El heredero más imposible de Escocia 43
81%

43

​​ Ewan

El trayecto de vuelta al castillo es probablemente el más pervertido de toda mi vida.

Ivy conduce con las dos manos sobre el volante y yo llevo los últimos veinte minutos mirando de reojo cómo el viento le mueve algunos mechones de pelo cada vez que abre un poco la ventanilla y, pensando cosas que definitivamente no ayudan a mantener ningún tipo de control mental.

Ella tampoco parece tranquila. Lo sé porque se muerde el interior de la mejilla cuando cree que no la estoy mirando. Y en la manera en que cambia demasiado rápido de marcha y en cómo evita mirarme directamente durante más de tres segundos seguidos.

Perfecto.

Ahora somos dos personas completamente incapaces de sobrevivir a un trayecto de quince minutos sin imaginarnos desnudos.

El castillo aparece finalmente al final del camino y ella reduce velocidad mientras las ruedas crujen sobre la grava húmeda.

Apaga el motor y suelta el volante despacio antes de girar ligeramente la cabeza hacia mí.

Y cometo el error de mirarla, porque ahí se acaba todo. La paciencia, la lógica, el raciocinio… Todo.

La beso antes incluso de pensar en hacerlo y ella responde con la misma prisa.

Mi mano buena se desliza hasta su nuca, atrayéndola hacia mí. Ella se hace hueco entre los asientos del coche y, en cuanto nuestros labios se encuentran, el beso se vuelve profundo al instante.

Nuestras bocas se devoran con una intensidad que hace que el aire desaparezca del coche. Su lengua busca la mía y yo respondo sin reservas, besándola con todo lo que tengo. El gemido suave que se le escapa vibra contra mis labios y me recorre entero.

Pero esta vez es distinto. Ya no queda rastro de esa tensión agresiva y contenida de los primeros días. Ahora hay algo mucho más profundo.

Sé exactamente cómo suena su respiración cuando el beso se intensifica.

Sé el pequeño jadeo entrecortado que suelta cuando le muerdo con suavidad el labio inferior.

Sé cómo sus dedos se aferran a las solapas de mi abrigo cuando deja de pensar, como si necesitara sujetarse.

Y sé, sobre todo, cómo tiembla cuando arrastro mis labios despacio justo debajo de su mandíbula, en ese punto que siempre la deshace.

Y lo peor es que ella también me conoce a mí.

Conoce el gruñido bajo que se me escapa cuando me tira del pelo. Conoce cómo se me acelera el pulso cuando pasa la lengua por mi labio inferior. Conoce todas las formas exactas de besarme que me desarticulan por completo.

Mierda.

Esto ya no es solo un beso.

Es intimidad. Es memoria. Es la prueba de que cada vez que nos tocamos, nos acercamos más a algo que ya no podemos pasar por alto..

Y mientras nos besamos como si no existiera nada fuera de este coche, entiendo con total claridad que cada segundo con ella me ata un poco más.

—He echado de menos estos labios… —susurro contra su boca.

Ella me besa otra vez antes de responder.

—Subamos antes de que termine estampando tu coche contra una pared por tu culpa.

No puedo evitar una risa breve contra su cuello. Ahora incluso reírme empieza a resultarme más fácil cuando está cerca.

Salimos del coche casi tropezando entre nosotros y subimos las escaleras del castillo demasiado rápido, besándonos a mitad del vestíbulo antes siquiera de llegar al dormitorio.

Ivy termina riéndose cuando casi chocamos contra una mesa.

—Eres un desastre.

—Tú me pones nervioso.

La habitación está fría cuando entramos, pero apenas lo noto. Solo la noto a ella. Sus manos tirando de mí. Su respiración acelerada. La forma en que me mira cuando dejo de besarla un segundo.

Está igual de perdida que yo.

La beso más despacio cuando cae sobre la cama y ella me rodea la cintura con las piernas mientras me aparta el pelo de la frente con una ternura que me deja completamente indefenso. Intento apoyarme sin cargar demasiado peso sobre la mano herida y ella se separa unos centímetros para mirarme.

—Ve con cuidado, no querría tener que volver a ver a Jess.

—Ahora mismo me preocupa bastante más otra cosa.

—¿Ah, sí?

Asiento mientras le aparto un mechón de pelo de la cara.

—Sí. Porque llevo muchas horas manteniendo las distancias contigo… y resulta que herirme la mano ha funcionado muchísimo peor que besarte.

—Eso es muy bonito para venir de ti.

La observo unos segundos largos antes de responder.

—Tú me estás cambiando más de lo que me gustaría aceptar.

Nuestros labios vuelven a unirse, esta vez con una intensidad profunda. Mis manos recorren su cuerpo, quitando con cuidado cada prenda que aún nos separa. Ella hace lo mismo, deslizando las mías fuera de nuestro camino hasta que solo queda el calor desnudo de nuestra piel.

Cuando entro en ella, lo hago con una profundidad que nos arranca un suspiro compartido.

Ella arquea la espalda, clavando las uñas suavemente en mis hombros, y por un instante el tiempo parece doblarse sobre sí mismo.

Me muevo dentro con una cadencia que habla más que cualquier palabra: cada embestida es un reconocimiento, una entrega, una verdad que ya no podemos esconder

La habitación se llena de respiraciones entrecortadas y del sonido íntimo de nuestros cuerpos uniéndose.

La miro a los ojos mientras nos entrelazamos, y en su mirada encuentro un universo entero.

Cada embestida es una confesión silenciosa.

Sus uñas marcan mi espalda con delicadeza, el placer crece como una marea imparable, subiendo por mi columna y por su cuerpo en olas cada vez más intensas.

Cuando llegamos al clímax, lo hace con fuerza. Ella se arquea debajo de mí, contrayéndose alrededor de mi erección con un gemido largo y tembloroso que me arrastra con ella.

Nos quedamos así, unidos, latiendo juntos en el silencio cuando se me cuela una idea bajo la piel: hay personas que entran en tu vida por casualidad… y aun así terminan encontrando exactamente dónde hacerte vulnerable.