42
Ivy
A la mañana siguiente la herida tiene peor aspecto.
Ewan intenta fingir que no pasa nada mientras desayuna, pero la venda está manchada otra vez y el borde del corte se ve inflamado incluso desde enfrente de la mesa.
—Necesitas puntos.
—Necesito café.
Él resopla suavemente mientras termina el último sorbo.
—Esto pasa por diagnosticarme cosas.
—Disculpa, pero la culpa es toda tuya por intentar abrirte la mano por estar distraído.
Seguimos siendo incapaces de mantener conversaciones normales sin culparnos el uno al otro, y no sé si es buena o mala señal.
—Quieras o no, hay que ir al ambulatorio. Y no acepto replicas.
—Eres muy mandamás, ¿lo sabías?
—Y tú muy irresponsable para ser un adulto.
Me levanto para recoger los platos mientras él sigue apoyado contra la silla con expresión resignada.
—Además —añado mientras llevo las cosas al fregadero—, con una sola mano útil no deberías conducir.
—Puedo conducir perfectamente.
—Ayer casi te desmayas viendo sangre.
—No me desmayé.
—Porque llegué yo.
Eso lo deja callado un segundo, y tan solo escucho cómo aparta la silla y se levanta despacio.
—Te has adaptado demasiado rápido a ser la anfitriona en mi casa.
No puedo evitar sonreír un poco mientras cierro el grifo.
—Alguien tiene que mantenerte vivo.
—Llevaba sobreviviendo bastante bien antes de que aparecieras.
—Sí. Se nota muchísimo.
***
Media hora después conduzco carretera abajo hacia el pueblo mientras él va indicándome el camino desde el asiento del copiloto.
—En la próxima curva gira a la izquierda —dice mientras acomoda la mano vendada sobre la pierna.
—¿Siempre das instrucciones así de mal? Tu tono. Suena como si estuvieras guiando una operación militar.
—Es una carretera con dos curvas.
—Precisamente. Relájate un poco, comandante.
—Me parece raro verte conducir mi coche.
—¿Raro bien o raro mal?
Ewan apoya la cabeza contra el asiento y mira hacia el paisaje que se abre al otro lado de la ventanilla.
—Todavía no lo tengo claro.
El ambulatorio del pueblo ocupa un edificio pequeño junto a la farmacia y huele exactamente igual que todos los centros médicos del planeta: desinfectante, calefacción demasiado alta y resignación humana.
La médica levanta la vista del ordenador en cuanto entramos. Y sonríe inmediatamente al ver a Ewan.
Interesante.
—Mira quién sigue intentando lesionarse para llamar la atención —dice ella mientras se levanta.
Suspira ya cansado.
—Hola, Jess.
Jess, p erfecto nombre para arruinarme la mañana.
La doctora se acerca para examinarle la mano y noto
—Siéntate antes de desmayarte por sensibilidad masculina —dice ella.
—Nunca me he desmayado.
—Todavía.
Ella prepara el material y yo me quedo apoyada contra la pared intentando convencerme de que no me importa absolutamente nada la manera en que ella le toca el brazo al pasar.
—¿Sigues viviendo encerrado en el castillo? —pregunta mientras le retira la venda.
—Más o menos.
—Qué sorpresa.
La sonrisa que comparten dura apenas un segundo.
Suficiente.
Y me jode i entenderlo al instante.
Ella termina de revisar el corte antes de levantar la vista.
—Necesitas puntos.
Lo miro.
—Qué raro. Exactamente lo que dije yo.
Ewan ni siquiera parece escucharme. Sigue hablando con ella sobre no sé qué fiesta del pueblo del año pasado y, sinceramente, ahora mismo me cae mal hasta su capacidad de vocalizar correctamente.
Qué experiencia tan enriquecedora.
Termina de ponerle los puntos unos minutos después y se aparta los guantes antes de sonreírle otra vez.
—Intenta no pelearte con más ventanas antiguas esta semana.
—No prometo nada.
Ella se ríe. Demasiado para mi gusto.
Cuando salimos del ambulatorio, el aire frío me golpea inmediatamente la cara y camino varios metros en silencio antes de hablar.
—Así que Jess.
Ewan me mira de reojo.
—Sí. Jess.
—Parece que os conocéis bastante bien.
—Es la médica del pueblo.
Entorno los ojos.
—Ewan, últimamente mientes fatal.
Él suspira.
—Tuvimos algo hace tiempo.
—¿ Algo cuánto exactamente? Porque me dijiste que hacía un año que no estabas así con nadie.
—Un par de veces.
No sé por qué eso me molesta tanto. Pero me molesta.
Muchísimo.
—Qué curioso.
Ewan frunce ligeramente el ceño mientras seguimos caminando hacia el coche.
—¿El qué?
Cruzo los brazos sobre el pecho antes de mirarlo.
—Con ella parece que todo fue bastante sencillo. Pero conmigo te pasaste castigándome te porque me fui a dormir a otra habitación.
Se queda quieto junto al coche antes de pasar la lengua lentamente por el interior de la mejilla.
—Si todavía no entiendes la diferencia, entonces llevas días observándome bastante peor de lo que creía.
Vale. Entiendo perfectamente lo que quiere decir.
Y precisamente por eso necesito que lo diga claro de una vez.
Lo observo unos segundos junto al coche, con el viento frío moviéndome el pelo alrededor de la cara mientras él sigue mirándome como si acabara de soltar algo mucho más grande de lo que pretendía.
—Entonces dime tú cuál es la diferencia entre ella y yo.
—Con ella fue fácil —dice al final—. Tú eres un puto desastre.
Parpadeo.
—Qué declaración tan bonita. Casi lloro.
No sonríe esta vez. Da un paso hacia mí despacio, con la mano vendada apoyada contra el costado.
—No lo entiendes. Con ella nunca me importó si se iba al día siguiente o se iba a trabajar a otro pueblo. Nunca me molestó imaginar una casa vacía después. Solo fue sexo y no demasiado bueno.
Ewan MacKenzie diciendo verdades da muchísimo más miedo que cuando gruñe.
—Ewan…
Él mantiene la vista fija en mí, esperando algo que lleva demasiado tiempo conteniéndose y ya no estuviera seguro de saber hacerlo otra vez.
Yo termino de rendirme del todo.
—Creo que ya sabía la respuesta antes de preguntártelo.— suelto despacio, notando el corazón golpeándome demasiado.
—Contigo todo parece mucho más complicado… pero también muchísimo más real.
Baja la vista un instante hacia mi boca y me dice en voz baja:
—Ahora mismo solo quiero llegar al castillo y hacerte el amor como te mereces.
Madre mía.
La frase me abofetea tan fuerte que literalmente tengo que coger aire. Él no parece consciente de lo devastador que acaba de sonar eso.
—Eso rompe bastante el pacto del fin de semana —consigo soltar, aunque la voz ya no me sale del todo estable.
Da otro paso hacia mí. La mano buena me rodea la cintura.
—A la mierda el pacto.