5. Liana
LIANA
Cierro la puerta de inmediato, por si acaso Sonny nos oye.
—¿Qué coño te pasa? —siseo. Él se limita a mirarme como si la loca fuera yo.
—Deberíamos casarnos —repite, y está claro que ha perdido la puta cabeza.
—Estás loco —digo, negando con la cabeza, incrédula—. No voy a casarme contigo.
—¿Porque estoy loco? —pregunta con una sonrisa burlona.
—¡No! Porque nosotros no... No somos... —Dejo la frase en el aire. No quiero insultarlo abiertamente porque esta noche ha hecho mucho por mí, pero esto es ridículo. No puede hablar en serio.
—Vale, vale, no dejes que te explote la cabeza. Limítate a escucharme. A mí me servirá para conseguir una desgravación fiscal y tú no tendrás que vivir en el coche.
—¿Tú presentas la declaración de la renta? —pregunto, incrédula.
—El dinero hay que blanquearlo de alguna manera. Tengo varios negocios legítimos declarados, ¿sabes?
Supongo que, cuando ganas tanto dinero como Dario, tienes que meterlo en alguna parte, pero aun así...
—¿Y crees que voy a volver contigo sin más? ¿Después de lo que hiciste?
—¿Y qué hice exactamente? —pregunta, dirigiéndome una mirada glacial.
Aparto la vista y trago saliva con dificultad.
—Da igual. Lo importante es que ya lo intentamos una vez. No funcionó.
—Estoy de acuerdo contigo.
Levanto la mirada hacia él, atónita.
—Entonces, ¿por qué quieres casarte conmigo?
—«Querer» es una palabra demasiado fuerte. Quiero ayudarte. Y quiero ayudarme a mí mismo. Así matamos dos pájaros de un tiro.
Me quedo callada. Dario tiene razón: ser la esposa de un don resolvería muchos de mis problemas. Y, si dice la verdad sobre sus negocios legítimos, económicamente también le beneficiaría a él. Una cosa por la otra.
¿De verdad tengo elección?
—Entonces, si nos casáramos, ¿estaríamos en paz?
—En paz y sin deudas.
Sigue mirándome fijamente, sin apartar los ojos de mi rostro.
—Necesito que me dé el aire —digo de repente. Salgo de la habitación y bajo las escaleras a toda prisa hasta el coche para sacar una bolsa con ropa para Sonny y para mí. Estoy intentando arrastrarla al interior cuando la mano de Dario se cierra sobre la mía.
—Sigues conmocionada. Deja que lo haga yo.
Ahora que lo menciona, sí tengo un dolor de cabeza martilleante y todavía me siento un poco mareada.
—Deberías tumbarte.
—¿Tumbarme? ¿Después de esto? ¿Después de pedirme que me case contigo? —Mi voz se vuelve casi histérica, pero Dario no parece darse cuenta. Coge las bolsas de basura llenas de ropa y las sube, y me instala en una habitación distinta de la de Sonny, justo al lado.
—Ya te he dicho que dormiré con...
—No lo harás. Necesitas descansar y los dos estamos lo bastante cerca para oírlo si se despierta.
—No estoy...
—Sígueme la corriente, ¿vale?
Cierro la boca y asiento.
Porque, a fin de cuentas, tiene razón. Descansaré mejor si no estoy preocupada por que Sonny se caiga de la cama. Además, parece cómodo, arropado con mantas en medio de la enorme cama de invitados.
Suspiro y revuelvo mis bolsas hasta encontrar unos pantalones de chándal raídos y una camiseta de la universidad local.
Dario se pone rígido.
—¿De quién es esa ropa? No es ropa de mujer.
Parpadeo y levanto la vista hacia él.
—Ni idea. Seguramente de algún antiguo novio de la universidad.
Al fin y al cabo, fui a la universidad: tres semestres enteros antes de darme cuenta de que no podía con aquello, de que no podía estar tan lejos de mi padre.
Había soñado a lo grande con ser periodista, pero al final volví a casa con una nota media de 2,3 y el rabo entre las piernas.
Sin embargo, papá no me dijo «te lo advertí»; se limitó a abrazarme y ofrecerme un Bloody Mary.
Me duele el pecho. Dios, cuánto lo echo de menos.
Lloro la pérdida de mi padre de la única manera en que puede hacerlo la hija de un mafioso: sobreviviendo mientras guardo el duelo.
—Esa ropa está llena de agujeros —protesta Dario, con la mandíbula tan tensa que parece hablar entre dientes.
—No veo que tú me ofrezcas nada —murmuro. Desaparece y exhalo un largo suspiro, pensando que por fin va a dejarme a solas para asimilar todo esto.
Sin embargo, vuelve enseguida con unos pantalones de chándal doblados y una camiseta. No tengo valor para decirle que, siendo tan alto como es, me quedarán enormes. Además, discutiría de todos modos. Siempre ha sido posesivo.
No es que eso importe ya.
Pero, para no tener que pelearme con él, entro en el baño conectado a mi habitación y me pongo su ropa. Dios, huele a él, a jabón y sándalo y a todos mis sueños más antiguos.
Sueños olvidados.
Hasta ahora.
Al salir del baño, levanto la vista hacia él. Su expresión se transforma en algo parecido al asombro, pero sus facciones se vuelven inescrutables en cuanto lo miro.
Aparta la mirada.
—Siempre te ha quedado bien mi ropa.
Vuelvo a tragar saliva con dificultad, como si tuviera un nudo en la garganta que apenas me dejara hablar.
—Gracias. Por... por todo, Dario.
—Entonces, ¿está decidido? ¿Nos casamos? —No hay exactamente esperanza en su voz. Más bien... resignación.
—No. Claro que no. Como ya he dicho, es una locura. Sobre todo teniendo en cuenta quién eres.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Tienes un ático entero dedicado a los ligues de una noche, Dario.
—Bueno, no es que eso tuviera que cambiar.
Entrecierro los ojos y levanto la vista hacia él.
—¿Qué?
Se encoge de hombros.
—Podría seguir con mi vida. Solo estaríamos casados sobre el papel.
El aire escapa de golpe de mi garganta. Así que no quiere volver conmigo. Eso no debería dolerme, sobre todo porque yo no tenía ninguna intención de aceptarlo de nuevo, pero me duele.
—Entonces, ¿qué? ¿Solo sería un matrimonio de conveniencia?
—Exacto. Yo sería libre de hacer lo que quisiera.
Emito un murmullo pensativo.
—Y yo también.
Parpadea, pero después se encoge de hombros, como si quisiera quitarle importancia.
—Por supuesto.
—Claro. Una cosa por la otra —digo en voz baja, como si por dentro no estuviera echando humo. Ya he superado lo de Dario. De verdad. Pero, si tengo que verlo con otras mujeres...—. Pero no traerás mujeres a casa.
—Claro que no. Como ya he dicho, para eso está el ático.
Ya. El ático al que me llevó a mí. Eso demuestra que nunca fui para él más que un simple ligue.
Los celos se apoderan de mí al pensarlo, pero los reprimo.
—Supongo que yo también tendré mis citas fuera de casa.
Aprieta los dientes y yo contengo una sonrisa, consciente de que he conseguido provocarlo.
—¿Y qué pasa con Sonny?
—Seguro que me ayudarás a buscar a alguien que lo cuide. ¿Verdad?
—Por supuesto —responde, todavía con la voz tensa.
—Deberías hacer algunas llamadas —le advierto—. Puede que tenga una cita muy pronto.
—Claro.
Me meto en la cama, agotada, aunque sigo conteniendo una sonrisa. Lo que Dario no sabe es que no he salido con nadie desde que descubrí que estaba embarazada de Sonny. He vivido en completo celibato, únicamente porque he estado totalmente centrada en él.
Pero Dario no lo sabe y, además, puede que eso cambie pronto. Si alguna vez ha habido un momento para volver al ruedo, es este.
Tal vez encuentre a otra persona y haga nuevos planes para mi vida. Que consiga anular mi matrimonio con Dario. Tal vez encuentre a alguien que no me sea infiel como lo fue él.
Una chica puede soñar, ¿no?
Dario se acerca a la puerta.
—¿Dario?
—¿Sí?
—Apaga la luz, ¿quieres?
Asiente y acciona el interruptor, aunque vacila un instante antes de cerrar la puerta.
Me tumbo en la cama y cojo el móvil. Empiezo a crear un perfil en una aplicación de citas con unas fotos que me hice hace poco cuando salí con mis amigas.
Puede que no llegue a ninguna parte, claro, y lo hago solo por despecho, pero, si Dario puede seguir con su vida, yo también puedo hacerlo, joder.
Y ya va siendo hora de que empiece a vivirla.
Cuando me despierto a la mañana siguiente, tengo más de cincuenta mensajes y una sonrisa taimada se dibuja en mi rostro.