3. Liana
LIANA
Recobro el conocimiento y al instante empiezo a lanzar golpes. Me están atacando. Quieren mis cosas, mi coche o algo aún peor, y tengo que luchar.
Tengo que proteger a Sonny. Unas manos me agarran de las muñecas y abro la boca para gritar.
—Liana.
Una voz grave, firme y familiar ahoga el grito en mi garganta.
—¿Q-qué? ¿Cómo sabes mi nombre?
Las palabras me salen un poco arrastradas y estoy mareada. Creo que podría tener una conmoción cerebral. Entonces enfoco la vista y lo veo. Joder.
—¿Dario? ¿Qué coño haces aquí?
Me suelto de él de un tirón y retrocedo hasta quedar apoyada contra la rueda trasera. Tengo las rodillas raspadas y ensangrentadas, y me duele la cara. Alzo la mirada hacia él, confusa.
—¿Qué coño haces tú aquí? —pregunta con brusquedad mientras se incorpora después de haber estado agachado.
Abro la boca para replicar, pero entonces caigo en la cuenta de que no sé dónde está Sonny.
—¡Sonny! —grito mientras intento ponerme en pie, pero el mundo se inclina sobre su eje.
—Para. Vas a caerte y a hacerte daño otra vez. Él está bien. Milagrosamente, sigue dormido. Debe de dormir como yo.
El pánico me cierra la garganta.
—No se parece en nada a ti —escupo.
Dario ignora el comentario; sus ojos oscuros resultan inescrutables.
—Responde a mi pregunta. ¿Qué haces aquí?
Me ruborizo, avergonzada. No puedo contarle que he estado viviendo en el coche, que hacía tanto frío que temía que nos congelásemos. Que ya no puedo encender la calefacción porque casi no me queda gasolina.
Tardé unas semanas en gastar el dinero que había ahorrado y pasé varias noches en casa de mi mejor amiga, Beth, pero... sinceramente, no quería hacerlo. Aunque probablemente odie a Dario más que yo, es prima suya.
En realidad, no tuve más remedio que vivir en el coche. Gracias a Dios estaba pagado, aunque probablemente el seguro ya hubiese vencido. Estaba a nombre de mi padre.
—Estaba... de viaje. Necesitaba echar una cabezada, así que paré.
—De viaje, ¿eh? ¿Con todas tus pertenencias en el coche? —pregunta, incrédulo, acercándose a mí.
Me encojo contra el coche, temblando. Llevo ropa interior térmica y varias capas, pero aun así hace frío.
Dario exhala por la nariz y su aliento se vuelve visible.
—Me he enterado de lo de tu padre —dice en voz baja—. Lo siento.
Agacho la cabeza porque las lágrimas me escuecen detrás de los ojos y no quiero que me vea llorar.
—Ya, bueno... gracias por ayudarme, supongo.
Miro alrededor y compruebo que ninguno de los dos hombres aparece por ninguna parte.
—Has estado viviendo en el coche —me acusa.
—Ya te lo he dicho. Estaba de viaje...
—¿De viaje adónde? No tienes familia fuera del estado. Ni siquiera tienes amigos fuera del estado.
—Tú no sabes eso. Hace años que no hablamos.
—Cinco.
Parpadeo y alzo la mirada hacia él. ¿Ha llevado la cuenta? Qué raro, teniendo en cuenta que fue él quien me rompió el corazón a mí.
—Ya, bueno. Puede que ahora tenga amigos en otros estados.
—No los tienes —afirma con rotundidad, tendiéndome la mano.
La cojo a regañadientes y me pongo en pie con esfuerzo, todavía un poco mareada.
Me llevo una mano a la cabeza.
Él me toca la cara y yo hago una mueca.
—Estás herida. Probablemente tengas una conmoción cerebral. Y Dios sabe qué más. Además, hace un frío de cojones.
—Sonny lleva su ropa térmica —digo casi a la defensiva.
No había querido aparcar en la urbanización de Dario, pero era el lugar más seguro que se me ocurría para pasar la noche y todavía me sabía el código: el año de nacimiento de su madre.
Dario suspira.
—Os venís a casa conmigo. Los dos.
Tiemblo.
—Pero...
—Aquí no. Sube al asiento del acompañante.
—Escucha, me quitaré de en medio y...
—¿Quieres que tu hijo muera congelado?
Sus palabras caen sobre mí como un martillazo. Tiene razón. No tengo elección, no estando herida de esta forma, no sin dinero.
Respiro hondo.
—De acuerdo. Está bien.
Subo al asiento del acompañante y miro hacia atrás, hacia Sonny, que, en efecto, sigue profundamente dormido.
Dario siempre ha dormido como un tronco y Sonny lo ha heredado.
Yo, en cambio, tengo el sueño ligero, así que me sorprende que esos dos hombres hayan conseguido acercarse a mí sin despertarme.
Supongo que estoy agotada de tanto dormir a ratos.
No es que esta ciudad sea especialmente segura.
Dario se mete como puede en el coche y gruñe mientras echa el asiento muy atrás para hacer sitio a sus largas piernas.
Rebusco las llaves, que están en la consola, y, cuando nuestras manos se rozan y nuestras miradas se encuentran, una descarga eléctrica me recorre la columna.
Trago saliva y aparto la vista.
Dario arranca el coche y se pone en marcha. Apoyo la cabeza contra el reposacabezas y me toco la mejilla.
—Te pondremos un poco de hielo —dice en voz baja.
—No me preocupa.
—Debería preocuparte. No es seguro vivir en el coche, Liana.
—¿No crees que ya lo sé? —replico—. Mi madrastra y yo no nos llevamos precisamente bien.
—Nunca os habéis llevado bien.
Guardo silencio. Odio que me conozca. Odio que pasáramos tres meses increíbles y cargados de sexo juntos, y haberle permitido entrar en mi vida. Odio que ahora mismo sea mi única opción para mantenernos con vida a mi hijo y a mí.
Lo odio.
—Esta noche estáis a salvo. —Mira por el retrovisor—. Tú y el crío.
—Gracias —digo entre dientes.
—Ya, bueno, no quiero tener que matar a más guardias de seguridad.
Claro. Por supuesto que esto no tiene nada que ver conmigo.
Solo quiere mantener a los indeseables fuera de su aparcamiento.
Resoplo. Supongo que no es justo. No tiene por qué ayudarme; podría haberse limitado a dejarme marchar.
Recorremos el resto del trayecto en silencio, acompañados únicamente por los suaves ronquidos de mi hijo.
Cuando llegamos a su casa, no me sorprende descubrir que se parece más a una mansión que a una vivienda.
La casa de mi padre es bastante grande, con seis dormitorios, pero este lugar es tan enorme que tiene alas.
Aunque ya sabía que su familia tenía dinero y que su padre era don, mientras que el mío solo era un ejecutor.
En esta vida existen jerarquías, y Dario siempre ha estado en lo más alto. No es que yo haya llevado una vida difícil ni nada parecido. Soy consciente de que me han mimado toda la vida.
Siempre he sido la niña de papá, y ahora que él ya no está...
No sé qué soy.
Al salir del coche, me mareo al ponerme en pie. Cuando intento abrir la puerta trasera, Dario emite un sonido de angustia desde el fondo de la garganta.
—Para. Yo lo llevaré dentro. Apenas puedes mantenerte en pie.
—No, puedo hacerlo —digo con terquedad, pero él ya está cogiendo a Sonny en brazos.
El pánico vuelve a apoderarse de mí. ¿Y si se fija en su nariz, en su boca? ¿Y si lo sabe al instante?
Pero se limita a apoyar la cabeza de Sonny en su hombro. Mi hijo ni siquiera se remueve; solo le rodea el cuello con los brazos y se acurruca contra él. Me relajo un poco cuando Dario no reacciona.
Abre la puerta con una mano mientras sostiene a Sonny con la otra, y yo entro detrás de él, mirando alrededor a pesar de todo.
He estado en lugares así de lujosos para celebrar reuniones y fiestas, pero desde luego nunca me he alojado en ninguno. De los altos techos cuelgan lo que parecen ser intrincadas lámparas de araña de cristal, y la iluminación es cálida y acogedora.
Dario sube las escaleras de inmediato y empiezo a seguirlo, pero ladra mi nombre y me quedo paralizada.
—Quédate aquí abajo. Voy a llevarlo a una de las habitaciones de invitados.
Frunzo el ceño y vacilo, pero al final hago lo que me dice, sintiéndome un tanto aturdida. Tal vez se deba a la falta de sueño, al hambre, a la conmoción cerebral o al estrés. Que cada cual elija.
Había conseguido mantener alimentado a Sonny, pero esta noche hemos gastado lo último que nos quedaba, incluso para comer.
Le he comprado una quesadilla en un restaurante de comida rápida con mis últimos diez dólares.
Mi niño, tan bueno, casi me ha obligado a comerme un trozo, pero yo le he hecho comerse el resto.
Es lo único que he comido en dos días.
Al volver a marearme, me siento en el escalón inferior.
Dario baja de nuevo y, al llegar al último peldaño, me mira desde arriba con el ceño fruncido.
—¿Cómo te encuentras? Puedo llamar a un médico...
—No —respondo enseguida—. Estoy bien. Solo me he mareado un poco.
Frunce todavía más el ceño.
—¿Cuándo fue la última vez que dormiste bien? ¿Que comiste bien?
Guardo silencio, sin saber qué responder, y él suspira con fuerza.
—Sígueme —dice con sequedad, como si toda la situación lo molestara.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué me ayudas? —pregunto, negándome con obstinación a levantarme incluso cuando me tira de la mano.
Él me suelta y sus ojos oscuros escudriñan mi rostro.
—Porque no soy un monstruo, Li.
El apodo me provoca una punzada en el corazón. Es el único que ha acortado mi nombre de esa forma.
Trago saliva y me pongo en pie, apoyándome en la barandilla.
Dario me conduce hasta la cocina y yo me siento en una silla, todavía mareada.
Abre el congelador, saca una bolsa de guisantes congelados y me la aprieta con suavidad contra la cara hinchada.
Siseo por el frío y el escozor repentinos, pero él no la aparta y, al cabo de un momento, el dolor remite y se convierte en una molestia sorda.
Poco a poco, pongo mi mano sobre la suya para coger la bolsa de guisantes y su mirada vuela hacia la mía; sus pupilas se dilatan ligeramente.
¿Mi contacto le afecta tanto como a mí el suyo? ¿Todavía? ¿Después de todo este tiempo?
Pero entonces aparta la mirada y se aclara la garganta.
—Te prepararé algo de comer.
—No hace falta...
Me interrumpe.
—Ya sé que no hace falta. Pero, por suerte para ti, soy todo alegría y optimismo.
No puedo evitar esbozar una sonrisa.
Siempre conseguía hacerme reír con su sentido del humor seco.
Pasamos tres meses juntos, casi todos los días. Al principio solo fue una aventura, pero yo creía que eso había cambiado para los dos.
Hasta que lo pillé con otra.
Trago saliva, sin querer pensar en ello. Todavía me deja un vacío en el estómago.
Dario me da la espalda y rebusca en la nevera antes de sacar una caja que parece contener sobras de comida china. La mete en el microondas y el aparato pita cuando programa el tiempo.
Mientras la comida se calienta, se vuelve, se apoya contra la encimera y cruza los brazos sobre el pecho.
—Lo que me gustaría saber es por qué no está ayudándote el padre de tu hijo —dice en un tono bajo, casi peligroso.
Se me corta la respiración.
—No estamos... no estamos en contacto.
Dario resopla con desdén.
—Por supuesto que no. Se largó con el rabo entre las piernas, ¿verdad?
—Algo así —murmuro mientras siento que la cara me arde.
Aparto la vista con la esperanza de que pronto me deje irme a la cama. Estoy mareada y tengo náuseas, y no quiero hablar de esto.
Ni siquiera quiero hacer esto. No debería volver a depender de él. Solo conseguirá hacerme daño otra vez.
Y que me condenen si vuelvo a permitir que eso ocurra.
Aunque me haya salvado.