51
Ivy
Londres sigue exactamente igual.
El metro sigue lleno de gente demasiado cansada para mirarse entre sí por las mañanas.
Las cafeterías continúan sirviendo cafés carísimos en vasos reciclables con nombres escritos mal sobre la tapa.
La ciudad sigue moviéndose rápido, ruidosa, brillante y agotadora, como si todo el mundo viviera permanentemente cinco minutos tarde para algo importante.
Antes me gustaba. Ahora solo me cansa.
Han pasado seis meses desde que me marché de Escocia.
Seis meses desde que conduje hasta Inverness con el pecho completamente vacío, cogí el ferri de vuelta a Gran Bretaña esa misma noche y terminé regresando a Londres mucho antes de lo que pensaba hacerlo cuando empezó mi año sabático.
La idea original era recorrer las Highlands durante semanas.
Quizá meses. Perderme por carreteras secundarias, dormir en sitios pequeños frente al mar, escribir un poco, desaparecer del mundo una temporada.
Y técnicamente eso fue exactamente lo que hice.
Solo que el problema apareció en forma de hombre alto, gruñón y emocionalmente incompetente en mitad de un castillo escocés.
El coche murió definitivamente un mes después de volver, en Camden. Me quedé sentada al volante viendo cómo salía humo del capó, pensando que aquel pobre vehículo había decidido rendirse exactamente igual que yo: después de Escocia, fingir que todo seguía bien ya no tenía sentido.
Ni siquiera intenté arreglarlo. Lo dejé ir.
Hace dos semanas incluso decidí volver al trabajo antes de terminar oficialmente la excedencia.
Otra decisión brillante.
Porque quedarme sola en mi piso, dando vueltas a los recuerdos de las Highlands, tampoco estaba ayudando.
Ahora vuelvo a coger el metro cada mañana, respondo correos, asisto a reuniones interminables y finjo, con bastante dignidad, que mi vida ha vuelto a la normalidad. Pero no es verdad.
Hoy, mientras alguien habla sobre presupuestos y campañas navideñas en la sala de reuniones, mi mente lleva diez minutos muy lejos.
Fuera llueve contra los grandes ventanales de la oficina.
Y yo solo puedo pensar en el castillo. En el sonido del viento azotando las ventanas viejas por la noche.
En el crepitar del fuego en la chimenea.
En el olor a pan tostado y a leña. En Morag gritando desde la barra del pub. En Ewan.
Siempre termino llegando a él.
Es ridículo lo mucho que todavía ocupa espacio en mi cabeza. No terminamos mal, no hubo una gran pelea ni una traición trágica. Solo dos personas que se asustaron al mismo tiempo de lo mucho que empezaban a significar la una para la otra.
A veces todavía pienso en llamarlo. Luego recuerdo cómo me miró el último día, de pie sin intentar nada que me obligara a quedarme, y el valor se me deshace entre los dedos.
Cuando la reunión termina, me quedo sentada unos segundos más, observando cómo la lluvia dibuja líneas plateadas en los cristales. Londres nunca había parecido tan ruidoso y vacío al mismo tiempo.
Esa noche, al entrar en mi piso, dejo el bolso sobre el sofá y me quedo quieta en medio del salón. Todo está igual que hace seis meses. Los mismos muebles. Las mismas luces. La misma vida. Menos yo, que ya no soy la misma.
Me preparo un té casi por inercia y termino sentada junto a la ventana, mirando las luces mojadas de la calle. El móvil descansa sobre la mesa baja, frente a mí.
Podría llamar a mi madre. O a alguna amiga. Cualquier cosa normal. En cambio, desbloqueo la pantalla y busco un nombre: Morag.
Me quedo mirando el contacto unos segundos, con el dedo suspendido sobre la pantalla. Luego pulso llamar.
Totalmente por casualidad, por supuesto.
Morag tarda exactamente dos tonos en descolgar.
—Espero que esto sea una emergencia grave o una propuesta millonaria, porque estaba discutiendo con un turista que insiste en que el whisky sabe demasiado a whisky.
No puedo evitar reírme. El simple hecho de escuchar su voz ya me aprieta algo extraño dentro del pecho.
—Hola, Morag.
—Me alegro que sigas viva.
La sonrisa se me apaga un poco al instante.
—Han pasado solo tres meses.
—Tres meses sin llamar es muchísimo tiempo cuando solo me mandas mensajes ridículos sobre perros parecidos a Bruno y fotos de comidas horribles de Londres.
Tiene razón. No hemos vuelto a hablar por teléfono desde que me fui, pero sí hemos intercambiado algunos whatsapps absurdos de vez en cuando.
Fotos del pub. Ella enviándome imágenes de lluvia escocesa para: que no olvides el sufrimiento . Yo respondiendo con vídeos del metro de Londres para demostrar que sigo peor.
Como si las dos hubiéramos decidido bordear cuidadosamente cierta conversación sin entrar nunca del todo.
—Dios, te echaba de menos.
—Normal. Nadie en Londres tiene mi encanto natural ni mi tolerancia a los idiotas.
Escucho ruido de vasos y voces al fondo del pub mientras ella seguramente sigue trabajando con el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja.
—¿Cómo estás? —pregunta esta vez con una voz algo más suave.
—Bien.
Morag resopla tan fuerte que prácticamente puedo verla poniendo los ojos en blanco.
—Cariño, he sobrevivido años en este pueblo. Sé reconocer una mentira incluso por teléfono.
—Estoy… trabajando otra vez.
—Eso no responde nada.
—Ya, bueno. Resulta que volver a Londres no solucionó mágicamente mi vida ni mi estabilidad mental. Qué sorpresa.
Escucho cómo aparta algo al otro lado.
—¿Sigues pensando mucho en él?
Aprieto los labios un segundo antes de responder.
—Intento no hacerlo.
—Eso no es un no.
Cierro los ojos. Porque claro que no es un no .
Morag guarda silencio unos segundos. Luego suspira despacio.
—Bueno. Para empezar, te alegrará saber que sigue igual de insoportable.
—¿Cómo está Bruno?
—Más gordo. Ewan le da demasiadas salchichas cuando cree que nadie lo mira.
Morag sigue hablando.
—El pub sigue lleno de turistas inútiles. Callum continúa peleándose con motores imposibles. Y Ewan sigue metido en ese castillo como un fantasma huraño.
—Pensaba que ya habría vendido.
—No lo ha hecho. Sigue allí.
La frase me deja completamente quieta. En el fondo, una parte de mí llevaba meses intentando convencerse de que habría vendido la propiedad y desaparecido hacia cualquier otro lugar cálido del Mediterráneo antes de que llegara el otoño.
—Ah —consigo decir al final.
Patético nivel de elocuencia.
Morag guarda silencio unos segundos al otro lado de la línea.
Y sospecho que está dejándome espacio para procesarlo porque me conoce demasiado bien ya.
—Sigue reformando cosas —añade después—.Protestando todo el tiempo, por supuesto. El otro día casi se cae intentando arreglar una lámpara porque se negó a usar la escalera correctamente.
Sonrío sin querer. Después de seis meses sigo reaccionando a cualquier noticia sobre él como si una parte de mi sistema nervioso continuara viviendo allí.
—Pensé que vendería antes de verano —añado.
—Yo también. Pero no.
Me levanto del sofá y camino despacio hasta la ventana. Abajo, Londres sigue su ritmo incesante: cláxones impacientes, luces que parpadean, gente apresurada que habla demasiado alto en la calle.
Pero en mí vuelve ese tirón profundo en el pecho. El mismo que llevo seis meses intentando enterrar bajo trabajo, ruido y rutina. Ese vacío silencioso que aparece cuando menos lo espero.
—Morag… —digo al fin.
—¿Sí, cariño?
—¿Él sstá bien?
—Está… funcionando —manifiesta Morag con cuidado—. Pero no creo que sea exactamente lo mismo.
Cierro los ojos y apoyo la frente contra el cristal frío de la ventana. El contraste de temperatura me produce un escalofrío que me recorre la espalda.
Porque entiendo demasiado bien lo que quiere decir.
Yo ya no encajo del todo dentro de esta ciudad. Como si me hubiera dejado una parte importante de mí en Escocia y ahora caminara por estas calles como una versión incompleta de quien fui.
Por primera vez desde que volví, la idea se abre paso con una claridad casi dolorosa. Quizá marcharme fue lo inteligente, aunque no significa que fuera lo correcto.
—Prométeme que no volverán a pasar tres meses antes de la próxima llamada —apunta Morag al otro lado.
—Te llamaré pronto.
Resopla inmediatamente.
—Mentirosa. Pero da igual. Tú llama cuando quieras, Ivy Harper. A ciertas personas siempre merece la pena volver a escucharlas.
—Buenas noches, Morag.
—Buenas noches, cariño. Y deja ya de fingir que Londres te gusta tanto.
La llamada termina y me quedo unos segundos mirando el móvil todavía encendido entre mis manos.
Lo único que consigo pensar al cabo de unos minutos, es que quizá el lugar del que realmente me marché no fue Escocia.
Fue de Ewan.