El heredero más imposible de Escocia 41
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​​ Ivy

Morag me mira exactamente tres segundos antes de sonreír como una mujer que acaba de confirmar una teoría científica largamente estudiada.

—Ah —dice escuetamente—. Ya os habéis acostado.

Casi me atraganto con el primer sorbo de cerveza a las once de la mañana.

La necesito.

—¿Perdón?

—Cariño, llevo viendo cómo os miráis desde hace días. El milagro habría sido que no ocurriera.

Resoplo mientras dejo el vaso sobre la barra.

El pub está bastante tranquilo esta hora de la mañana.

Apenas un par de hombres jugando a las cartas junto a la ventana y música sonando baja desde una radio antigua detrás del mostrador.

Perfecto para huir un rato de Ewan MacKenzie y de mi evidente incapacidad para comportarme como una persona equilibrada.

Morag se apoya en la barra frente a mí.

—Entonces… ¿qué ha pasado?

Me paso una mano por el pelo antes de responder.

—Nada grave.

La cara que me dedica deja clarísimo que no se cree absolutamente nada de eso.

—Eso en lenguaje femenino suele significar ha pasado algo bastante comprometido.

—No. Solo ha sido… incómodo.

Ella arquea una ceja invitándome a continuar. Y me fastidia un poco lo fácil que resulta acabar contándole cosas a esta mujer.

—Anoche estuvimos juntos y esta mañana ha decidido volver a convertirse en el Ewan antipático de los primeros días.

Ella ni siquiera parece sorprendida.

—Mmm.

—No hagas mmm. No me gusta cuando la gente hace eso.

—Y yo odio cuando la gente intenta resumir trastornos complicados como si fueran instrucciones de microondas.

Doy otro sorbo a la cerveza.

—Dice que teníamos un pacto de sexo sin compromiso el fin de semana y que ahora deberíamos volver al plan original.

—¿Y tú qué quieres?

La pregunta me pilla desprevenida.

—No lo sé —admito al final—. Bueno… sí lo sé. Quiero seguir acostándome con él porque ese hombre parece diseñado por una secta especializada en arruinar la vida a las mujeres.

—Eso ya lo sabíamos —suelta una carcajada.

—Pero no significa nada más. Solo es atracción física. Y además no nos llevamos bien del todo.

—Claro.

—Es verdad —insisto.

—Por supuesto, querida.

Entorno los ojos.

—Morag, lo digo en serio.

—¿Qué? Discutís constantemente, os miráis como si el resto del pueblo os molestara y él lleva sonriendo más esta semana que en todo un año. Entenderás que me cuesta muchísimo comprar lo de solo atracción física.

Abro la boca para responder. La cierro otra vez.

—¿Y qué pasó exactamente anoche? —curiosea.

—Después de… bueno, después, le dije que prefería dormir en mi habitación. Porque pensé que sería más fácil así.

—¿Más fácil para quién?

Resoplo despacio.

—Para los dos.

—Y el pobre idiota se lo tomó como rechazo, ¿no?

—No era rechazo.

—Lo sé yo y probablemente también lo sabe él. El problema es que hay cosas que uno entiende con la cabeza y otras que entiende con las tripas.

Morag me observa con una mezcla rara de ternura y diversión.

—Creo que igual te pasaste un poco de pragmática, cariño.

—¿Pragmática?

—Sí. Esa manía moderna vuestra de intentar convertir las relaciones en un contrato temporal divinamente gestionado.

—Suena horrible explicado así.

—Porque lo es.

Apoyo la mejilla sobre una mano mientras miro distraídamente la espuma de la cerveza.

—Solo quería que doliera menos.

—Ahí está el problema. Las cosas importantes siempre duelen un poco, Ivy. La gente que intenta evitar eso normalmente acaba haciéndose todavía más daño.

—No sé si esto es importante —farfullo.

—Precisamente la gente empieza a hacerse ese tipo de preguntas cuando algo ya les importa más de lo conveniente.

Resoplo y miro por la ventana del pub. Algunas personas cruzan la calle principal cargando bolsas mientras el pueblo sigue con ese sosiego que tiene todo aquí, como si nadie hubiera tenido jamás una crisis seria en las Highlands.

—Además —continúa Morag—, Ewan no sabe encargarse de según qué cosas.

—Eso ya lo había notado.

—No, cariño. Tú has notado que gruñe mucho y que tiene cara de querer discutir con el mundo entero. Yo estoy hablando de otra cosa.

Vuelvo a mirarla.

—Ese hombre lleva tiempo viviendo solo en ese castillo porque le resulta más fácil controlar las habitaciones que a las personas. Todo lo que puede romperse dentro de una casa se arregla con herramientas. Lo demás no. ¿Sabes cuál es el problema de los hombres como él?

—¿Cuál?

—Que cuando empiezan a sentirse felices de verdad, se asustan muchísimo más que cuando están tristes. Y tú tampoco eres precisamente inocente aquí.

Frunzo el ceño.

—¿Ahora yo qué he hecho? —replico.

—Intentaste marcharte antes de hacerlo físicamente.

—Solo quería protegerme un poco —admito.

—Sí. Y él también.

La música de la radio cambia a una canción lenta al fondo del pub, mientras uno de los hombres empieza a reírse demasiado fuerte por algo que claramente no tenía tanta gracia.

Morag me no me quita ojo unos segundos más antes de hablar otra vez.

—La pregunta importante no es si vais a discutir otra vez.

—Porque vamos a hacerlo, obviamente —asumo en voz alta.

—Por supuesto. Sois agotadores. La pregunta importante es qué vais a hacer cuando deje de quedaros tiempo para seguir aparentando que esto era solo un juego.

Mierda, por mucho que yo insistiera en llamarlo pacto temporal , empezaba a sospechar que las cosas que más duelen no son las que duran poco. Son las que, sin darte cuenta, empiezan a hacerse sitio dentro de tu vida demasiado rápido.

—Gracias.

—¿Por escucharte despotricar durante un rato sobre tu gruñón favorito?

—Por ayudarme un poco a ordenar la cabeza.

—No se merecen, cariño. Aunque espero que los dos dejéis de comportaros como tontos antes de que me obliguéis a intervenir personalmente.

La amenaza resulta tan creíble viniendo de ella, que termino riéndome de verdad por primera vez en todo el día.