47
Ivy
El pueblo parece otro cuando no llueve.
Levanto la vista hacia el cielo. No hace sol exactamente, pero después de tantos días de lluvia el hecho de poder respirar sin sentir agua impactándome en la cara ya cuenta como experiencia premium .
Ewan ha entrado en la farmacia hace unos diez minutos para reponer el botiquín del castillo después de que, según él: nuestra convivencia haya demostrado niveles preocupantes de riesgo.
Yo lo espero apoyada contra el coche con las manos escondidas dentro de las mangas de una de sus chaquetas. Por lo visto ya he cruzado esa línea invisible donde dejo de devolverle ropa y empiezo a apropiármela.
Jess cruza la calle hacia mí ajustándose el bolso al hombro con la energía de una persona que lleva demasiadas horas solucionando problemas ajenos sin cobrar suficiente por ello.
Cuando está a mi altura, sus ojos se fijan en la chaqueta que llevo puesta. Y luego directamente hacia la farmacia donde Ewan sigue dentro.
—Así que esto ya tiene esta pinta —comenta.
No puedo evitar reírme.
—No sé qué pinta dices exactamente.
—Acabo de volver de una visita a domicilio y me encuentro a Ewan MacKenzie comprando suministros médicos mientras tú llevas puesta su ropa. Entenderás que necesito detalles. ¿Vosotros sois algo serio?
—Todo lo serio que puede ser una relación nacida de una avería inesperada de coche que me impidió seguir mi ruta de viaje.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando te vi con él el otro día en la consulta?
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
Jess suelta una risa breve mientras mira hacia la farmacia.
— Oh, no. Otra vez no.
La miro sin entender del todo. Ella se da cuenta enseguida.
—Ewan y yo tuvimos algo—explica con naturalidad—. Bueno… algo quizá es una palabra demasiado ambiciosa. Fueron un par de encuentros, algo bastante casual cuando él acababa de llegar al pueblo.
—No pongas esa cara. Duramos poco.
—No estoy poniendo ninguna cara.. Estoy procesando información.
—Estás intentando decidir si necesitas ponerte celosa.
—No estoy celosa —admito con la boca pequeña.
—Nos llevábamos bien, ¿sabes? —continúa ella—. Mucho. Era divertido cuando se relajaba. Inteligente. Cuidadoso. Y ya entonces tenía esa costumbre de mirarte como si estuviera pensando demasiado todo el tiempo.
Reconozco esa descripción demasiado bien.
Jess mete las manos en los bolsillos antes de seguir hablando.
—Pero incluso cuando estábamos bien… siempre había una parte de él preparada para marcharse primero. Al principio pensé que simplemente no estaba interesado de verdad. Pero luego entendí que era casi peor.
—¿Peor?
—Canto más cómodo estaba, más distante intentaba parecer después.
Jess me observa unos segundos antes de añadir:
—No era crueldad. Nunca lo fue. Era… miedo. Del de verdad. La diferencia es que contigo no le está funcionando tan bien lo de poner distancia.
Miro otra vez hacia la farmacia. Ewan levanta la vista en ese momento y me encuentra inmediatamente al otro lado del cristal. Jess se da cuenta de la escena.
—Sí. Definitivamente lo va a pasar fatal cuando te marches.
Intento esconder lo que me ha dolido la frase apartándome un mechón de pelo detrás de la oreja mientras fuerzo una pequeña sonrisa.
—Bueno, tampoco creo que esto haya sido tan intenso.
—Soy médica rural. He visto hombres con clavos atravesándoles la pierna parecer bastante más tranquilos que Ewan MacKenzie cada vez que tú te alejas tres metros de él.
Antes de que pueda responder, la puerta de la farmacia se abre detrás de nosotras y él sale con una bolsa pequeña en la mano.
La mirada le va directamente a Jess primero y luego a mí, está intentando interpretar la conversación solo por nuestras caras.
Jess sonríe tranquila.
—Bueno, yo voy a dejaros antes de que este hombre empiece a pensar que estoy intentando robarle a su turista favorita. Cuídate la mano, MacKenzie.
Ella se marcha dejándonos solos en mitad de la calle.
—¿Qué te ha dicho? —pregunta al final.
Intento sonar despreocupada mientras me meto las manos en los bolsillos.
—Que eres agotador. Nada que ya no sepa.
—Bastante justo.
Lo observo un instante más largo de lo normal. Con el pelo revuelto por el viento, la mano vendada y esa expresión cansada que solo le aparece después de decir demasiadas verdades seguidas.