EPÍLOGO
Ewan
Dos años después…
El castillo está lleno.
Hay maletas apiladas junto a la entrada, el sonido de copas y conversaciones que llegan desde el salón, y alguien acaba de preguntar por tercera vez dónde está el mejor sitio para ver ciervos al amanecer.
Callum ya ha jurado que deberíamos cobrar suplemento por turistas insoportables.
Ivy dice que, si lo hiciéramos, seríamos millonarios antes de primavera.
Bruno, mucho más viejo y todavía demasiado mimado, duerme junto a la chimenea, completamente indiferente al caos. Esta semana le toca quedarse con nosotros antes de volver al pub con Morag.
La mujer más increíble del mundo entra en la cocina con una bandeja vacía entre las manos y cara de estar a punto de cometer un asesinato.
—Te juro que si la señora de la habitación Fraser me vuelve a preguntar si el termostato está roto o es que los escoceses sois así de fríos, voy a encerrarla yo misma en el baño —dice, dejando la bandeja con más fuerza de la necesaria.
La observo mientras habla. Sigue siendo exactamente la misma de siempre: habla rápido, salta de una idea a otra, gesticula con la cuchara de madera como si fuera una extensión de su mano.
Solo que ahora lleva un anillo de compromiso brillando en su mano izquierda y el pelo recogido de cualquier manera después de haber pasado toda la tarde corriendo de un lado a otro.
Continúa sin apenas respirar:
—Además, la pareja de la habitación azul lleva toda la tarde discutiendo en susurros pasivo-agresivos y estoy casi segura de que el señor Barton está intentando ligar con la mitad de las mujeres del comedor.
—Tiene espíritu emprendedor —comento, apoyándome en la encimera.
Ella me señala con un dedo.
—No le defiendas. Os caéis bien porque los dos sois igual de raritos en sociedad.
Sonrío sin poder evitarlo. La miro moverse por la cocina: preparando té, recolocando cosas, llenando el espacio con su energía constante.
Y todavía me pasa. A veces, en momentos tan simples como este, la veo atravesar el castillo hablando sola o riéndose de algo y siento el mismo golpe en el pecho que sentí la primera vez que la vi.
—¿Me estás escuchando? —duda, entrecerrando los ojos.
—Más o menos.
—Ewan MacKenzie…
Cruzo la cocina en dos pasos, le aparto un mechón de pelo de la cara y la beso despacio. Ella se calla al instante. Cuando me separo, tiene esa expresión entre divertida y rendida.
—Manipulación emocional pura —murmura.
—Funciona, ¿no?
Resopla, pero no puede evitar sonreír. Me rodea la cintura con los brazos y apoya la frente contra mi pecho.
—Voy a matar a alguien antes de la boda
—Aún faltan cuatro meses. Confío en ti —la tranquilizo.
—Tu optimismo me saca de quicio.
La beso otra vez, más largo esta vez, mientras ella sigue refunfuñando suavemente contra mis labios sobre centros de mesa, huéspedes difíciles y la posibilidad muy real de fugarnos a Glasgow solo para evitar otra reunión con la florista.
Y en medio de todo ese ruido, las voces lejanas de los huéspedes, el crepitar del fuego, sus quejas entre beso y beso, siento una felicidad inmensa.
No es perfecta. No es de película. Es solo esto: La cocina llena de vida.
El castillo latiendo a nuestro alrededor.
Ella hablando sin parar mientras organiza el mundo.
Y yo, sonriendo como un idiota, sin querer interrumpirla sin entender del todo cómo alguien terminó convirtiéndose tan rápido en mi lugar favorito del mundo.
Le acaricio la mejilla con el pulgar antes de besarle la frente.
—Te quiero tanto, Ivy Harper.
—Menos mal —susurra rodeándome el cuello con los brazos—, porque dejar Londres, volver a Escocia y aparecer otra vez en tu puerta habría quedado bastante ridículo si tú ya me hubieras superado.
—Imposible. Eres completamente insuperable.
Después sonrío contra su boca antes de besarla otra vez.