8. Dario
DARIO
No pasa nada. Todo está bien.
Yo vivo mi vida y ella vive la suya.
Pero aun así dejo caer un AirTag en el asiento trasero de su coche y permito que caiga al suelo.
Por seguridad. No porque esté celoso.
No estoy celoso. No lo estoy.
Además, seguramente se lo haya inventado todo. Es demasiado oportuno que justo hoy yo tenga una cita y ella también.
Llevo meses intentando llevarme a Selena a la cama. Tenía su número y nos hemos metido mano en público un par de veces, pero nunca hemos pasado de ahí.
Ella quería que la llevara a una cita de verdad y ahora, por fin, tengo tiempo.
Entro en la urbanización privada después de introducir el código que me ha enviado por mensaje. Selena sale con un vestido azul celeste que apenas le cubre el cuerpo y resalta sus ojos azules.
Me bajo para abrirle la puerta y Selena se acomoda dentro, estirando sus largas piernas sobre el suelo del coche.
Incluso mientras las contemplo, estoy pensando en Liana.
¿Adónde va? ¿Quién es ese tal Scott Howard? Y qué puto nombre tan estúpido es ese...
—¿Dario?
—¿Mmm? —pregunto, volviéndome hacia Selena.
—Estás muy callado. —Me dedica una leve sonrisa—. ¿Va todo bien?
—Todo va perfecto —respondo enseguida, intentando concentrarme en ella y dejar de preocuparme por Liana—. Tengo una reserva a las seis.
—¡Entonces será mejor que nos pongamos en marcha! —exclama alegremente. Huele a lavanda y jabón, y la polla debería estremecérseme de interés, pero no lo hace.
Conduzco hasta el restaurante, un local francés de la zona al que suelo ir.
Al entrar, el maître me recibe en la entrada.
—Señor Conte, por aquí —dice, conduciéndome hasta el fondo del salón, a una mesa junto a la ventana.
Pido una botella de vino tinto y el camarero nos sirve una copa a cada uno.
—Has estado muy ocupado últimamente —comenta Selena, y yo asiento.
—Solo es trabajo. Ya sabes cómo va esto.
Selena no nació dentro de este mundillo, pero forma parte de él de todos modos; es una de esas admiradoras de la mafia que solo salen con mafiosos.
¿Estará el acompañante de Liana engatusándola ahora mismo? ¿Estará emborrachándola con vino?
La ira me nubla la vista y no me doy cuenta de que Selena está hablando hasta que pronuncia mi nombre.
—¿Mmm?
Suelta un bufido.
—Estás distraído.
—Lo siento —digo con sinceridad, porque es verdad. Llevo semanas intentando meter a Selena en mi cama y ahora no soy capaz de concentrarme.
Frunce el ceño cuando saco el móvil para comprobar la ubicación de Liana. Está en un bar de mala muerte del centro, uno al que solíamos ir. La furia me invade y me abrasa la cara.
—¿Algún problema en el trabajo?
—Sí —respondo enseguida mientras me termino el vino de un trago y me levanto. No puedo seguir haciendo esto. Tengo que asegurarme de que está a salvo. Ha conocido a ese tío por internet, por el amor de Dios. ¿Quién sabe quién es o qué quiere?—. Lo siento, preciosa. Tengo que irme.
Alza la vista hacia mí, horrorizada.
—¿Vas a dejarme aquí sin más?
Arrojo unos cuantos cientos de dólares sobre la mesa.
—Debería bastar para un taxi. ¿Lo dejamos para otro día?
Cruza los brazos sobre el pecho.
—No volverás a verme nunca, Dario Conte.
La miro un instante más y después suspiro.
—Qué pena.
Salgo del restaurante hecho una furia, subo al coche y arranco en dirección al centro. De todos modos, ese bar de mala muerte está en la peor zona de la ciudad.
Cuando llego, Liana y su ligue salen del tugurio. Aprieto los dientes con tanta fuerza que me duele la mandíbula cuando lo veo cogerla de la mano.
Quiero arrancarme todo el pelo, estrellar los puños contra el volante, pero me limito a observar.
Salgo del coche después de que doblen la esquina y camino varios metros por detrás de ellos. Él le aprieta la mano y charla de cualquier cosa mientras ella lo mira con una sonrisa.
¿Qué coño le está diciendo que tiene tanta gracia?
Se dirigen al aparcamiento. Él se detiene junto al coche de ella y Liana lo mira como si fuera lo más maravilloso del mundo.
Quiero gritar.
Cuando él se inclina para besarla, pierdo el control y la ira me ciega. Corro hacia ellos y le doy un puñetazo en la cara al rubio antes de que sus labios puedan rozar los de Liana.
Liana grita e intenta apartarme de él, pero no puedo pensar; solo le estrello el puño contra la cara una y otra vez.
Por fin consigue apartarme y él se levanta a trompicones, escupe sangre y echa a correr hacia un deportivo negro.
Jadeando, lo veo alejarse.
—¿Qué coño te pasa? —exige saber Liana, pero no tengo respuesta.
He perdido el control. Otra vez.
—Sacas lo puto peor de mí —digo, todavía con el pecho agitado mientras la obligo a retroceder hasta dejarla contra su coche.
—¡Era muy majo! —protesta.
Resoplo.
—Majo. Solo intentaba meterse en tus bragas.
Se pone las manos en las caderas.
—¿Y qué pasa si pensaba dejarlo?
—En mi puta casa no lo harás —gruño.
Levanta las manos, exasperada.
—Tú fuiste quien dijo que cada uno podía vivir su propia vida. Esto es lo que hago, Dario: vivir mi vida.
—Pues no puedes besar a alguien así. No en público. Ahora eres mi mujer —digo con frialdad, intentando justificarme ante mí mismo.
—¿Y en privado?
Me quedo callado. No quiero que nadie más la toque, ni un solo instante, pero no puedo decirlo. No puedo decirlo porque es una locura que siga sin soportar la idea de verla con otro.
—Vamos. Nos vamos a casa.
—Y una mierda —bufa—. Voy a ir a un bar y a buscar a otro que quizá...
—No, no lo harás —gruño, pensando en su pequeña mano dentro de la de él, en cómo había alzado la barbilla cuando él se inclinó para besarla.
Estoy muy cabreado y no puedo evitarlo. Ella se da media vuelta y se dirige hacia su coche. Aspiro con brusquedad, la levanto del suelo, me la echo sobre un hombro y la llevo de vuelta a mi coche.
Patalea, grita y me golpea la espalda, pero estoy tan cabreado que ni siquiera lo siento. ¿Cómo se atreve a hacer esto? ¿Cómo se atreve a volver pavoneándose a mi vida porque me necesita y luego intenta tener una cita con otro?
Aquí el culpable no soy yo.
Consigo meterla en el asiento del copiloto, pero es como encerrar a un tejón melero en una jaula: difícil y apenas merece la pena.
Por fin se queda quieta cuando me siento al volante; cruza los brazos sobre el pecho y mira por la ventanilla.
La furia que llevo dentro no parece remitir.
—¿Quién coño era ese tío?
—Ya te he dicho cómo se llama. Ni se te ocurra intentar encontrarlo. Ya has hecho bastante.
—Y una mierda. ¿Ibas a dejar que te besara? ¿En la primera cita?
—En nuestra primera cita te chupé la...
—No sigas —ladro, levantando el pie del acelerador cuando miro el velocímetro y compruebo que supero el límite de velocidad en casi cincuenta kilómetros por hora—. No es lo mismo.
—¿Ah, no? ¿Desde cuándo puedes decirme lo que puedo o no puedo hacer en una primera cita? Ya ni siquiera me conoces.
—¿Y de quién es la culpa?
Aprieta los labios hasta formar una línea dura y vuelve a mirar por la ventanilla mientras saca el móvil y escribe un mensaje con furia. Miro por encima de su hombro para intentar ver a quién escribe, pero me bloquea la visión cubriendo la pantalla con una mano.
Cierro la boca antes de decir algo peor, antes de soltar lo puto horrible que fue descubrir que estaba embarazada, descubrir que estaba con otro.
Fue Giovanni quien me lo contó.
—¿Jefe?
Yo estaba sentado tras el escritorio de mi despacho, tomando la tercera copa de la noche. Apenas eran las seis de la tarde, pero ¿a quién le importaba?
De todos modos, ya nada importaba. Liana no quería hablar conmigo. No respondía a mis llamadas y había hecho que su padre me echara de su casa.
Ya no me quería. Joder, puede que nunca lo hubiera hecho. Todo por algo que yo había hecho. Algo que ella se negaba a contarme. Llevaba seis meses sin verle la cara.
—¿Qué? —ladré, y Giovanni hizo una mueca antes de sentarse al otro lado del escritorio.
—Sírvame una copa.
Enarqué una ceja. Giovanni siempre había sido abstemio porque su padre era alcohólico.
Bien por él.
No todos podíamos ser tan perfectos.
—No ha dado ninguna orden a sus hombres desde hace meses.
Me encogí de hombros. —¿Y?
—Pues... quizá sea hora de volver al ruedo.
—Quieres decir que salga con otra —dije con frialdad. Ni siquiera podía imaginarme tocando a alguien que no fuera Liana.
—No solo eso. Tiene que retomar su vida, Dario. No puede permitir que ella se lo arrebate todo.
Me dolía la garganta y bebí otro sorbo.
—Estoy bien.
Giovanni soltó un bufido y se irguió en la silla. —No está bien, don. Pasa más tiempo bebiendo que durmiendo y...
—¿Y qué? ¿Qué más da?
—Ella ha rehecho su vida.
Fue como si alguien me golpeara la cabeza con un martillo.
—¿De qué coño estás hablando? —Me incliné hacia delante y apoyé los codos sobre el escritorio—. ¿La has visto? ¿Dónde está? ¿Qué aspecto tenía?
¿Es tan desgraciada como yo?
Giovanni tragó saliva de forma visible y supe que estaba a punto de darme una mala noticia. Nunca habría imaginado hasta qué punto.
—Está embarazada.
Esas palabras sencillamente no tenían sentido para mí. —¿Q-qué?
—Embarazada. Ya se le nota; tiene un poco de tripa.
—Ella... ella... —No podía hablar. No podía respirar, hasta que por fin aspiré aire por la nariz sin apartar la mirada de Giovanni—. Estás mintiendo.
—¿Por qué iba a mentirle sobre esto, don?
La garganta me palpitó mientras intentaba no gritar. Había dejado que otro la tocara. Había dejado que otro entrara en ella.
Se suponía que era mía.
—Fuera.
—Jefe, yo...
—¡He dicho que te largues! —grité. Giovanni suspiró y se levantó. Se bebió de un trago la copa que le había servido, dejó el vaso sobre la mesa de un golpe y se marchó, cerrando la puerta tras él.
Me levanté, fui hasta el mueble bar y me llevé a mi habitación la botella de whisky escocés que estaba bebiendo.
Apenas recordaba los tres meses siguientes.
—¿Vas a dejarme salir o vamos a quedarnos sentados en el garaje? —La voz enfadada de Liana me devuelve al presente. Me aclaro la garganta y desbloqueo las puertas.
Entra furiosa en la casa utilizando la llave que le di y sube las escaleras antes de que yo pueda siquiera bajar del coche.
Joder.
Voy tras ella, pero ya tiene a Sonny en brazos, con la cabeza del niño apoyada en su hombro. Duerme plácidamente y algo se me encoge en el corazón cuando pasan junto a mí.
—Espera, Li, yo...
—Ahórratelo —murmura sin molestarse siquiera en volverse hacia mí—. Beth viene a recogernos.
—¿Beth? ¿Mi prima Beth? —Arrugo la nariz. Beth siempre me ha odiado, y nunca tanto como cuando Liana y yo rompimos.
No tengo ni idea de por qué me dejó Liana, así que tampoco sé por qué me odia mi prima. Más de lo que siempre me ha odiado, quiero decir. Siempre he sido el «niño mimado» de la familia Conte, el único chico entre un montón de chicas.
—Sí, Beth. No intentes detenerme.
Beth llega en su todoterreno y observo cómo Liana abrocha a Sonny en el asiento trasero. Ella ocupa el asiento del copiloto sin volver a mirarme.
Nos hemos casado hoy y ya está cabreada conmigo.
Genial.
Necesito una puta copa.
Respiro hondo mientras la veo alejarse de mi vida. Otra vez.
El pánico me oprime el pecho. No puedo permitir que haga esto. No puedo dejar que vuelva a marcharse.
Tengo que arreglarlo.