El heredero más imposible de Escocia 48
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​​ Ewan

Callum no ha vuelto a llamar en todo el día.

El alivio que siento se parece a cuando una tormenta cambia de dirección en mitad del mar y, durante unas horas, el agua vuelve a quedarse quieta aunque todavía puedas ver nubes negras en el horizonte.

Una tregua.

Eso es.

Pequeña, temporal, y seguramente inútil. Aunque suficiente para que el cuerpo deje de prepararse constantemente para el impacto.

Desde ayer vivo pendiente del móvil de Ivy como si fuera un artefacto explosivo capaz de cambiarlo todo con una sola llamada.

—Antes de que hables —dice sin girarse de los fogones—, quiero dejar claro que esto es fish and chips auténtico.

Me apoyo en el marco de la puerta cruzándome de brazos.

—Eso explica por qué parece una actividad potencialmente peligrosa. Tú y el aceite caliente no os lleváis bien.

—Tu nivel de confianza en mí como cocinera me ofende.

—Mi nivel está basado en antecedentes recientes con sartenes incendiarias.

—No fue mi culpa y lo sabes —resopla y vuelve a concentrarse en la fritura.

Huele a comida frita, sal y algo ligeramente quemado que ella sigue fingiendo que no existe.

Nos sentamos en la mesa de la cocina con los platos todavía demasiado calientes y las ventanas abiertas unos centímetros dejando entrar aire frío saque el humo del aceite quemado.

Ivy habla mientras come.

Mucho. Como siempre.

—Cuando vuelva a Londres voy a necesitar semanas para desintoxicarme del silencio aquí —dice antes de coger otra patata—. Allí todo el mundo parece vivir muy estresado.

Asiento apenas.

—Probablemente por los alquileres imposibles.

—Eso también. Aunque me gustaría volver algún día.

—¿A Escocia?

—Claro. Quiero ver cómo queda el hotel cuando termines de reformarlo.

La imagino entrando otra vez por la puerta principal meses después. Mojada por la lluvia. Discutiendo conmigo antes siquiera de dejar la maleta.

Ivy sigue hablando.

—Además, alguien tendrá que comprobar que no conviertes el castillo en una cueva minimalista para turistas deprimidos.

—Eso era exactamente el concepto original.

Ella se ríe.

—También quiero ver a Morag otra vez. Y a Bruno. Y probablemente necesitaré comprobar si sobrevives sin que alguien te obligue a usar medidas de seguridad cuando trabajes.

Vuelvo a imaginar cosas.

Ella aquí en Navidad. La cocina llena de ruido. mientras afuera nieva. Ivy cruzando el salón con uno de mis jerséis puestos. Los dos cocinando juntos. Volviendo del pub de noche.

Las imágenes aparecen solas en mi cabeza y el alma se me tensa inmediatamente después. Porque recuerdo la última vez que imaginé algo así con alguien.

Ivy sigue hablando completamente ajena al desastre silencioso que acaba de provocar.

—Y tú volverás al Mediterráneo cuando vendas el castillo —dice—. Te pega más eso que este clima de novela medieval.

Dejo el tenedor sobre el plato antes de responder.

—Probablemente —lo digo demasiado seco.

—¿Qué pasa? Hace un minuto estabas riéndote.

Me levanto de la mesa antes de mirarla demasiado tiempo.

—Tengo que revisar unas cosas arriba.

La decepción le cruza la cara y es suficiente para hacerme sentir como un auténtico imbécil.

—Claro, lo entiendo—murmura.

Recojo los platos sin necesidad real de hacerlo y me concentro demasiado en cualquier cosa que implique no acercarme otra vez a ella. Necesito recuperar algo de control.

Estoy fingiendo trabajar en el despacho cuando Ivy aparece en la puerta. Se queda apoyada contra el marco observándome antes de hablar.

—¿Qué te pasa?

Porque podría decirle la verdad.

Podría decir: empiezo a imaginar cosas que no van a existir.

O incluso: me aterra que una parte de mí quiera que te quedes.

Pero en lugar de eso digo:

—El tiempo.

Los dos sabemos que es mentira y a la vez verdad. Ya que al final eso es exactamente lo que ha terminado convirtiéndose en el problema de nosotros dos. El tiempo.

—Ha sido un día largo —me dice.

—Sí.

Silencio otra vez. La lámpara del escritorio ilumina solo una parte de la habitación y el resto permanece en penumbra alrededor de nosotros.

Ivy da un pequeño paso hacia dentro.

—Podríamos irnos a dormir.

—Quiero revisar unas cosas antes. Tú acuéstate si quieres —añado sin mirarla—. Yo subiré después.

—Te espero en la habitación.

Asiento y escucho sus pasos alejándose por el pasillo y el crujido de las escaleras mientras sube al dormitorio.