4. Dario
DARIO
Miro fijamente a Liana, con el corazón desbocado mientras la rabia me recorre el cuerpo. No puedo creer que eligiera a semejante desgraciado como padre de su hijo.
No puedo creer que eligiera a otro, fuera quien fuese. No después de lo que tuvimos.
Pero quizá me haya estado engañando todo este tiempo. Quizá ella nunca sintió lo mismo que yo. No pudo sentirlo. Recuerdo la noche en que me dejó.
Habíamos pasado días en mi ático, haciendo el amor y hablando durante toda la noche, casi sin comer, casi sin dormir, aislados juntos en nuestra propia burbuja. Yo no quería salir de allí nunca.
Pero, de repente, Liana dejó de llamarme. Dejó de responder a mis mensajes. Dejó de pasarse por mi casa después de ir al gimnasio por las mañanas.
Estaba preocupado. ¿Y si le había ocurrido algo? ¿Y si alguien la había convertido en un objetivo por culpa de su padre? O, peor aún, ¿por mi culpa?
Así que fui a casa de su padre y su madrastra abrió la puerta.
Parpadeó al verme, con la sorpresa reflejada en el rostro.
Me aclaré la garganta, con las palmas sudorosas como un puto adolescente y el corazón desbocado. Estaba nervioso. Nunca había conocido al padre de Liana y, aunque sabía que ella mantenía una relación complicada con él, también sabía que era importante para ella.
Y ella era importante para mí.
—He venido a ver a Liana.
Me miró de arriba abajo, esbozó una leve sonrisa burlona y luego se volvió para llamar a gritos a Liana.
Liana bajó las escaleras con un pijama estampado con gatos de dibujos animados, y yo sonreí.
La sonrisa se me borró al verle la cara. Tenía los ojos grises enrojecidos y la piel pálida.
—No creo que debamos seguir con esto —dijo en voz baja, sin mirarme.
Las palabras murieron en mi garganta.
—¿Qué quieres decir? ¿Por qué?
Negó con la cabeza. —Yo solo... No puedo. No puedo vivir así, como vivió mi madre...
Dejó la frase en el aire y yo no tenía ni puta idea de qué estaba hablando. Lo único que sabía era que quería arreglarlo, quería conseguir que sus ojos grises volvieran a brillar, que volviera a mirarme.
Le cogí la barbilla con una mano y la obligué a mirarme.
—¿De qué coño estás hablando, Li?
—No me llames así —dijo con voz inexpresiva—. Ahora no. No después de lo que vi.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué viste?
El pánico me subió por la garganta. Nunca le había sido infiel. Desde el momento en que nos conocimos, ella era lo único en lo que podía pensar. Quería decírselo, pero era como si tuviera una piedra alojada en la garganta que me impidiera hablar.
—Adiós, Dario.
Me cerró la puerta en las narices y yo la aporreé una y otra vez hasta que los hombres de seguridad de su padre me sacaron de allí a rastras.
Sacudo la cabeza, tratando de librarme de aquel doloroso recuerdo. Aquel había sido casi el peor día de mi vida, y todo porque ella no había sido capaz de confiar en mí.
Aspiro bruscamente cuando Liana se frota las rodillas y hace una mueca de dolor.
Frunzo el ceño mientras la observo. —Quítate los pantalones.
—¿Q-qué? —tartamudea, con los ojos grises muy abiertos.
Salgo un momento de la habitación para coger un botiquín. —Debes de haber caído de rodillas. Deja que les eche un vistazo.
—No voy a quitarme los pantalones.
Pongo los ojos en blanco. —Li, no hay nada que no haya visto ya.
Se muerde el labio, pero luego se pone en pie haciendo otra mueca y se baja los pantalones y las mallas térmicas hasta que quedan amontonados a sus pies. Debajo lleva unas bragas blancas de algodón.
Hago todo lo posible por no recorrer con la mirada la curva generosa de sus muslos ni la de su culo cuando vuelve a sentarse, dejando la ropa alrededor de los tobillos.
Tal como sospechaba, tiene las rodillas raspadas, casi en carne viva en algunas zonas.
—Esto te va a escocer —le advierto antes de verter alcohol sobre las heridas.
Suelta un chillido y se tapa la boca con una mano. No hace falta. Sonny parece capaz de dormir durante una estampida y no hay vecinos en varios kilómetros a la redonda.
Le toco la parte exterior de la rodilla, en una de las zonas ilesas, y ella inspira profundamente. Aprieto los dientes cuando la excitación me atraviesa con solo verla medio desnuda, con apenas rozarla.
Lo odio. La odio a ella. Me odio a mí mismo por seguir deseándola.
Supongo que siempre lo haré.
Le aplico pomada despacio sobre las heridas, tomándome mi tiempo y tocándola lo menos posible. Da igual. La deseo de todos modos.
Al cabo de unos instantes aparta la mano de la boca y suspira aliviada cuando la pomada analgésica empieza a hacer efecto.
—Joder, qué alivio. Gracias.
Respondo con un gruñido y le vendo las peores heridas lo mejor que puedo, teniendo en cuenta que están en una articulación. Le subo los pantalones y ella alza las caderas, permitiéndome colocárselos del todo. Mis dedos le rozan la cintura y la polla me da un respingo dentro de los pantalones.
Para.
Esta es Liana Rossi. La mujer que te arruinó la puta vida.
Me incorporo, sin mirarla.
Tras sacar del microondas las sobras de comida china, le entrego la caja y un tenedor.
Al olerla, emite un leve sonido desde el fondo de la garganta, casi un gemido, y la polla vuelve a darme un respingo.
Dios.
Mi mente va a toda velocidad, intentando decidir qué hacer. La odio, pero no puedo dejar a una mujer y a un niño a la intemperie y muertos de frío. Pero, por otro lado, ¿y si la dejo entrar y vuelve a abandonarme?
Se me cierra la garganta con solo pensarlo. No creo que pueda volver a pasar por eso.
¿Cómo consigo que se quede aquí? ¿Cómo evito que se marche?
Me doy cuenta de que es una estupidez. Patético.
Pero no puedo evitar querer tenerla cerca. Al menos hasta que encuentre la forma de olvidarla, de dejar todo esto atrás.
Come con voracidad y yo me limito a observarla de pie, apoyado contra la encimera.
—Os quedaréis aquí. Tú y Sonny —digo cuando termina; ya parece menos pálida y demacrada.
Asiente. —Te lo agradezco de verdad, Dario.
Me limito a asentir. —Te enseñaré un poco la casa.
—No hace falta que te molestes...
—Nadie tiene una casa como esta si no quiere presumir de ella —le aseguro, y ella sonríe un poco, haciendo que el corazón me dé un vuelco en el pecho.
Se pone en pie y yo salgo de la cocina para conducirla hasta la puerta trasera. Salgo al patio que se extiende sobre la piscina de estilo gruta.
—La casita de la piscina está por allí. No sé si a Sonny le gusta nadar...
—Seguro que no estaremos aquí el tiempo suficiente para eso —se apresura a decir, interrumpiéndome.
Cierro la boca de golpe. Ya está planeando marcharse. Por supuesto que sí, joder.
—¿Tienes otro sitio adonde ir? Creía que habías dicho que el padre de Sonny no formaba parte de su vida.
—No forma parte de ella —insiste—. Y llamarlo no es una opción, así que... déjalo ya, ¿quieres?
No respondo; me limito a suspirar y me doy la vuelta para cruzar de nuevo la cocina y entrar en el vestíbulo.
—Mi padre instaló esas lámparas de araña de cristal —digo con orgullo—. Todas y cada una.
—Son preciosas. ¿Son antigüedades?
—Del siglo XVI.
Abre la boca de par en par. —Una sola debe de costar una fortuna.
Emito un murmullo afirmativo. —Mis padres no repararon en gastos.
Le enseño la sala de ocio, que cuenta con un par de máquinas recreativas de pinball y la consola más reciente.
—¿Juegas a videojuegos?
—Todo hombre necesita una afición.
Alza la mirada hacia mí con una leve sonrisa. —¿Ya jugabas cuando... bueno, cuando nos conocíamos?
—Un poco. —No le digo que ahora juego tanto para distraerme y no pensar en ella. Para no echarla de menos.
Y ahora está aquí. Está aquí con el hijo que ha tenido con otro hombre y lo único que quiero es que se quede.
Supongo que me gusta hacerme sufrir.
Sobre todo porque solo se me ocurre una forma de controlar esta situación.
La acompaño escaleras arriba, despacio por sus rodillas, mientras ella se sujeta a la barandilla.
Me desvío hacia el baño del pasillo y rebusco en el botiquín hasta encontrar unos analgésicos sin receta.
Lleno de agua un vaso de plástico y se lo entrego junto con las pastillas.
—Tómatelas.
Se las toma sin protestar, para mi sorpresa. Debe de dolerle mucho de verdad.
—Puedes elegir para dormir la habitación que quieras.
Niega con la cabeza. —Dormiré con Sonny. No quiero causarte molestias.
Resoplo. —Soy un hombre soltero que vive en una casa de veinte dormitorios. No me causas ninguna molestia.
—Aun así. Se asusta cuando está en sitios nuevos.
Alza la mirada hacia mí y doy un paso en su dirección. No retrocede; se limita a mirarme con esos ojos grises inescrutables.
Me inclino un poco, tan cerca que podría atrapar su boca con la mía, empujarla contra la pared y hacer que me rodeara la cintura con las piernas.
Apuesto a que ya estaría mojada, como siempre lo estaba antes. Una oleada de placer me recorre la columna y lucho por impedir que se me ponga dura.
Aunque quiera tenerla cerca, no voy a permitir que vuelva a arrastrarme a su órbita. Nunca más.
Pero tampoco puedo dejar que se ahogue. No cuando tiene un hijo que mantener.
Siempre había creído que era imposible odiarlo más de lo que ya lo odiaba —al hombre por el que me dejó, al hombre con el que tuvo un hijo—, pero ahora quiero enterrarlo bajo tierra.
¿Qué clase de hombre abandona a su hijo?
—Dario... ¿qué estás haciendo?
Vuelvo en mí y parpadeo. Alargo la mano para colocarle un rizo castaño detrás de la oreja.
—Me gustas más de morena. ¿Este es tu color natural?
Traga saliva de forma perceptible y se toca uno de los rizos. —Sí. Me cansé de decolorármelo y estropeármelo.
—Te favorece —murmuro, obligándome a alejarme de ella—. Sonny está en esta habitación, justo al lado de la mía.
Señalo con la cabeza el dormitorio principal. Ella le echa un vistazo, pero luego vuelve a mirarme.
—¿Por qué sigues teniendo el ático si vives aquí? —pregunta.
Me encojo de hombros con una sonrisa maliciosa. —No siempre quiero que todas las personas con las que me acuesto sepan dónde vivo.
Ella resopla. —Así que solo llevas allí a mujeres.
—Sí.
—Hay cosas que nunca cambian —masculla.
Frunzo el ceño mientras la observo. No tiene derecho a juzgarme por acostarme con quien me dé la gana, no después de lo que hizo. Unos cinco minutos después de dejarme, se quedó embarazada de otro, así que es una hipócrita.
Pero no saco el tema.
No quiero recordar aquel día, el día en que descubrí que estaba embarazada. También fue uno de los peores días de mi vida, y tardé meses en recuperarme.
Abro la puerta del dormitorio en el que duerme Sonny y ella asoma la cabeza.
—Supongo que debería acostarme —dice—. No quiero que se despierte y descubra que no estoy.
Asiento.
—De acuerdo. Y ¿Li?
Se vuelve hacia mí, con una mano sobre el pomo.
—¿Sí?
Aspiro de forma entrecortada. Esto es una locura. Una completa insensatez. Sin embargo, tengo motivos para proponérselo y, aunque la mayoría tienen que ver con Liana, algunos no guardan ninguna relación con ella.
—Casémonos.