazos.
—Dario tiene cosas mejores que hacer que ver dibujos animados —murmura.
Frunzo el ceño. —No, yo...
—Además, te gusta verlos con mamá, ¿verdad?
Sonny hace un leve puchero, pero Liana no responde; se limita a subir las escaleras hecha una furia y entrar en la habitación de Sonny.
Bueno. Eso ha ido bien.
Suspiro y dejo los platos en la mesa. Stella, mi asistenta, vendrá más tarde y lo recogerá todo.
Subo las escaleras y me dirijo a mi habitación para tomar una última copa cuando Liana sale hecha una furia de la habitación de Sonny, cierra la puerta con cuidado y se vuelve hacia mí con una expresión furibunda.
—¿Qué coño crees que estás haciendo? —sisea.
Alzo las manos a la defensiva. —Yo solo... quería disculparme. Con la cena.
Inspira de golpe. —Pues deja a mi hijo al margen, ¿quieres?
La miro, desconcertado. —¿De qué estás hablando? Solo estaba hablando con él...
—¡Pues no lo hagas! —espeta—. Lo estás confundiendo.
No tengo la más mínima idea de qué está hablando, pero tampoco sé una mierda de niños, así que respiro hondo y la miro con atención.
—Lo siento.
Pone los ojos en blanco. —Ni siquiera sabes por qué te estás disculpando.
No, no lo sé. Me muerdo la lengua, aterrado ante la posibilidad de que vuelva a marcharse.
Cuando se fue antes, me sentí igual que la primera vez, y no quiero volver a sentirme así jamás.
—Lo siento, Li —digo en voz baja mientras me acerco a ella. Me mira con furia.
Abro la boca para continuar, para decirle que no sé cómo hacer esto, cómo compartir el mismo espacio con ella sin desearla, pero me interrumpe.
Alza una mano, me coge por la nuca y tira de mí hacia abajo para besarme, deslizando la lengua contra la mía.