El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 2. Dario
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2. Dario

DARIO

Cierro los ojos con fuerza durante un instante antes de volver a abrirlos y contemplar la silueta de una mujer en mi ducha. Lleva ahí dentro cuarenta y cinco minutos y yo tengo cosas que hacer.

—Cariño, ¿te queda mucho?

No empleo ese apelativo cariñoso porque ella signifique algo para mí. De hecho, no consigo recordar cómo se llama. No estaba borracho cuando me la llevé, pero sí había bebido unas copas y, aunque lo más probable es que me dijera su nombre, ahora mismo no tengo ni puta idea de cuál es.

—¡Casi he terminado! —responde a gritos.

Pongo los ojos en blanco y apoyo un hombro en la jamba de la puerta abierta.

—Tengo que ir a trabajar dentro de poco —le digo en voz alta, esperando que capte la indirecta.

—Oh. Pensaba que desayunaríamos juntos. Podría cocinar para ti.

—No tengo nada de comida.

Y es verdad, eso no es mentira. Como fuera o pido a domicilio. Es más o menos como siempre hemos hecho las cosas en mi familia.

Sofoco de inmediato la punzada que me atraviesa el pecho al pensar en mis padres. Murieron hace dos años en un accidente y no hay nadie a quien culpar. A nadie salvo al otro conductor, supongo.

Respiro hondo mientras ella parlotea sobre ir juntos al supermercado.

—Tendrá que ser en otra ocasión, cariño. Como te he dicho, tengo que trabajar.

Sale de la ducha y el vapor se disipa lo suficiente para permitirme contemplar bien su cuerpo. Está un poco delgada, tiene los pechos demasiado pequeños y las caderas demasiado estrechas, pero, aun así, posee una buena figura. Una leve chispa de interés hace que la polla me dé un respingo.

Quieto, muchacho.

He quedado con mi mejor amigo y mano derecha, Giovanni, dentro de menos de veinte minutos.

—¿Vas a matar a alguien? —pregunta, y la emoción le ilumina los ojos oscuros.

Esbozo una media sonrisa, divertido.

—Puede.

—¿Puedo mirar?

Se me escapa una risita.

—No, cariño. Es demasiado peligroso.

Ella hace un mohín.

—Ah, vale. Tienes mi número, ¿verdad?

No. Había fingido introducir sus datos de contacto en mi móvil, pero no los guardé.

Yo no repito. Jamás.

Aprendí la lección hace cinco años.

Me doy la vuelta mientras se viste para no exponerme a más tentaciones. Por fin, consigo dejarla fuera, esperando a mi chófer, mientras me acomodo en mi coche deportivo.

—¡Adiós, Dario!

—Adiós, cariño —mascullo, dedicándole una enorme sonrisa falsa mientras salgo marcha atrás.

Es tarde, casi las dos de la madrugada, pero esta es la hora a la que los mafiosos hacen su mejor trabajo.

Me dirijo al restaurante donde siempre quedamos Giovanni y yo. Al verme, se levanta del reservado del fondo y me saluda con la mano.

Hace un alarde de mirar el reloj.

—Llegas tarde. Otra vez.

—Sí, papá, perdona por no respetar el toque de queda —respondo con tono cansino, y Giovanni se ríe y niega con la cabeza.

—Estabas con una mujer, ¿eh?

Abro las manos como para defenderme y sonrío mientras me siento frente a él.

—Culpable.

Él gime y vuelve a sentarse.

—Solo tú tendrías un rollo de una noche que en realidad dura apenas unas horas.

—Unas horas divertidas —lo corrijo, dedicándole a la camarera una sonrisa que hace que se sonroje—. Solo café negro, cariño.

—Lo mismo para mí —dice Giovanni. Ella se dirige hacia la cafetera, todavía ruborizada pero sonriente—. Deja de coquetear con la camarera.

—Oblígame.

Giovanni pone los ojos en blanco.

—¿Te has librado de ella o te ha seguido como la última chica?

Hago una mueca. La última chica había sido... absorbente, por decirlo suavemente.

—Me he librado de ella. No volverá a pasar, tranquilo.

—Más te vale. No necesitamos acabar metidos en una situación de Atracción fatal —bromea, y yo suelto una carcajada.

—Hablando de cosas fatales... —murmuro, inclinándome sobre la mesa mientras la camarera nos trae el café y toma nota de nuestros pedidos: patatas salteadas para Giovanni y nachos con filete para mí—. ¿Qué se sabe del nuevo cargamento de los cubanos?

—Todo va según lo previsto —responde con naturalidad—. Se supone que la entrega será alrededor de las dos, así que iremos para allá en cuanto terminemos aquí.

—¿Ningún problema con Enrique?

Giovanni arquea una ceja.

—¿Va a haber problemas con Enrique?

Me encojo de hombros.

—No por mi parte.

Enrique Vasquez, un narcotraficante cubano y un hombre muy peligroso, nos suministra coca, caballo, cualquier cosa que queramos. Sin embargo, este cargamento es enorme y el primero desde que asumí el control del imperio. El primero desde que murieron mis padres.

—Está acostumbrado a tratar con tu padre. ¿Crees que...? —Deja la pregunta en el aire.

—¿Que si creo que intentará matarme? —Vuelvo a encogerme de hombros—. Puede.

La camarera deja nuestras tazas sobre la mesa, las llena con una jarra y me observa durante unos largos segundos antes de volver hacia la caja.

Aquí no hay ni un alma; solo estamos Giovanni, yo y los empleados.

Si no estuviéramos celebrando una reunión de negocios, quizá habría intentado ligar con ella de verdad.

En mi lista siempre queda hueco para unas cuantas horas más de diversión.

Giovanni da un sorbo al café y arquea una ceja oscura.

—Desde luego, te estás tomando con mucha calma tu posible muerte.

—No he dicho que vaya a matarme, sino que quizá lo intente. Sabemos defendernos.

Él asiente, deja el café sobre la mesa y consulta el reloj.

—Muy bien, será mejor que nos pongamos en marcha. No queremos hacer esperar a Enrique.

Asiento, dejo un billete de cien dólares sobre la mesa y me pongo en pie cuando la camarera se acerca a recoger la propina.

Sus bonitos ojos verdes se abren de par en par al ver el dinero.

—Señor... —empieza a decir, pero hago un gesto con la mano y le guiño un ojo. Ella se ruboriza y aparta la mirada.

Giovanni resopla mientras salimos.

—Tú eres de otro mundo.

—Sí, sí. ¿En qué coche vamos?

Al final cogemos el suyo porque el mío llama bastante la atención. Él conduce una sencilla berlina negra de lujo.

Llegamos al almacén en menos de diez minutos y aparcamos detrás, en lugar de hacerlo a un par de manzanas como de costumbre. Queremos poder largarnos rápido si las cosas se tuercen.

Enrique está en la parte trasera del edificio, rodeado de cajas de droga. Entorna sus ojos oscuros cuando nos acercamos.

—Tú debes de ser Dario.

—El único e inigualable —respondo con tono cansino y una sonrisa. Me acerco y le estrecho la mano. Tiene un apretón firme, lo que hace que me sienta un poco menos tenso. Llevamos un año comunicándonos por teléfono, pero hasta ahora no habíamos conseguido organizar ningún cargamento.

Me tomé un año sabático después de que mataran a mis padres para concederme tiempo para llorar su pérdida, y me alegro de haberlo hecho. Regresé con la cabeza despejada.

—Me enteré de lo de tus padres —dice en voz baja—. Siento tu pérdida.

Asiento.

—Gracias.

—Tu viejo era un buen hombre —continúa—. Espero que mantengas vivo su legado.

—Ese es el plan.

Asiente y por fin parece relajarse, con lo que mi corazón deja de latir desbocado.

—Tu padre nunca ponía a prueba mi mercancía, pero puedes hacerlo si quieres.

Niego con la cabeza.

—Cuando trabajo con proveedores nuevos, traigo a alguien para que la pruebe, pero yo no lo hago.

Enrique esboza una leve sonrisa.

—Eres un hombre inteligente. Te pareces más a tu padre de lo que creía.

Físicamente me parezco mucho a mi madre; tengo sus ojos oscuros y su pelo, pero he heredado la constitución de mi padre: alto y desgarbado. Mido uno noventa.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Deberías.

Enrique me conduce hasta el cargamento y abre cada caja para mostrarme que dentro hay polvo. Asiento, bastante satisfecho. Mi padre confiaba en Enrique, así que yo también confío en él.

De momento.

En este estilo de vida, las cosas cambian de la noche a la mañana. Por eso Giovanni espera en el coche por si necesito huir a toda prisa.

—Me gustaría que esto se convirtiera en algo habitual —le comento a Enrique como si nada, y su sonrisa se ensancha.

—A mí también, amigo. Soy un hombre con dos amores: las mujeres y el dinero.

Sonrío.

—Resulta que tenemos mucho en común.

Enrique se ríe, vuelve a estrecharme la mano y, tras soltar un silbido, chasquea los dedos.

Contemplo atónito cómo cinco hombres aparecen desde el interior del almacén. No había reparado en ellos, ni en uno solo, y resulta bastante aterrador porque siempre estoy alerta.

—Todo va bien —les dice, y ellos salen del almacén en fila, como los soldados que son. Enrique ve que me he quedado boquiabierto, se encoge de hombros y esboza una leve sonrisa—. Hay que andarse con cuidado en este negocio, amigo.

—Sí —respondo, todavía conmocionado—. Hasta la próxima.

Enrique se despide con un saludo militar desganado y sale por delante. Yo me encamino hacia la puerta trasera.

Cuando me acomodo en el asiento del copiloto del coche de Giovanni, veo que está pálido como un muerto.

—Han salido cinco tíos de ahí, don.

—Lo sé —digo con una risita—. Podría habernos pillado completamente desprevenidos.

—Pero ¿ha ido bien?

—Ha ido bien —le aseguro—. Aunque creo que debemos procurar que Enrique Vasquez siga de nuestro lado.

—Joder, desde luego —dice Giovanni, soltando un largo suspiro.

Giovanni me lleva de vuelta al restaurante y nos despedimos. Lo saludo con la mano mientras subo al coche y me dirijo de regreso a mi apartamento. La mansión parece muy vacía ahora que mis padres no están, y no he tocado nada desde que murieron.

La barrera no funciona bien, y frunzo el ceño. Alguien ha roto el brazo de la barrera, atravesándolo de lleno. Por lo general hay un guardia de seguridad apostado aquí, pero ahora no hay nadie.

Algo está pasando. Avanzo despacio hacia el garaje y aparco, pero me meto la pistola en la parte trasera de los pantalones después de asegurarme de quitarle el seguro.

Oigo voces procedentes de la izquierda y me vuelvo para ver a dos hombres junto a una berlina de lujo muy parecida a la de Giovanni.

—¡Hay un puto niño dentro, Reese! No podemos robar este coche.

—Pues échalo.

—Vale, pero más le vale no morderme ni hacer ninguna gilipollez.

—Está dormido. Será fácil.

Rodeo el edificio a hurtadillas mientras saco la pistola.

Al acercarme, veo el cuerpo de una mujer desplomado en el suelo, con el pelo oscuro extendido sobre el pavimento.

La ira me invade. No es que yo sea un santo.

He hecho cosas que destrozarían a cualquier otro hombre, pero no hago daño a mujeres ni a niños, y tampoco tolero esa conducta.

—Podríamos llevarnos a la chica —dice uno de los hombres—. Divertirnos un poco...

Antes de que pueda terminar la frase, me abalanzo sobre él y lo derribo.

—¡Eh! ¿Qué coño...? —exclama el otro hombre, un rubio, antes de que su compañero caiga al suelo. El rubio levanta la vista y me descubre apuntándole a la cabeza con la pistola—. Eh, tío, no queremos problemas.

Cuando me acerco, lo reconozco: es el nuevo guardia de seguridad.

—Hijo de puta —siseo, apretando el cañón con silenciador contra su frente.

Él gimotea.

—No me mates. Hay cámaras.

Le dedico una sonrisa lenta y perversa.

—¿Ah, sí? Ya lo sé. Ordené que las instalaran. Soy el dueño de este complejo. Y está claro que tengo que revisar mis políticas de contratación.

Lo golpeo con la culata de la pistola antes de que pueda volver a respirar y cae como un saco de patatas.

La sangre que le mana de la nariz me salpica la cara. Dejo escapar un sonido de asco y me la limpio. Probablemente solo consiga extenderla, pero me da igual.

Me acerco al coche y compruebo primero cómo está el niño.

Se encuentra acurrucado bajo una manta, con un pie descalzo fuera, y eso me hace sonreír.

A veces yo también duermo así, con una pierna fuera.

Parece ayudarme a mantenerme fresco. El niño sigue dormido y, cuando abro la puerta trasera, el sonido de sus suaves ronquidos hace que me invada el alivio.

El coche está lleno de bolsas de basura y cajas. Es evidente que han estado viviendo en él. Se me encoge el corazón por ellos. Pero ¿por qué iban a estar aquí? Esta es una zona rica de la ciudad. Como es tan cara, aquí solo vive la élite.

Después me acerco a la mujer y le doy la vuelta con cuidado, esperando que no esté muerta. Cuando queda boca arriba, suelta un leve gemido.

Mientras observo, los dos hombres a los que he derribado se levantan y salen huyendo. Normalmente correría tras ellos, pero siento que estoy clavado en el sitio.

Es como si alguien me hubiera vaciado un cubo de agua helada sobre la cabeza. Estoy temblando como un puto loco mientras contemplo el rostro de la mujer: amoratado en un lado, pero hermoso.

Liana Rossi.

La única mujer a la que he amado. La única mujer que me ha roto el corazón.