El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 1. Liana
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El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6)

El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6)

Por Renee Zara

© inepub.com

1. Liana

LIANA

—Lo siento, Li, pero vas a tener que buscarte otro sitio donde vivir —dice con frialdad Felicia Rossi, mi madrastra, que apenas tiene unos seis años más que yo. Se aparta de la cara el pelo rubio decolorado mientras yo la miro, atónita.

No puedo respirar. Es como si la tráquea se me hubiera estrechado hasta quedar reducida al tamaño de un alfiler, y emito un silbido antes de hablar.

—Papá solo lleva desaparecido... —empiezo, pero ella me corta.

—Dos semanas —espetó, mientras recoge las cosas de Sonny que hay desperdigadas por el salón y las mete en una caja.

No lo dice, pero sé a qué se refiere. En la vida de un mafioso, dos semanas desaparecido bien podrían ser veinte años. Sé que probablemente mi padre esté muerto, y estoy viviendo el duelo a mi manera.

Nuestra relación era... complicada.

Observo cómo mete a Paddington, su oso favorito, en la caja; lo agarro y se lo arranco de las manos.

—¿También vas a echar a tu nieto?

Sonny, mi pequeño, cumple seis años este año y siempre ha vivido en esta casa. No conoce otra cosa. Menos mal que ahora está en preescolar, porque toda esta situación lo alteraría muchísimo.

—Llamarlo nieto es mucho decir —resopla—. Solo lo conocí hace dos años.

—¡Sí, cuando te casaste con mi padre! —exclamo—. Yo he vivido aquí toda mi vida, y Sonny también. La recién llegada eres tú. ¿Por qué no te marchas tú?

Me mira con la boca abierta, claramente ofendida.

—Soy su esposa. ¿Esta casa? Está a mi nombre. ¿Sus cuentas bancarias? También están a mi nombre. ¿Crees que quería que los federales pudieran seguirle el rastro?

Mi padre es... era un ejecutor de la familia Gallo. Se dedicaba a ello desde joven y había amasado una fortuna a la que, no me avergüenza admitirlo, me había acostumbrado. Mi padre siempre había cuidado de mí, sobre todo después de que me quedara embarazada de Sonny...

Trago saliva cuando Felicia me encaja las cajas en los brazos, con un nudo en el estómago. ¿Adónde voy a ir? ¿Qué voy a hacer? Nunca he vivido fuera de la casa de mi padre. Respiro hondo, intentando no dejarme llevar por el pánico.

—¿De verdad vas a hacer esto? ¿Vas a echarnos a la calle?

—Estaréis bien —dice, y por sus actos queda claro que le da igual lo que nos ocurra a Sonny y a mí—. Llama al padre de Sonny.

Siento que la sangre abandona mi rostro. El padre de Sonny.

Una sonrisa pausada y unos hoyuelos que se marcan en sus mejillas y le hacen parecer diez años más joven. Más cercano a mi edad.

Sus manos, grandes, de dedos largos como los de un pianista, volviéndome loca mientras recorren mi piel.

Fui yo quien se acercó a él, quien dio comienzo a todo esto. Fue durante una cena de mafiosos, una especialmente aburrida.

Había ido con mi prima Marisa, que por aquel entonces era una fanática de los mafiosos y solo quería salir con hombres poderosos. Así que insistió en que acompañáramos a mi padre cuando fue a la reunión.

A mí me pareció aburridísimo, pero Marisa se comportaba como si fuera el lugar más maravilloso del mundo. Parecía una niña en una tienda de golosinas, y yo... bueno, yo desentonaba muchísimo.

Llevaba el pelo, decolorado de rubio por aquel entonces, alisado. Mi piel aceitunada, que delataba mis orígenes italianos, parecía un simple bronceado, porque el invierno había sido frío y yo me había quedado en casa.

Mi padre desapareció en una habitación con Viktor Gallo, y yo fui directa a la barra porque necesitaba algo de alcohol en el cuerpo.

El hombre de la sonrisa pausada y los hoyuelos estaba inclinado sobre la barra, tratando de ligar con la camarera. Debería haber seguido de largo, pero, Dios, era guapísimo. Ojos oscuros e insondables. Una sonrisa lenta, con hoyuelos y muy sexy.

Apenas tenía un toque de gris en las sienes; su rostro carecía de arrugas y su mandíbula era afilada. Estaba más cerca de la edad de mi padre que de la mía; se notaba solo por su forma de desenvolverse.

—Hola. Si ya has terminado de molestar a la camarera, me gustaría tomarme un martini —refunfuñé al acercarme con paso decidido a la barra.

La camarera me miró y se echó a reír. —¿Vodka o ginebra?

—Vodka. Y bien sucio.

Asintió y se puso manos a la obra mientras el hombre mayor volvía los ojos hacia mí.

Los suyos eran de un castaño oscuro y profundo, casi negro. Y parecían intrigados mientras contemplaba mi rostro.

—¿Y tú quién eres?

—¿Quién eres tú? —pregunté con toda intención, y él soltó una risita.

—Sabes quién soy.

Lo miré fijamente. —La verdad es que no. Mi padre trabaja para Viktor Gallo.

Frunció el ceño. —¿De verdad no lo sabes?

Negué con la cabeza. —No todo el mundo sabe quién eres, señor Ego.

Parpadeó, como sorprendido, y luego soltó una carcajada. —De acuerdo, señorita. Te seguiré el juego. ¿Cómo te llamas?

—Liana Rossi. Mi padre es⁠...

—Dante.

Asentí despacio. —Entonces, ¿conoces a Viktor?

—Por desgracia —respondió, alargando las palabras.

Me mordí el labio. No quería decir que Viktor fuera un buen hombre —no lo era—, pero se había portado bien conmigo. Y con mi padre.

—¿Es tu enemigo?

—Desde luego, no es un aliado. —Cambió de postura para volverse hacia mí. —Soy Dario Conte.

Conte. Había oído ese apellido y sabía que Dario era una figura en ascenso. El poder lo tenía su padre, pero Dario se ocupaba de buena parte del trabajo de campo.

—Encantada de conocerte —dije con educación.

—¿Quieres largarte de una vez de aquí? —preguntó, inclinándose para susurrármelo al oído.

Fruncí el ceño. —Ni siquiera me han servido todavía el martini.

Cogió el martini de la mano de la camarera y le deslizó un billete doblado de cien dólares. —Bebe.

Lo miré con curiosidad durante un instante, tratando de decidir si quería mandar la prudencia al garete. Busqué a Marisa con la mirada, pero, por supuesto, no aparecía por ninguna parte. Seguramente estaría liándose con alguien en algún armario de la ropa blanca.

Me encogí de hombros y me bebí el martini de un trago; el vodka me abrasó la garganta antes de que dejara la copa sobre la barra.

Dario sonrió y me cogió de la mano.

Llegamos hasta el ascensor antes de que él se acercara y me hiciera retroceder contra la pared.

Alcé la mirada hacia él y se me quedó el aliento atrapado en el pecho.

—¿En mi casa o en la tuya? —murmuró con voz grave, como miel derramándose sobre mi piel. Estaba tan cerca que sentía su aliento caliente en la garganta.

—En la tuya —farfullé. No llevaba hombres a casa porque vivía con mi padre. No solo habría resultado incómodo, sino que además los habría interrogado. Era un poco sobreprotector.

Dario rozó mi garganta con sus labios, increíblemente suaves, y se apartó cuando se abrieron las puertas del ascensor.

Después entrelazó sus dedos con los míos y tiró de mí hasta el aparcacoches, que trajo un potente deportivo de color rojo cereza.

Arqueé una ceja. —Discreto.

Soltó una risita. —Eres la única persona de la ciudad que no conoce mi cara, así que no vi motivos para ser discreto.

—Es precioso.

—Gracias. Lo restauré yo mismo —dijo con orgullo.

Me abrió la puerta y me deslicé sobre el suave cuero. El aliento volvió a atascarse en mi garganta cuando me abrochó el cinturón y, al hacerlo, me rozó el cuerpo con el pecho.

El deportivo parecía tener cambio manual, y había algo en verlo cambiar de marcha que hizo que una oleada de calor se enroscara en mi vientre.

Llegamos a un edificio de apartamentos y subimos en ascensor hasta el ático. Miré de reojo el dedo anular de su mano: desnudo.

Resultaba sorprendente. Por lo general, cuando los mafiosos tenían un ático como aquel, se escondían de una esposa, de una familia.

—¿No estás casado?

Me miró mientras abría la puerta con un código. —¿Te importaría si lo estuviera?

Resoplé. —A mí sí.

Dario se volvió hacia mí mientras empujaba la puerta para abrirla con uno de sus anchos hombros.

—¿Ah, sí? ¿Moralidad? No se ve mucha en esta vida.

—No soy ninguna santa —murmuré, algo avergonzada.

Soltó una risita grave desde el fondo de la garganta, y aquel sonido hizo que el bajo vientre se me contrajera de deseo.

Todo en él resultaba sexy, desde el traje hecho a medida y el reloj de oro blanco que llevaba en la muñeca izquierda hasta el timbre grave de su voz. No era el primer mafioso atractivo con el que me cruzaba, pero tenía que ser sincera conmigo misma: hacía mucho que no deseaba tanto a alguien.

—Podrías haberme engañado. Pero no, no estoy casado. Ni siquiera me lo he planteado nunca.

—¿Por qué no?

Soltó una carcajada; sus ojos castaños centellearon divertidos mientras me miraba desde arriba. Me sostuvo la cara con una mano y me acarició el pómulo con el pulgar.

—¿De verdad quieres tener esa conversación ahora mismo?

—Supongo que no. —Mi voz se redujo a un susurro cuando alcé la barbilla.

Me dedicó una media sonrisa irresistiblemente sexy que hizo aparecer un hoyuelo en su mejilla antes de inclinarse y apretar sus labios contra los míos.

Abrí la boca de inmediato y no tuve que esperar mucho para que su lengua recorriera mi labio inferior y se adentrara en ella.

Me derretí contra él y le rodeé el cuello con los brazos. Deslizó las manos hasta mis caderas y me apretó contra su cuerpo; mis pechos rebotaron contra la dureza de su torso.

Arrojó las llaves sobre la encimera, me levantó en brazos y me inmovilizó con su cuerpo contra la pared del salón.

—Oh... —jadeé cuando sus manos descendieron por mis curvas, subiéndome el vestido hasta dejarlo amontonado alrededor de las caderas.

Debajo del vestido solo llevaba un tanga beis. Era muy ajustado y dejaba poco a la imaginación. Sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en mi abundante escote.

Sus largos dedos ascendieron por mi muslo, obligándome a tomar aire de golpe.

—¿Esto es lo que querías, preciosa? ¿Que te tocaran? ¿Que te desearan?

—Sí —susurré. Cerré los ojos con fuerza cuando deslizó los dedos por mi humedad y gimió contra mi cuello al hundir allí el rostro.

—Ya estás empapada. —Introdujo dos dedos en mi interior, hasta el segundo nudillo, pero no lo bastante profundo.

Moví las caderas en busca de más fricción y solté un gemido lastimero, pero él se limitó a reírse de nuevo, me cogió por el trasero y los muslos y me llevó hasta el dormitorio.

Todo el ático estaba bien amueblado: sofá de cuero, sillón reclinable de cuero, sábanas de seda negra sobre la cama. No tuve tiempo de apreciarlo cuando me dejó sobre ella.

Se quedó de pie al pie de la cama, con mis piernas rodeándole las caderas sin apretar, y me contempló desde arriba. Su erección se marcaba bajo los pantalones hechos a medida, gruesa y pesada contra su muslo.

—Mírate, ahí abierta para mí, preciosa —murmuró. Después, sus dedos volvieron a penetrarme, y yo arqueé la espalda con un grito.

—Más —supliqué, con todo el cuerpo ardiendo por su contacto—. —Quiero más. Por favor, Dario.

—Así que sí recuerdas mi nombre —murmuró, con los ojos fijos en mi cuerpo en lugar de en mi cara mientras sus dedos entraban y salían de mí—. —Voy a asegurarme de que lo recuerdes durante mucho tiempo.

Dios, y qué cierto resultó ser.

Parpadeo y vuelvo en mí cuando Felicia me encaja en los brazos la caja con los juguetes de Sonny. La miro fijamente durante un largo instante, entornando los ojos, con ganas de pegarle.

Pero... no merece la pena. Ella no merece la pena.

Así que me voy, agradecida por haber mantenido mis ahorros. Tengo unos tres mil dólares en una cuenta que está a mi nombre, pero desaparecerán rápido. Sobre todo pagando habitaciones de hotel. Gimo y voy a un hotel cercano, donde me registro y preparo la habitación para Sonny y para mí.

¿Qué voy a decirle cuando lo recoja de preescolar? ¿Que su querido abuelo está desaparecido, probablemente muerto, y que su abuela de mierda nos ha echado de casa?

Me siento en el borde de la cama del hotel, con la mirada perdida.

¿Qué coño voy a hacer?