7. Liana
LIANA
Paso tres días en casa de Dario y solo lo veo dos veces en todo ese tiempo. Sonny y yo nos pasamos los días en la piscina o en la inmensa biblioteca de Dario. Él trajo todo lo que había en el coche y, para mi sorpresa, entre mis cosas están incluso las joyas que aquellos tipos me arrancaron.
Me muerdo el labio, preguntándome cómo lo habrá conseguido Dario. Probablemente sea mejor no saberlo.
—¿Dónde está el hombre que nos salvó, mamá? ¿El héroe?
Resoplo.
—No sé si lo llamaría héroe, Sonny. Solo es un amigo.
—Bueno, pues ¿dónde está nuestro amigo? —pregunta con descaro. No puedo evitar sonreír mientras, sentados en los escalones de la parte menos profunda, dejamos los pies colgando en el agua.
—Supongo que estará trabajando.
Como si hablar de él lo hubiera invocado, Dario aparece por la puerta trasera y sale al patio junto a la piscina.
—La cena está lista —dice.
A la hora de cenar siempre hay un banquete en la mesa, esté Dario o no, y sospecho que hay empleados en esta casa, aunque nunca los veo. Es casi como el castillo encantado de aquella película de la bestia.
Dario se sienta a cenar con nosotros, a la cabecera de la gran mesa, y lo observo con atención.
—No te he visto en varios días.
—He estado ocupado —masculla mientras empieza a comer. No vuelve a abrir la boca y yo suelto un bufido.
Cuando termina de comer, Sonny pide permiso para subir a jugar y yo asiento sin demasiado entusiasmo.
—Enseguida subo a jugar contigo.
Lo veo marcharse y estoy a punto de levantarme cuando Dario habla.
—Mañana iremos al juzgado.
—¿Mañana? —pregunto, incrédula—. ¿Tan pronto?
Se encoge de hombros.
—No hay mejor momento que el presente.
—¿Y Sonny? No puedo explicarle que solo vamos a casarnos sobre el papel.
—No le expliques nada. He contratado a una niñera.
—¿Sin consultármelo? —Entorno los ojos y él suspira.
—Lo siento. Te prometo que tiene unas referencias excelentes. Se llama Marie y tiene catorce nietos.
Parpadeo.
—Bueno. Supongo que sí parece estar cualificada.
—La instalé aquí ayer, mientras Sonny y tú dormíais. Está en el dormitorio de al lado del suyo.
¿La instaló aquí? ¿Y ni siquiera me di cuenta?
Sonny y yo hemos estado durmiendo muchas siestas, probablemente porque llevábamos semanas sin descansar bien antes del incidente.
—V-vale —digo por fin, sin saber cómo protestar aunque me parece que debería hacerlo.
—Nos vemos por la mañana. —Se levanta y se dispone a marcharse mientras yo contemplo su ancha espalda.
—¿Qué me pongo?
Me mira por encima del hombro.
—Lo que quieras.
Y después sale de la habitación como si mi mundo no estuviera patas arriba.
Es casi seguro que mi padre está muerto. Hace seis semanas que nadie sabe de él. Mi madrastra me echó de casa y ahora el padre de mi hijo, el hombre que me rompió el corazón, va a convertirse en mi marido.
¿Cómo he acabado aquí?
Subo las escaleras y juego a los trenes con Sonny hasta que empieza a tener sueño.
Lo arropo en la cama y le beso la frente.
—Mañana vas a conocer a una niñera.
—¿Qué es una niñera?
—Es como una amiga. Alguien que cuida de ti cuando mamá no está.
Sonny hace un mohín.
—¿Adónde vas a ir?
—Solo tengo que ocuparme de unas cosas, cariño. Marie cuidará muy bien de ti y volveré antes de que te des cuenta.
—Vale, mamá.
Se le están cerrando los ojos y yo sonrío mientras le aparto el pelo oscuro de la cara. Quizá sea mejor que Dario no pase mucho tiempo por aquí.
Podría empezar a darse cuenta de cuánto se parece Sonny a él en la boca y la nariz.
Salgo del dormitorio de Sonny y me meto en la cama, acurrucándome contra las almohadas. Resulta fácil dormirse en una cama tan cómoda, aunque esté estresada por lo de mañana.
Cuando despierto, la luz del día entra a raudales por las ventanas y bostezo.
Voy al baño para hacer mis necesidades y lavarme los dientes antes de dirigirme de inmediato al dormitorio de Sonny.
No está allí. El pánico me atenaza la garganta.
Corro al dormitorio de Dario y aporreo la puerta.
Él abre sin camisa y con unos pantalones de vestir. En la parte superior de un pectoral tiene una cicatriz que antes no estaba ahí. Quiero recorrer con el dedo esa marca blanca, pero me contengo y aparto la mirada de su cuerpo firme.
—Sonny ha desaparecido —digo deprisa, volviendo en mí.
Él se ríe entre dientes.
—No ha desaparecido. Está abajo desayunando con Marie. Ella lo mantendrá entretenido mientras tú te preparas.
Me llevo una mano al pecho.
—Ah, gracias a Dios. La próxima vez podríais avisarme antes de que se lo lleve.
—Lo intenté. Llamé a la puerta, pero estabas frita.
—¿En serio?
Nunca duermo tan profundamente. Supongo que de verdad estaba agotada.
Él emite un murmullo y se pone una camisa blanca de botones, remangándosela hasta los antebrazos.
Joder, está increíble. Los años solo lo han vuelto más atractivo; las arrugas que le rodean los ojos le dan un aire distinguido en vez de hacerlo parecer viejo.
Tiene unos quince años más que yo, algo que mi padre odiaría.
Pero no sé. Siempre me han atraído los hombres mayores.
Me doy cuenta de que sigo plantada en el umbral, mirándolo fijamente, y me marcho deprisa. Regreso a mi habitación y reviso las prendas más caras que tengo. Al final encuentro un vestido blanco que compré para algún evento.
No es exactamente un vestido de novia, pero servirá.
Y tampoco es así como imaginaba mi boda. Aunque durante un tiempo sí imaginé a Dario como el novio.
Me ruborizo, avergonzada de pensar siquiera de ese modo. Aquellos sueños habían muerto. Esa chica, la que se enamoró de él, ya no existía.
Ahora soy otra persona. Alguien a quien él tampoco desearía.
No ha intentado nada, ni ha tratado de besarme, así que doy por hecho que este será también un matrimonio sin sexo.
Pero, si él se divierte con otras, yo también lo haré.
Tengo la aplicación de citas en la recámara y sigo recibiendo mensajes.
Bajo las escaleras con el vestido blanco y unos pendientes de diamantes, el pelo recogido en un elaborado moño que aprendí a hacer gracias a mi horrible madrastra. Al menos sirvió para algo.
Dario se aclara la garganta al alzar la vista hacia mí y abre mucho los ojos.
—Veo que has encontrado algo que ponerte. Estás preciosa —masculla. Me conduce fuera, hasta su coche.
Me alegro de que Marie esté distrayendo a Sonny, porque ¿cómo iba a explicarle este vestido?
Dario permanece en silencio durante todo el trayecto hasta el juzgado y aparca en el garaje. Otro hombre se acerca a nosotros, guapo de un modo distinto a Dario. También tiene el pelo oscuro, pero sus penetrantes ojos son azules y es más corpulento que Dario, aunque más bajo.
Dario parece darse cuenta de que lo miro, gruñe y me coge de la mano.
—Soy Liana —le digo al hombre mientras Dario tira de mí hacia la entrada.
Él sonríe y saluda con la mano.
—Giovanni.
Después me encuentro rellenando formularios y mostrando mi documentación. Dario saca la cartera y, voilà, la ceremonia queda fijada para dentro de treinta minutos.
Me siento junto a Giovanni y Dario frunce el ceño antes de sentarse al otro lado de mí.
—He oído hablar mucho de ti —dice Giovanni. Dario suelta un bufido y lo fulmina con la mirada.
Arqueo una ceja.
—¿Ah, sí?
Me sorprende. Siempre pensé que solo había sido otra conquista más para Dario.
—Sí, lo dejaste completamente descolocado —dice Giovanni con misterio, y yo frunzo el ceño.
—¿Qué significa eso?
Dario fulmina a Giovanni con la mirada como si fuera a degollarlo. Giovanni se la sostiene con una sonrisa despreocupada.
—Nada —responde, aunque sigue sonriendo, claramente para picar a Dario.
Pero ¿por qué?
No es que Dario fuera en serio conmigo. Si lo hubiera hecho, no me habría sido infiel, ¿verdad?
El oficiante llama:
—¿Los futuros señor y señora Conte?
Dario se levanta primero y yo lo sigo. Me coge de la mano mientras entramos en la sala de ceremonias. Giovanni viene detrás y se sienta en uno de los bancos como nuestro testigo.
—Dario Michael Conte, ¿acepta a esta mujer, Liana Elena Rossi, como su legítima esposa? ¿Hasta que la muerte los separe?
—Sí, acepto —responde, mirándome desde arriba con una expresión inescrutable.
El corazón se me desboca y no consigo dejar de mirar esos ojos oscuros.
—Liana Elena Rossi, ¿acepta a este hombre, Dario Michael Conte, como su legítimo esposo? ¿Mientras ambos vivan?
—Sí, acepto —digo en voz baja. Me sorprende que no me tiemble la voz.
Dario se inclina. Estoy convencida de que va a besarme en la mejilla, hasta que atrapa mi boca con la suya y desliza la lengua entre mis labios.
Me derrito contra él a pesar de mí misma y le devuelvo el beso con avidez. Hace tanto que nadie me besa...
Él se aparta primero y yo me apoyo contra su cuerpo. Se ríe entre dientes al mirarme desde arriba, me lleva la mano a la boca y roza mis nudillos con los labios.
El corazón me late a toda velocidad y una descarga de placer me recorre la columna.
Si me pidiera que le calentara la cama, ¿aceptaría?
Creo que sí.
Está claro que me pasa algo.
Pero, cuando salimos, Dario va hablando con Giovanni sin prestarme demasiada atención.
—¿Con quién has dicho que vas a salir?
Oigo que la pregunta sale de la boca de Giovanni y aguzo el oído. Me apresuro a caminar un poco más cerca de ellos mientras nos aproximamos al garaje.
—Selena Yeoman. —Hay un deje de orgullo en la voz de Dario que no me gusta.
Giovanni silba.
—¿No estaba saliendo con Johnny?
—Ya no —responde Dario con suficiencia, y yo suelto un bufido.
Él mira hacia atrás, con el rostro inexpresivo.
Me meto en el coche de Dario, sin ganas de seguir escuchando nada sobre su cita.
Saco el teléfono del bolso y respondo a uno de los mensajes: el de un rubio alto y mono que me escribió anoche.
¿Quieres salir esta noche?
Responde al instante con un sí rotundo y le digo que quedaré con él en el centro, en un bar de mala muerte que mi mejor amiga Beth y yo frecuentamos.
Y, hablando de Beth, tengo que llamarla. Se preocupa muchísimo cuando no sabe nada de mí, sobre todo desde que desapareció mi padre. Y, como prima de Dario, va a quedarse de piedra cuando se entere de lo que acabo de hacer.
De hecho, ahora que lo pienso, la última vez que mi padre tuvo algún conflicto fue con la familia Conte. Frunzo el ceño solo de pensarlo. ¿Significa eso que Dario tuvo ocasión de matarlo?
¿Lo habría hecho?
Miro por la ventanilla hacia Dario y pienso en cómo recuperé mis joyas y mis bolsos. Tuvo que hacerles algo a aquellos hombres.
¿Le hizo algo a mi padre? En realidad, es la única persona de la que sospecho.
Frunzo aún más el ceño cuando Dario se mete en el coche, tarareando alegremente mientras nos lleva de vuelta a la mansión.
Durante mucho tiempo conservé la esperanza de que mi padre simplemente se hubiera embarcado en una de sus famosas juergas, pero llevaba años sin hacerlo, desde que conoció a Felicia. Ella ejercía una buena influencia sobre él, o eso creía yo.
Pero lo primero que hizo tras su desaparición fue echarnos de casa a mí y a su nieto.
Mi mente trabaja a toda velocidad, tratando de recordar alguna ocasión en que mi padre se relacionara con los Conte. Yo no sabía mucho de sus negocios. Siempre me los ocultó.
Pero lo oí hablar de la familia Conte y sabía que tenían algún tipo de enfrentamiento.
¿Mató Dario a mi padre?
No tengo mucho tiempo para pensarlo, porque Dario sale del coche y me deja atrás para que abra la puerta yo sola. Resoplo mientras saco el vestido del vehículo y cierro de un portazo.
Dario entra en el baño de la planta baja para arreglarse, afeitarse y ponerse colonia.
Yo me quedo allí plantada, con el vestido que ha hecho las veces de traje de novia, fulminándolo con la mirada.
—¿Pasa algo? —pregunta.
—Oh, nada —murmuro—. Solo me preguntaba si Marie podría quedarse esta noche con Sonny.
Dario se vuelve despacio hacia mí, frunciendo el ceño.
—¿Y por qué tendría que hacerlo?
Emito un murmullo.
—Tengo una cita.
La expresión de Dario no cambia, salvo porque sus ojos escudriñan mi rostro.
—¿Tienes qué?
—Una cita. Ya sabes, lo mismo que vas a tener tú esta noche.
—No pensarás ponerte eso, ¿verdad? —pregunta. Su mirada desciende hasta mi escote y después vuelve a mi cara.
Sonrío.
—Me lo estaba planteando.
—No —dice con rotundidad.
—¿No qué? ¿No puedo ponerme este vestido? ¿No puedo tener una cita?
Suelta un largo suspiro.
—No te pones tu vestido de novia para tener una cita con otro hombre, eso es todo.
—Tú llevas la ropa que tú te has puesto para nuestra boda.
Se mira a sí mismo.
—Touché.
Se arranca la camisa; los botones salen disparados por todas partes mientras se deshace de ella. Sube las escaleras y yo lo sigo.
No parece estar reaccionando como yo esperaba. Dario siempre fue muy celoso, aunque está claro que nunca le importé de verdad.
Solo era territorial o, al menos, eso creía.
Sin embargo, Dario se lo está tomando mejor de lo que esperaba y no estoy segura de cómo me hace sentir eso. ¿Estoy... decepcionada?
Aun así, voy a mi dormitorio y escojo un vestidito negro que realza mis curvas y mis largas piernas.
Me dejo puestos los pendientes de diamantes y el maquillaje ligero que llevaba, y me suelto el pelo para que caiga con movimiento alrededor de mi cintura.
Cuando bajo las escaleras, Dario ya se dirige hacia la puerta.
—¿Con quién es tu cita?
Me quedo atónita ante la pregunta y él suspira.
—Por seguridad, Li.
—Se llama Scott Howard.
—¿Ni siquiera es italiano? —pregunta, incrédulo.
Me encojo de hombros.
—No discrimino. Es mono.
—¿Mono, eh? —Hace una pausa y después niega con la cabeza—. Espero que te lo pases bien.
—Espero que tú también te lo pases bien con Selena —digo entre dientes.
Él sonríe.
—Estás celosa. Haces esto por despecho. En realidad no tienes ninguna cita.
—Claro que la tengo —digo con solemnidad, enseñándole una foto del perfil de citas de Scott—. La concerté anoche.
Los hombros de Dario se tensan, pero no dice nada.
—Diviértete, Li.
—Tú también —resoplo. Subo de nuevo hecha una furia para revisar por última vez mi pelo y mi maquillaje antes de marcharme. No estoy celosa. Lo odio. Me fue infiel. Puede que haya matado a mi padre.
Pero a este juego pueden jugar dos.