6. Dario
DARIO
Llevo más de una hora dando vueltas por la casa. El whisky me llama, pero, tal como me siento ahora mismo, probablemente acabaría pasándome.
No puedo dejar de pensar en Liana, en los moratones de su cara, en esas rodillas despellejadas. En cómo dice que va a seguir haciendo su vida.
¿Qué significa eso exactamente? A ver, no puedo ser un hipócrita. No pienso cambiar mi vida sexual solo porque mi ex vaya a instalarse aquí. No puedo volver a dejarla entrar así en mi vida. No puedo volver a enamorarme de ella. Sería un desastre.
Está claro que esta noche no voy a dormir, así que llamo a Giovanni.
—Hola, jefe —contesta.
—Hola. Escucha, necesito ocuparme de un asunto. ¿El nuevo guardia de seguridad que contraté, Alan?
—¿Sí?
—Está metido en algo turbio. Robó joyas y bolsos a una... amiga mía en mi edificio. Averigua quién es, con quién se junta... Quiero hacerle una visita.
—Joder. ¿Está todo bien?
—Sí. De momento. Solo quiero que esto quede resuelto.
Giovanni hace una pausa.
—¿Resuelto? ¿Por unas joyas y unos bolsos?
Suspiro. Giovanni no suele cuestionarme, y cuando lo hace significa que seguramente se trata de algo importante.
—Es Liana, Giovanni. Le pegaron.
Inspira bruscamente.
—De acuerdo. Lo averiguaré y te llamaré. ¿Quieres que lo hagamos esta noche?
—Ya puestos... No puedo dormir.
—De acuerdo. ¿Y Dario?
—¿Sí, Giovanni?
—No dejes que vuelva a afectarte, ¿vale? Cuando se marchó estabas... estabas hecho polvo, francamente, y después, cuando se quedó embarazada, fue aún peor...
—No hace falta que me lo recuerdes —digo con tono cansino—. Estoy teniendo cuidado. Confía en mí.
Cuelga sin preguntar nada más, y se lo agradezco.
Porque ¿y si Giovanni tiene razón? ¿Y si vuelve a metérseme bajo la piel como una serpiente? Solo pensarlo hace que el corazón se me acelere. No puedo volver a pasar por eso.
Mientras espero a Giovanni, sí que me sirvo tres dedos de whisky, pero apenas voy por la mitad cuando vuelve a llamar.
—¿Conoces ese local nuevo del centro, Avarice?
—Claro, abrió la semana pasada.
—Es del hermano de Alan. Él y sus amigos están allí todo el tiempo porque no tienen que pagar la entrada.
—¿No es un club de striptease?
—Y tanto que sí.
—¿Quieres venir?
—Claro que quiero, joder —gorjea, y no puedo evitar reírme.
Hay razones por las que Giovanni y yo siempre nos hemos llevado bien, y nuestro amor por las mujeres es una de ellas.
—Te enviaré las grabaciones de las cámaras de seguridad. Mira a ver si reconoces a alguien aparte de Alan. Tengo la sensación de que esto no se le ocurrió a él solo.
—De acuerdo, jefe. Mándamelas.
Cuelgo y le envío las grabaciones. Termino la copa antes de que vuelva a llamarme.
—Jimmy Sidekick —dice cuando contesto.
Gimo. Jimmy Sidekick es un tipo de la zona que ha hecho trabajos tanto para mi familia como para los Gallo. Juega a dos bandas y tiene una grave adicción al juego. Por supuesto que es él quien planeó esto. Siempre debe dinero a los mayores usureros de la ciudad.
—Ven a recogerme. Dejé el coche en el ático.
Vuelvo a colgar y salgo fuera para esperar a Giovanni. Cuando llega, me meto en su coche.
—¿Se queda aquí esta noche? —pregunta Giovanni al ver su berlina delante del garaje.
—No preguntes.
—Jefe...
—He dicho que no preguntes —espeto, y Giovanni se calla—. Sé lo que hago, Giovanni.
Sale del camino de entrada y toma la autopista.
Giovanni conduce como alma que lleva el diablo. Llegamos a Avarice y, al detenernos, le lanza las llaves al aparcacoches. Entramos y la música atruena con tanta fuerza que siento el ritmo por todo el cuerpo.
El local está lleno de mujeres hermosas y medio desnudas, pero tengo la vista clavada en un único objetivo y enseguida diviso el cabezón de Alan en la sala vip.
Le doy un codazo a Giovanni y nos dirigimos allí. Las chicas me ven y supongo que algo en mi expresión las asusta, porque salen de la sala a toda prisa.
—Hola, Jimmy —digo con indiferencia mientras saco la pistola y le apunto. Giovanni abre mucho los ojos, pero también saca la suya; siempre me cubre las espaldas.
—D-Dario... Señor Conte. ¿Qué hace aquí?
—He venido buscando a tu amigo Alan.
Alan se levanta; aún tiene la nariz hinchada.
—Este es el tipo del que te hablaba, Jimmy. Nos pegó a Brock y a mí...
—Cierra la puta boca, Alan —sisea Jimmy.
—Parece que Alan no investigó bien antes de solicitar el puesto de guardia de seguridad.
Yo no me encargo personalmente de las entrevistas, por supuesto, pero la gente suele saber que el ático pertenece a la familia Conte, que está prohibido tocarlo. Supongo que Alan no se enteró y Jimmy Sidekick se aprovechó de ello.
—¿Quién es? —pregunta Alan con impertinencia—. ¿Solo un ricachón?
—¡Es un jefe de la mafia, Alan, idiota! —grita Jimmy, y Alan palidece aún más.
—Yo... No sabía... —empieza a decir.
—Le pegaste —digo en voz baja mientras apunto a Alan con la pistola—. ¿Fuiste tú quien le pegó?
—Me arañó todo el brazo... —empieza, pero no me interesa oír ninguna de sus excusas. Le pego un tiro en la cabeza; el silenciador amortigua el disparo.
Jimmy grita, pero la música está tan alta que no creo que nadie lo oiga.
El amigo de Alan, al que había derribado contra el suelo, saca su arma, pero le disparo en la garganta antes de que pueda usarla. La deja caer y se lleva la mano a la herida. La sangre sale a chorros entre sus dedos.
Giovanni suelta una maldición y dispara a Jimmy en el pecho. Jimmy jadea y trata de respirar entre estertores mientras la sala queda en silencio, porque la música se apaga de repente.
—Ahora aparecerá la puta policía —dice Giovanni con irritación, pero me da igual. Vuelvo a guardarme la pistola en los pantalones.
—Vámonos antes de que lleguen.
Giovanni y yo salimos a hurtadillas por la puerta trasera. Giovanni le grita al aparcacoches que traiga su coche y ellos corren a buscarlo mientras las sirenas rompen el silencio del exterior.
Está a punto de amanecer cuando Giovanni me lleva de vuelta al ático y a mi coche, y está furioso conmigo.
—No puedes matar a gente en público de esa manera, Dario. Lo sabes de sobra. Deja que sea yo quien se ocupe de estas mierdas.
—Había que hacerlo —digo con frialdad.
—Todo esto es porque era ella, ¿verdad?
—¿De qué estás hablando? —Se me tensan los hombros.
—Ha sido porque le hicieron daño. Dios, Dario, ¿alguna vez vas a superarla?
—Ya la he superado —insisto—. Pero no tienen ningún derecho a robar y pegar a mujeres. Va contra el código. ¿O es que lo has olvidado?
Giovanni suelta un largo suspiro.
—Claro que no lo he olvidado. Pero hay una forma correcta de hacer las cosas y otra incorrecta.
—El don soy yo, no tú.
Giovanni aprieta los labios hasta formar una línea dura.
—Lo siento, jefe.
Pronuncia las palabras entre dientes, pero sé que tiene razón. He perdido la cabeza. Debería haber planeado cómo matar a Alan, Jimmy y al otro tipo; no debería haber estallado así.
—La próxima vez te mantendré informado —prometo. Es lo más parecido a una disculpa que soy capaz de ofrecer.
Giovanni se relaja un poco.
—De acuerdo. Descansa un poco, jefe.
Asiento, aunque dudo que pueda dormir después de todo lo ocurrido esta noche.
La luz del amanecer entra por las ventanas cuando consigo subir, y, al pisar el pasillo, percibo el sonido de unos sollozos ahogados.
Bajo la mirada y veo allí al hijo pequeño de Liana, que retrocede al verme.
—No pasa nada —digo con voz baja y suave mientras me acerco despacio. Me agacho para ponerme a su altura y lo miro a los ojos: grises, igual que los de ella.
—Ha pasado algo —dice con la voz quebrada—. Le hicieron daño a mi mamá y yo...
—¿Viste cómo le hacían daño a tu mamá?
—A lo mejor lo soñé —murmura, con el pulgar cerca de la boca, como si quisiera chupárselo. Debe de ser una costumbre que ha dejado hace poco.
—Yo he curado a tu mamá —le aseguro.
Alza la vista hacia mí con curiosidad y recelo.
—¿Quieres verla? ¿Asegurarte de que está bien?
Asiente.
—Me desperté y no sabía dónde estaba.
—¿Puedo cogerte en brazos? —pregunto mientras me acerco, y él alza la vista hacia mí con desconfianza.
—Mamá dice que no hable con desconocidos.
—No soy un desconocido —le aseguro—. Me llamo Dario y soy un viejo amigo de tu madre.
—¿Lo eres?
—Te lo juro por mi vida.
Me examina lentamente de arriba abajo, con esos ojos grises recelosos tan parecidos a los de ella que me duele el corazón. Después levanta despacio los brazos.
Lo cojo en brazos y lo llevo hacia la habitación de su madre. Abro la puerta, que deja escapar un chirrido, y él asoma la cabeza.
—Está durmiendo —dice con algo parecido a la esperanza en la voz—. Últimamente, mamá no duerme mucho. Tampoco come mucho.
Aprieto los dientes.
—Voy a asegurarme de que los dos durmáis y comáis bien. Y de que nadie vuelva a haceros daño ni a ella ni a ti. ¿De acuerdo, hombrecito?
—¿Lo prometes? —pregunta, arrastrando un poco las eses al final de las palabras, y le sonrío mientras el corazón me da un vuelco en el pecho.
—Lo prometo.
Lo dejo despacio en el suelo y él corre hacia la cama, se sube y se acurruca bajo el brazo de ella.
Liana se despierta con un resoplido, apenas unos instantes, el tiempo justo para rodearlo con los brazos y estrecharlo contra sí.
Sonny hunde la cara en su pecho y, al cabo de unos momentos, ya está roncando.
Los observo durante largo rato, más de lo que debería.
Quienquiera que sea el padre de Sonny debería arder en el infierno por haberlos abandonado.
No tenía ni idea de la suerte que tenía.