El heredero más imposible de Escocia 38
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​​ Ewan

La habitación permanece en silencio, envuelta en esa penumbra tranquila cuando cae la noche, salvo por el viento suave golpeando alguna ventana lejana y nuestras respiraciones todavía algo descompuestas después de hace apenas unos minutos.

Ella tiene la sábana recogida contra el pecho y el pelo completamente revuelto sobre los hombros. Yo sigo tumbado boca arriba, intentando recuperarme.

Mala suerte con eso.

Porque lo único que consigo pensar es que nada de esto debería haberse sentido tan bien.

Ivy gira la cabeza hacia el reloj de la mesilla.

Después suspira despacio, e inmediatamente el sonido me pone alerta inmediatamente.

Se aparta la sábana y empieza a buscar su ropa por el suelo.

Frunzo ligeramente el ceño.

—¿Qué haces?

—Voy a dormir a mi habitación.

La frase tarda un segundo en atravesarme entero.

—¿Por qué?

Ella recoge el jersey del suelo antes de responder. No me mira enseguida.

—Porque despedirse desde el otro lado del pasillo parece más fácil que hacerlo desde tu cama.

El silencio que queda después resulta peor que cualquier discusión que hayamos tenido hasta ahora. Ivy termina de ponerse el jersey mientras yo sigo inmóvil, observándola desde la cama. Porque entiendo perfectamente lo que acaba de decir.

Y porque odio bastante que tenga sentido.

—Solo quedan unas horas —añade ella con una pequeña sonrisa cansada que no le llega del todo a los ojos—. Creo que resistiremos.

Recoge el resto de su ropa y yo noto algo desagradable emplazándose paulatinamente en mitad del pecho.

—No tienes que irte ahora.

—Precisamente por eso debería hacerlo.

Ella termina de vestirse en silencio. Y lo peor es que la habitación ya empieza a sentirse distinta incluso antes de que abra la puerta.

Ivy se detiene junto a la salida y vuelve la cabeza hacia mí.

—Buenas noches, gruñón.

La puerta se cierra despacio detrás de ella. El sigilo que deja es inmediato. Brutal y devastador.

Me paso una mano por la cara y dejo caer la cabeza contra el cabecero de la cama.

Exactamente lo que quería evitar.

Porque durante unos días había conseguido olvidar algo importante: que la gente termina marchándose igual, aunque tú vuelvas a sentirte vivo mientras están aquí. Y ahora solo quedan unas horas para que Ivy también lo haga.