El heredero más imposible de Escocia 52
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​​ Ewan

Octubre le queda bien a las montañas de las Higlands.

El viento empieza húmedo otra vez, los árboles alrededor del castillo se han vuelto rojizos y el lago parece más oscuro bajo el cielo gris constante de las últimas semanas.

La reforma también empieza a parecer real por fin.

Todas las habitaciones están terminadas. La biblioteca ya no parece abandonada, e incluso el salón ha empezado a parecer un sitio donde alguien podría quedarse de verdad, y no solo pasar unos meses antes de volver a marcharse.

Callum ha estado viniendo algunos fines de semana para ayudarme con la obra a cambio de pintas gratis en el pub de Morag y el derecho a insultar mis decisiones arquitectónicas durante horas.

Según él, es un acuerdo laboral completamente justo.

Según Morag, los dos somos patéticos y debería cobrar entrada por escuchar nuestras discusiones.

Estoy colocando unas muestras de madera en el comedor cuando llaman a la puerta principal.

Dos golpes.

Levanto la vista automáticamente pensando que será Morag trayendo comida otra vez, porque aparentemente el pueblo entero ha decidido que soy incapaz de alimentarme solo. Abro la puerta sin pensar demasiado.

La imagen que tengo delante es tan jodidamente improbable que parpadeo dos veces, convencido de que mi mente me está jugando una mala pasada.

Pero no. Es ella. Ivy. Bajo la llovizna otoñal, con las mejillas enrojecidas por el frío y una mochila colgando de un hombro. Empapada, despeinada y absolutamente real. Exactamente igual que la recuerdo… y al mismo tiempo completamente diferente.

Algo dentro de mi pecho se sacude con violencia. Es como si alguien acabara de abrir de golpe una puerta que llevaba seis meses sellada. El aire se me atasca en los pulmones. El corazón me da un golpe seco contra las costillas, tan fuerte que casi duele.

La lluvia sigue cayendo, pero ya no la escucho. Solo la veo a ella y el impacto brutal de tenerla aquí, otra vez frente a mí, después de seis meses de intentar convencerme de que lo nuestro había terminado para siempre.

Sigo completamente quieto sujetando la puerta.

—Hola —dice al final.

—Hola.

Brillante conversación, MacKenzie.

Ella mira un segundo hacia el interior del castillo antes de volver a mí.

—Morag me dijo que no habías vendido.

Miro automáticamente hacia dentro de la casa.

Hacia las luces encendidas. Hacia la escalera. Hacia todo lo que sigue exactamente igual y completamente distinto desde que ella se fue.

—No.

Ivy espera algo más. Una explicación quizá. No la tengo. O sí, pero llevo meses evitando decirla en voz alta incluso cuando estoy solo. Ella termina entrando despacio cuando me aparto de la puerta y la propiedad parece reaccionar físicamente a su presencia.

Se detiene en mitad del vestíbulo observando alrededor lentamente. Y empiezo a notar todas las huellas suyas que nunca desaparecieron realmente de aquí.

Los tonos cálidos de las paredes de la biblioteca. La manta nueva sobre el sofá del salón. Las lámparas que ella insistió en cambiar porque parecían sacadas de una prisión.

Incluso la maldita disposición de los libros sigue exactamente como ella la reorganizó aquella tarde mientras discutía conmigo sobre orden alfabético y carácter visual.

La veo avanzar despacio hacia el salón, rozando distraídamente algunos muebles con los dedos antes de mirar hacia el ala norte. Después entrecierra ligeramente los ojos.

—Espera… ¿esa puerta siempre tenía cristal esmerilado?

No, hace dos semanas mandé grabar discretamente el nombre de las habitaciones terminadas en los paneles nuevos. Y desde aquí todavía se distingue.

Harper Suite.

Ivy tarda exactamente dos segundos en leerlo. Luego gira la cabeza muy despacio hacia mí.

—No me digas que la has llamado Harper Suite .

Me apoyo contra el marco de la puerta cruzándome de brazos.

—Callum sugirió nombres peores.

—Eres consciente de que eso es bastante raro, ¿verdad? —sé que está bromeando porque una risa se le escapa de los labios.

—Llegados a este punto creo que ya hemos superado lo raro hace bastante tiempo. Pensé que no volverías —admito antes de poder detenerme.

Ivy baja la vista un segundo. Después vuelve a mirarme directamente.

—Yo también. —Suspira—. Pero he dejado el trabajo definitivamente. Y mi piso, allí los alquileres son imposibles, ya lo sabes.

—¿Qué?

Se encoge ligeramente de hombros, aunque la tensión en su mandíbula la delata enseguida.

—No sé exactamente de qué voy a vivir ahora mismo, pero tengo algunos ahorros y… supongo que ya me las apañaré. Además todavía me quedan muchas cosas que ver por aquí.

Intento procesar correctamente lo que acaba de decirme. Porque Ivy Harper acaba de aparecer seis meses después de marcharse y me informa casualmente de que ha dejado el trabajo, el piso y probablemente cualquier ápice de estabilidad como si estuviera comentando el tiempo.

—Lo has dejado precioso.

Durante meses he seguido trabajando en el castillo sin saber exactamente para qué. O para quién. Solo avanzando habitación por habitación como si terminarlo fuera a aclararme algo. Y ahora ella está aquí otra vez mirándolo exactamente como yo quería que lo mirara.

Ivy se acerca lentamente hacia mí.

—Londres empezó a sentirse demasiado… estrecho. Y yo seguía teniendo la sensación de que una parte de mí estaba todavía aquí haciendo cualquier tontería contigo en la cocina. Aunque reconozco que pensé que igual volver aquí era una idea horrible.

Eso me hace soltar una risa por la nariz y ella me acompaña. Está nerviosa.

Ivy Harper. La mujer capaz de discutir con desconocidos en pubs, reorganizar mi castillo sin permiso y convertir cada conversación en una pelea, está nerviosa por mí.

—Cuando te fuiste… pensé que se te pasaría rápido.

—¿El qué?

—Nosotros. Pensé que volverías a Londres, recuperarías tu vida normal y en unas semanas todo esto acabaría pareciéndote una historia rara que te pasó una vez en Escocia.

—¿Y qué te pasó a ti?

Suelto aire despacio.

—Que he seguido levantándome cada mañana esperando escucharte hablar sola en alguna parte del castillo.

Intenté convencerme de que dejar que te fueras había sido lo correcto.

—me río un poco, sin humor—. Incluso conseguí creérmelo algunos días.

Incluso acabé asumiendo que el verde salvia es un color precioso para una habitación de lujo.

—Yo también intenté seguir adelante. Claramente, no lo he conseguido porque como me dijiste una vez, a veces te marchas te un sitio y aun así algo siga quedándose allí.

Asiento despacio, claro que lo hizo. Los dos lo pretendimos.

—¿Y ahora qué vamos a hacer? —inquiero, dando un paso más hacia ella.

—No lo sé —susurra.

—Yo tengo una idea. —Doy el último paso que nos separa—. Si estás en paro… igual tengo un trabajo para ti. Gestión de castillos convertidos en alojamiento para turistas perdidos. Mal pagado, mucho frío y un jefe bastante gruñón.

Ella suelta una carcajada, mitad risa, mitad llanto.

—Vamos a llevarnos fatal trabajando juntos.

—Probablemente —respondo, sonriendo de verdad por primera vez en meses—. Pero va a ser la mejor decisión que hayamos tomado nunca.

Ella niega con la cabeza, aún riendo, con los ojos brillantes.

—Eres imposible.

—Y tú has vuelto bajo la lluvia, así que supongo que estamos en paz.

Nos miramos durante un segundo eterno.

—Ven aquí —expongo al fin, con la voz baja.

No hace falta repetirlo. Da un paso y se lanza contra mi pecho.

La rodeo con los brazos con tanta fuerza que casi la levanto del suelo.

Enterro la cara en su cuello y respiro hondo, sintiendo cómo algo dentro de mí vuelve por fin a su lugar.

Cuando se separa lo justo para mirarme, le sujeto el rostro con ambas manos.

—Te he echado de menos hasta que me dolía —confieso.

—Y yo a ti —susurra ella.

La beso. Sus manos se enredan en mi pelo, las mías bajan hasta su cintura, pegándola contra mí. Cuando nos separamos, apoyamos las frentes, respirando agitados.

—Esto va a ser un desastre, ¿verdad? —consulta sonriendo contra mis labios.

—Tal vez —respondo, besándola otra vez, más corto, más dulce—. Pero es nuestro desastre.

Ivy se ríe y me abraza con más fuerza.

Joder, ahora sé que la felicidad tenía su voz. Siempre fue ella. Su risa. Sus manos, sus ojos…. Y que algunas historias no terminan cuando alguien se marcha. A veces, simplemente empiezan de verdad cuando esa persona decide volver.