40
Ewan
El lunes amanece demasiado pesimista para mi gusto.
No por el tiempo, sino por el ambiente. El castillo lleva raro desde anoche. O quizá el raro soy yo.
Ivy aparece en la cocina poco después de las nueve. Se detiene un segundo al verme y yo noto inmediatamente ese instante difícil en el que ambos recordamos exactamente cómo terminó el día anterior.
—Buenos días —dice ella.
Su voz suena normal. Como si hubiese decidido fingir que dormir en habitaciones separadas después de pasar media noche juntos era una decisión completamente lógica y no algo que todavía me sigue jodiendo la mente.
Empieza a prepararse té mientras yo termino de cortar pan. Los dos moviéndonos por la cocina con cuidado de no rozarnos demasiado. El tipo de comportamiento maduro de dos personas que visiblemente lo tienen todo bajo control.
El móvil de Ivy vibra sobre la mesa.
—Es Callum.
Mi cuerpo se tensa antes de que pueda evitarlo. Ivy me mira de reojo mientras descuelga.
—Hola. ¿Sí?...Ah… Vale.
La expresión de Ivy cambia poco a poco mientras escucha. Primero sorpresa. Luego algo mucho más difícil de identificar. Cuando cuelga, sigue mirando la pantalla un segundo más antes de dejar el móvil.
—El coche arranca ya —dice al final.
Pasa el dedo por el borde del teléfono antes de seguir hablando.
—Pero la pieza nueva está dando problemas con la transmisión. Dice que necesita un par de días más. Tres como mucho. Bueno —murmura ella al final, intentando sonar ligera mientras se aparta un mechón—. Parece que este pueblo todavía no quiere librarse de mí.
Doy un trago demasiado largo al café que ya se me ha quedado frío, intentando ignorar la sacudida extraña que acaba de darme debajo de las costillas.
—¿No vas a decir nada? —suelta ante mi mutismo —Deberías alegrarte que pueda ayudarte a terminar la suite .
—Estaba pensando justo eso —respondo.
—Pareces cabreado de nuevo.
—Tal y como me trataste anoche, lo estoy.
Ivy parpadea una vez.
—¿Te traté mal acaso?
—Sabes perfectamente de qué hablo.
—Ewan, me fui a dormir a mi habitación. No te declaré la guerra.
—No. Solo decidiste huir de mi cama antes de que amaneciera.
—Teníamos un pacto de sexo sin compromiso este fin de semana. —Cruza los brazos sobre el pecho.
Dicho ahora suena demasiado clínico, muy frío, como si todo se pudiera reducir a eso
—Perfecto —alego antes de pensar demasiado en ello—. Pues ya es lunes. Habrá que ceñirse al maldito plan.
—¿Eso significa que vas a volver a ser el Ewan del principio?
Sostengo la taza entre las dos manos para que ella no note que estoy temblando un poco.
—Efectivamente —ni siquiera yo termino de creerme del todo la voz con la que le digo esto.
—Vale, como quieras. Supongo que volvemos a las normas iniciales.
Asiento una sola vez.
—Sí.
—Pues procuraré no molestarte mucho. Me iré al pueblo a ver a Bruno y a Morag.
—Me parece una idea estupenda, mejor que la que tuviste anoche.
—Vale —indica más tranquila—. Entiendo el mensaje.
—No hay ningún mensaje.
—Sí lo hay, Ewan. Siempre lo hay contigo. El problema es que nunca lo dices completo.
Pasa por mi lado hacia la puerta de la cocina. Su jersey roza mi brazo al cruzarse conmigo. Solo eso basta para que el cuerpo entero reaccione antes que el cerebro.
Y durante un intervalo parece que va a decir algo que me calme, pero no lo hace, solo da otro paso hacia el pasillo.
—Voy a cambiarme y te dejo solo—musita.
La observo desaparecer escaleras arriba mientras aprieto demasiado fuerte los puños.
La distancia solo era una buena idea mientras todavía no sabía lo que era tenerla cerca.