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Ewan
La suite nos ocupa casi toda la tarde.
O, más concretamente, ella trabaja mientras yo protesto sentado sobre una mesa porque, según ella: con una sola mano útil me he convertido en trabajador de atrezo.
—No soy atrezo
—Tienes razón. Eres una interferencia con barba.—corrige mientras recoloca unas muestras de tela sobre la cama
Levanto la vista desde el portátil apoyado sobre una caja.
La música suena desde mi móvil apoyado junto a la ventana abierta apenas unos centímetros. Ivy lleva toda la tarde moviendo muebles, cambiando telas y criticando decisiones tomadas probablemente en 1998 por mi tío que tenía una relación rara con la luz natural.
La dejo hacer sin discutir demasiado. Aunque en algunos momentos me cuesta no picarla.
—Ese sillón estaba bien donde estaba —murmuro mientras la veo arrastrarlo unos centímetros.
—Estaba castigado mirando a la pared.
—Los sillones también necesitan tiempo para pensar.
Ella se ríe. Y su risa me golpea directo en alguna parte del corazón que últimamente parece funcionar peor de lo normal.
La observo deambular por la estancia, mientras sigue hablando sola sobre colores, iluminación y no sé qué maldición relacionada con unas cortinas. Y yo sigo mirándola embelesado más de la cuenta.
—Te estás arrepintiendo de dejarme tocar esta habitación, ¿verdad?
—Todavía no he decidido si esto es una reforma o una toma de poder —admito.
—Las grandes historias empiezan así.
Apoya las manos en la cintura y mira en derredor como si estuviera imaginando algo mucho más grande que unos muebles recolocados.
—Aunque admito que ahora da menos miedo —añade.
—¿La habitación o el castillo?
—Tú.
Suelto aire por la nariz mientras cierro el portátil.
—¿Qué pasa por esa cabeza ahora mismo?
—Estaba pensando que has conseguido hacer mucho ruido en muy poco tiempo.
—No tienes por qué poner esa cara cada vez que recuerdas que voy a marcharme.
—No es eso.
—Entonces explícame qué es.
Podría mentir. Soltar algo que no complique más esto.
Pero estoy cansado. Cansado de medir cada frase como si eso fuera a impedir lo inevitable.
—Es que ya eres parte de mi rutina aquí. Y no sé muy bien qué hacer con eso.
Lo digo con toda la honestidad del mundo, porque no somos imposibles por falta de afecto. Somos imposibles porque pertenecemos a vidas distintas.
—¿Sabes qué es lo peor? —murmura.
—Probablemente algo que no va a ayudarme demasiado.
Una sonrisa triste le cruza la cara.
—Que yo también estoy empezando a sentirlo.
Su móvil suena.
Callum.
La atmósfera cambia inmediatamente aunque la música continúa sonando. Pero el aire ya no entra igual en los pulmones.
—Cógelo —le digo, y me molesta lo fría que suena mi propia voz.