50
Ewan
La asesora llega exactamente a las diez y cuarto de la mañana.
Hace exactamente una semana que vi el coche de Ivy desaparecer por el camino de grava, dejando atrás solo una nube de polvo y un silencio que aún no he conseguido llenar. Siete días que se me han hecho eternos y, al mismo tiempo, demasiado cortos.
Y, sinceramente, tampoco sé muy bien de qué me sorprendo.
Esto era exactamente lo que tenía que pasar. Fui yo quien convirtió la despedida en algo frío y rápido
No la detuve. No le pedí que se quedara. Ni siquiera fui capaz de decirle algo que sonara mínimamente parecido a la verdad.
Ivy tampoco ha llamado. ni un mensaje. Ni una estupidez enviada a las dos de la madrugada y ninguna foto absurda de Londres acompañada de algún comentario sarcástico sobre el té británico o el tráfico.
Nada.
Y una parte de mí piensa que es normal. ¿Para qué iba a escribir? Probablemente sigue procesando la cantidad exacta de imbécil que fui durante esos últimos días.
No puedo culparla demasiado por desaparecer así. Yo prácticamente le enseñé cómo hacerlo.
Es lo mejor para todos.
Cuando veo a la asesora bajar de su impecable Audi es que ojalá hubiera aparecido hace unas semanas. Antes de que todo se complicara. Antes de Ivy.
—Claire Bennett —se presenta con una sonrisa profesional, estrechándome la mano con firmeza—. Empezaba a pensar que este castillo solo existía en las fotos.
—A veces yo también lo pienso —respondo, y la voz me sale más ronca de lo que pretendía.
Ella levanta la vista hacia la fachada con esa mirada calculadora de quien ya está valorando metros cuadrados y posibles innovaciones.
—Desde fuera sigue siendo impresionante.
No contesto. Mis ojos se han quedado clavados en la pequeña mancha de pintura azul que aún queda sobre una de las ventanas del segundo piso. Ivy insistió en probar ese tono. Pintó media pared, se manchó las manos y el pelo, y luego decidió que no le gustaba. Nunca llegamos a cubrirla.
Claire empieza el recorrido por la planta baja, platicando sin parar.
Habla de compradores potenciales, de rentabilidad, de conversión en hotel boutique, de clientela extranjera adinerada.
Yo asiento de vez en cuando, soltando algún entiendo o claro , pero apenas la escucho.
Porque cada habitación guarda algo de ella.
En el salón principal todavía puedo verla sentada en el sofá con las piernas cruzadas, discutiendo conmigo sobre si Rebecca era una novela romántica o simplemente trágica.
En la cocina sigo esperando ver la taza que siempre usaba junto al fregadero, aunque hace siete días que la guardé en el armario para no tener que mirarla cada mañana.
Incluso en el pasillo me parece oír el eco lejano de su risa cuando se burlaba de mi forma de pronunciar ciertas palabras en gaélico.
—¿Todo bien? —pregunta Claire cuando llevamos unos minutos en la sala de música.
—Sí —miento, pasándome la mano por la nuca—. Solo… estoy cansado.
Seguimos avanzando. Cuando entramos en la suite principal, el golpe es más fuerte.
Ahí está la escalera donde Ivy se subió para cambiar los cuadros, cantando fatal y sin ninguna vergüenza.
Ahí está la zona donde discutimos sobre si tirar o no aquella horrible lámpara de los años ochenta.
Ahí es donde la besé rato después como si no hubiera un mañana.
Claire habla de modernizar el baño, de abrir la distribución, de ganar luz natural. Yo solo puedo pensar en cómo olía su pelo cuando se acababa de duchar.
Cuando terminamos el recorrido y volvemos al vestíbulo, Claire cierra su tablet y me mira con expresión satisfecha.
—Sinceramente, Ewan, este sitio se vendería bastante rápido. En dos o tres semanas podríamos tener varias ofertas serias.
Hace un mes habría sentido alivio. Habría visto la venta como una liberación, una forma limpia de cerrar esta etapa y largarme a otro sitio, como siempre hago. Ahora solo siento un malestar sordo en el pecho.
Miro hacia la escalera principal, hacia el piso de arriba, hacia la puerta entreabierta de la habitación donde ella dormía. Pienso en las mañanas de esta última semana preparando café para dos sin darme cuenta, y luego tirando la segunda taza al fregadero con rabia.
—No sé —murmuro, casi para mí mismo.
Claire levanta una ceja, sorprendida.
—¿No sabes?
Me encojo de hombros, intentando parecer casual, aunque ambos sabemos que no lo estoy.
—Pensé que tendría más claro querer venderlo.
Ella asiente con paciencia, pero se nota que no entiende nada. Yo tampoco estoy seguro de entenderme. Solo sé que hace siete días vi a Ivy marcharse por ese camino de grava y que, desde entonces, este castillo ya no se siente como un proyecto temporal.
—Piénsalo bien —apunta, guardándose la tablet en el bolso—. Podrías sacar una buena cantidad de dinero con esta venta. Pasta gansa, la verdad. Está en una zona que cada vez interesa más a inversores extranjeros. Sería una muy buena operación para ti.
Asiento lentamente, sin mirarla del todo.
—Lo sé.
—Llámame en un par de días —añade con una sonrisa amable pero comercial—. No hay prisa inmediata, pero cuanto antes empecemos a moverlo, mejor posición tendremos.
—Lo haré —respondo, aunque las palabras me pesan en la boca.
Claire me estrecha la mano una vez más, se despide con un: ha sido un placer y se marcha hacia su coche.
Cuando el sonido del motor desaparece, cierro la puerta y el silencio del castillo me cae encima como una losa. Me apoyo contra la madera fría y suelto todo el aire que llevaba conteniendo.