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Ivy
Abro los ojos antes que él. Y eso ya resulta extraño de por sí, porque Ewan parece tener un pacto personal con levantarse al amanecer para pelearse con paredes, paneles o cualquier objeto antiguo que tenga la desgracia de existir cerca suyo.
La habitación permanece en silencio, todavía sumida en esa luz gris suave típica de las Highlands cuando el día aún no ha decidido del todo si merece la pena empezar.
Tengo una pierna atrapada entre las suyas y uno de sus brazos rodeándome la cintura con una firmeza que hace bastante evidente que, incluso dormido, no tiene ninguna intención de dejarme ir demasiado lejos.
La verdad es que yo tampoco quiero moverme. Tan solo levanto un poco la cabeza para mirarlo mejor.
La barba le cubre la mandíbula de forma desigual después de varios días ignorando cualquier concepto relacionado con afeitarse y tiene el pelo todavía más desarreglado de lo normal, aplastado contra la almohada.
La mano vendada descansa sobre mi cintura y su respiración lenta me roza el cuello de una forma tan serena que cuesta muchísimo relacionar a este hombre dormido con el gruñón insoportable que discute conmigo por todo.
Madre mía.
Paso los dedos con cuidado por su pelo apartándole un mechón de la frente y él protesta algo ininteligible entre sueños antes de acercarse todavía más a mí.
No sé cuándo, pero en algún momento entre el castillo, las discusiones y las noches compartidas, esto ha dejado de parecer una aventura al uso de mi año sabático, y se ha convertido en algo mucho más difícil de abandonar.
Él abre los ojos unos segundos después. Parpadea despacio, claramente desorientado todavía, hasta que me ve mirándolo y entonces sonríe sonmoliento.
—Da miedo despertarse y encontrarte observándome así —la voz le sale ronca.
—Tú me miras constantemente y nadie te dice nada.
—Porque yo lo hago discretamente.
No puedo evitar reírme.
—Claro. Eres el James Bond del acoso visual.
—Exacto.
Cierra otra vez los ojos y me aprieta suavemente contra él, yaciendo la cara contra mi cuello con un suspiro lento.
—Me duele la mano y probablemente tú vas a obligarme a tomar unas cuantas medicinas.
—Qué tragedia tan terrible, que alguien se preocupe por ti.
—La peor de todas.
***
Una hora después estamos en la cocina. Yo llevo una de sus camisas, demasiado grande para mí, con las mangas remangadas varias veces, él insiste en que puede funcionar perfectamente con una sola mano y yo lo mientras intenta cortar pan sin mucho éxito.
Empiezo a ver las escenas como esta con mucho detenimiento, como si mi cabeza quisiera guardárselas para siempre.
—Déjame eso antes de que termines perdiendo otro dedo —digo acercándome.
—Confías muy poco en mis capacidades.
—Tus capacidades ayer intentaron desangrarse sobre una ventana.
Resopla mientras me deja quitarle el cuchillo.
—Sigues teniendo mala cara —murmuro mirando la venda.
—Gracias. Tú también estás radiante esta mañana.
—No hablo de atractivo. Hablo de infección.
—Muchísimo menos romántico.
—Eso está fatal puesto —suelto, al ver de reojo cómo lleva la venda.
—Sobreviviré.
—Sí, pero me está dando TOC solo de verlo. Dame la mano. —Dejo el cuchillo sobre la encimera.
—Cómo me mangoneas, Harper.
—Y tú qué obediente te has vuelto de repente.
Ewan termina alargando el brazo con resignación bastante mientras yo le deshago la venda lentamente.
—Ya está.
—Gracias. —Se mira la mano antes de devolverme la mirada.
Es en momentos como este, que ya ni siquiera noto el momento en que dejo de pensar en este sitio como algo temporal, en que ya no me siento de visita aquí.
Duele mucho porque Callum volverá a llamar en cualquier momento. Porque esto ya no se siente como una parada accidental del viaje, sino como esos últimos minutos en los que el partido ya debería haber terminado y aun así nadie quiere escuchar el pitido final.
La cuenta atrás sigue ahí, aunque aparentemos durante unas horas más que todavía no importa.