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Ivy
La llamada de Callum se queda flotando por el castillo durante toda la tarde como un fantasma.
«El coche estará listo muy pronto».
Muy pronto. Dos palabras completamente estándar capaces de arruinarme el humor durante horas.
Cuando cae la noche, Ewan enciende el fuego del salón y termina sentado en el sofá mientras revisa algo en el portátil. Yo estoy tirada en la alfombra, rodeada de muestras de tela, catálogos y una taza de té ya medio fría.
Ninguno ha vuelto a hablar seriamente del coche. Ni de irme. Tampoco del hecho de que ahora todo parece funcionar con una especie de fecha de caducidad silenciosa cimentada entre nosotros.
La madera crepita dentro de la chimenea, mientras levanto distraídamente una caja vieja que estaba debajo de una de las mesas auxiliares buscando unas fotografías antiguas del castillo que él ha mencionado antes.
Dentro hay papeles, recibos, planos doblados y varias fotos antiguas.
Saco una despacio. Son Ewan y una mujer morena sentados sobre el capó de una furgoneta vieja frente al mar. Él lleva menos barba, el pelo más largo y una expresión muchísimo más liviana que ahora. Ella está riéndose de algo fuera de cámara con la cabeza apoyada sobre su hombro mientras él la mira.
No están posando. Él la mira de verdad.
Mila.
Hay algo en la imagen que encaja inmediatamente con todas las piezas que Ewan nunca ha terminado de explicar del todo. La felicidad un poco improvisada de las personas que creen que siempre tendrán tiempo para decidir qué hacer con su vida más adelante.
Paso el pulgar lentamente por el borde de la fotografía.
No siento celos, solo la repulsa a convertirme en otra persona bonita que Ewan recuerde dentro de unos año,s convertida en una historia que él cuenta con nostalgia mientras intenta convencerse de que las cosas importantes siempre duran poco.
Levanto la vista hacia él.
—¿Es Mila?
Aparta la atención del portátil inmediatamente. Mira la foto y su cara se convierte en la de alguien que acaba de encontrarse con una versión antigua de sí mismo.
—Sí.
—Parecéis felices.
—A veces lo éramos.
Termina cerrando el portátil y deja que el salón vuelva a llenarse únicamente con el sonido del fuego.
—Eso está bien —admito con sinceridad.
Él apoya la cabeza contra el respaldo del sofá mientras mira el techo unos segundos antes de responder.
—Sí, mientras ninguno preguntaba qué venía después.
Lo de esa chica no fue una tragedia romántica gigantesca para él, fue algo peor. Dos personas queriéndose mientras avanzaban en direcciones distintas. Londres y las Highlands tampoco parecen exactamente compatibles cuando las observas demasiado tiempo seguidas.
Ewan me mira desde el sofá. Sabe perfectamente hacia dónde se me acaba de ir la cabeza.
—Estás empezando a sacar conclusiones sola.
Entorno ligeramente los ojos. Porque, sinceramente, no sé qué conclusión exacta debería sacar de todo esto.
Dejo la fotografía otra vez dentro de la caja y me acerco al sofá despacio. Cuando me siento a su lado, termina rodeándome la cintura casi de inmediato, atrayéndome contra él. Apoyo la cabeza sobre su pecho y durante unos minutos ninguno dice nada.
Él me acaricia el brazo distraído antes de volver a hablar:
—Cuando alguien empieza a importarte demasiado… cualquier despedida se vuelve peor.
Me abrazo más fuerte a él sin pensar demasiado y él apoya la barbilla sobre mi pelo. Cierro los ojos y me concentro en el sonido de su respiración y es cuando me vuelve a la cabeza algo que Morag dijo ayer en el pub.
«Intentaste marcharte antes de hacerlo físicamente».
Tenía razón, hay despedidas que empiezan mucho antes de que alguien se marche.