41
Ivy
Cuando vuelvo del pub, no escucho música, ni herramientas golpeando algo y, tampoco el sonido lejano de Ewan moviéndose por alguna parte. Solo viento colándose entre las piedras viejas y el crujido suave de la madera bajo mis botas mientras cierro la puerta principal.
Me quito el abrigo despacio y entonces escucho un qiuejido. La voz llega amortiguada desde el ala este.
Camino hacia allí siguiendo el sonido y lo encuentro junto a una de las ventanas desmontada, rodeado de herramientas y con una venda improvisada alrededor de la mano izquierda completamente empapada en sangre.
—¿Qué demonios has hecho?
Ewan levanta a la vista. Y, sinceramente, tiene bastante mala cara.
—Nada importante.
—Claro. Porque la gente suele sangrar litros por diversión.
Él resopla suavemente mientras aprieta la tela alrededor de la palma.
—Se me resbaló una pieza de metal.
Me acerco antes de que pueda seguir quitándole importancia y le agarro la muñeca para apartarle la venda improvisada.
—Estoy bien — Tensa sutilmente el brazo.
—Sí, eso dicen siempre los hombres justo antes de necesitar una cirugía urgente.
La sangre sigue brotando entre sus dedos y el corte resulta bastante más profundo de lo que esperaba.
—Siéntate.
—No hace falta.
—Ewan.
El tono debe de sonar suficientemente serio porque termina obedeciendo sin discutir más y se deja caer sobre una silla mientras voy al baño a buscar el botiquín.
Cuando vuelvo, sigue exactamente igual.
Me arrodillo frente a él y empiezo a limpiar la sangre con cuidado.
Aprieta la mandíbula en cuanto la gasa toca la herida.
—Eso significa que duele —musito.
—Gracias, doctora.
—De nada, paciente insoportable.
Mientras sigo curándole la mano, mi mente parece asumir automáticamente que cuidarlo tiene sentido.
Levanto la vista un momento. Él ya me está mirando.
—¿Qué? —pregunto.
Ewan tarda un segundo en responder.
—Nada.
—Te estás volviendo muy pesado usando mis propias frases contra mí. Además de estar perdiendo reflejos. Mira cómo has terminado.
—Estaba distraído.
Terminó de vendarle la mano despacio. Ninguno parece especialmente interesado en romper todavía la cercanía. Cuando levanto la vista otra vez, Ewan sigue observándome con esa expresión suya imposible de leer del todo.
—Te pondrás bien.
***
Después de cenar cada uno se refugia en extremos distintos del salón, fingiendo normalidad con una habilidad bastante mediocre.
Yo leo. Él mira algo en el móvil, pero ninguno presta atención real a lo que tiene delante.
El reloj marca casi la una cuando me levanto finalmente del sofá.
—Creo que voy a dormir.
Su mano vendada descansa sobre el brazo del sillón y durante un segundo parece que quiere decir algo antes de arrepentirse.
Me detengo junto a la puerta.
—Suéltalo.
Después deja el móvil sobre la mesa y se pasa una mano por la nuca.
—Quédate conmigo esta noche.
El corazón me da un pequeño tirón absurdo.
—¿Aquí?
—En mi cama, duerme conmigo.
—No creo que sea conveniente tener sexo después de esa herida.
La comisura de su boca se mueve apenas.
—Sin sexo y sin discutir tampoco, si puede ser.
—Si lo necesitas, lo haré.
Note de inmediato que si el alivio acabara de pillarlo desprevenido.
—Cuando me corté… —empieza, aunque tarda un instante en continuar— pensé que no era nada. Luego vi toda la sangre y…
Se interrumpe. Molesto consigo mismo, como si le molestara verbalizar algo tan humano.
Deja escapar aire lentamente por la nariz antes de seguir hablando.
—Y de repente el castillo estaba vacío. No estabas. Y me di cuenta de que llevaba todo el día esperando escucharte entrar por la puerta.
Se mira la venda de la mano.
—Supongo que me asusté un poco.
Me acerco un paso.
—Yo también me asusté.
—¿Por la sangre?
Niego suavemente.
—Por ti.
El silencio que sigue resulta tan íntimo que tengo la sensación de que incluso el castillo contiene la respiración.
Ewan me mira unos segundos larguísimos.
Después asiente apenas.
***
La habitación está fría cuando entramos un rato después.
Ewan se quita la ropa con cuidado para no mover demasiado la mano, mientras yo aparto la colcha y me meto en la cama intentando ignorar la tensión extraña que hay entre los dos.
Él apaga la lámpara de la mesilla y escucho el ruido de las sábanas mientras se acomoda a mi lado. Después el colchón se hunde ligeramente más y él se acerca.
Su brazo rodea mi cintura con cuidado y, antes de que pueda pensar demasiado en ello, termina escondiendo la cara contra mi cuello de una forma tan desprotegida que algo dentro de mí se derrite inmediatamente.
Madre mía.
Porque de repente ya no parece el hombre imposible y gruñón que discute conmigo, solo parece alguien agotado que necesitaba que otra persona se quedara con él para cuidarlo. Le paso los dedos lentamente por el pelo mientras noto cómo su respiración empieza a hacerse más lenta contra mi piel.
—¿Mejor? —le pregunto en un susurro.
—Sí —la palabra vibra amortiguada contra mi cuello.