El heredero más imposible de Escocia 37
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​​ Ivy

Descubro que Ewan lleva kilt exactamente diez segundos antes de parecer una mujer lobotimizada. Porque aparece en el vestíbulo mientras termino de ponerme los pendientes delante del espejo y, durante un instante bastante vergonzoso, me quedo quieta mirándolo con la boca abierta.

La culpa es completamente suya esta vez.

El kilt oscuro le cae impecable sobre las piernas, combinado con una camisa negra remangada y una chaqueta gris carbón que consigue que parezca atractivo de una forma muy poco razonable para un hombre que pasa media vida peleándose con vigas, escaleras torcidas y muebles del siglo pasado.

Él ni siquiera parece consciente del efecto que causa. Solo termina de ajustarse el reloj mientras baja el último escalón con total normalidad.

—¿Qué? —pregunta al notar que sigo mirándolo.

—Solo estaba pensando que los hombres con falda escocesa deberían venir con advertencia sanitaria por posible episodio cardiaco.

—Es solo un kilt .

—Lo sé. Pero entenderás que ahora mismo me cuesta bastante concentrarme en tecnicismos.

—No sabía que eras tan fan de la prenda —dice mientras coge las llaves del coche de la mesa.

—No lo era —admito mientras me pongo el abrigo—. Pero empiezo a entender por qué Escocia se siente tan orgullosa de ellos.

—Es ropa, solo eso.

—No. Solo ropa son unos vaqueros. Esto es una estrategia de seducción.

—Como siempre, exageras, Ivy Harper.

—¿Y a qué debo el despliegue tradicional? —pregunto mientras lo sigo hacia la puerta principal.

—Hay un local en la carretera del lago que hace comida especial los domingos. Música en directo, menú típico… esas cosas. Reservé mesa esta mañana.

Y ahí está el inconveniente de Ewan MacKenzie. Que tiene la capacidad emocional de una maceta durante el noventa por ciento del tiempo… hasta que, de repente, hace algo así y deja a una completamente desarmada.

Salimos al exterior y el aire frío me golpea inmediatamente la cara. El cielo está despejado por primera vez en días y refleja una luz gris azulada entre las colinas que hace que todo alrededor parezca exageradamente bonito.

O quizá sea él.

Ewan abre la puerta del coche antes de que pueda hacerlo yo.

—Sube antes de que me arrepienta de invitarte a comer.

Sonrío mientras entro.

***

El sitio es pequeño, antiguo y construido prácticamente encima del lago, con grandes ventanales orientados hacia el agua y una chimenea enorme encendida en el comedor principal.

Al fondo, junto a otra sala más pequeña, un hombre toca música folk con una guitarra mientras varias parejas mayores terminan el postre entre conversaciones tranquilas.

La mesa que nos han asignado, está junto a una de las ventanas y las vistas del lago resultan tan bonitas que me obligan a sospechar que alguien en Escocia se toma demasiado en serio la ambientación romántica.

—Esto es espectacular —murmuro mientras me siento.

Ewan ocupa la silla de enfrente y se encoge ligeramente de hombros.

—Pensé que te gustaría.

La camarera deja la carta sobre la mesa y se marcha después de sonreírle a Ewan con familiaridad.

—Te ha mirado.

Él levanta una ceja.

—Es la camarera, lo hace con todo el mundo.

—No. Era mirada de: hombre alto con falda tradicional y mandíbula ilegal.

—¿Mandíbula ilegal?

—Totalmente denunciable, querido.

Ewan baja la vista hacia la carta intentando esconder una sonrisa. Cada vez me gusta más verlo así. Menos escondido detrás de respuestas secas. Como si se hubiera rendido y dejado de pelear constantemente contra todo.

Incluyéndome a mí.

Al final pedimos el menú especial del domingo que Ewan llevaba recomendándome desde que salimos del castillo: roast beef con gravy, verduras asadas, Yorkshire pudding y una montaña de patatas que probablemente podría alimentar a una familia pequeña durante una semana.

El olor a carne asada, mantequilla y salsa caliente llena inmediatamente el espacio entre nosotros mientras fuera el cielo empieza a oscurecerse detrás de las ventanas empañadas del pub.

Pruebo un trozo de carne y cierro los ojos un segundo.

—Vale. Entiendo muchas cosas sobre este país ahora mismo.

Ewan corta tranquilamente otro trozo.

—¿Como cuáles?

—Que sobrevivís al clima gracias a esto.

La camarera vuelve a pasar junto a nuestra mesa y deja más salsa sin que nadie la haya pedido.

—Definitivamente le caes bien —murmuro.

Ewan niega ligeramente con la cabeza mientras vuelve a mirar el plato.

La comida ha durado casi tres horas. En parte por el vino y por la música. Y porque por primera vez desde que llegué, Ewan parece olvidarse un poco de vigilarse constantemente. Nunca del todo, pero sí lo suficiente para que empiece a aparecer una versión suya mucho más fácil de querer.

La tercera botella de vino llega cuando ya han apartado los platos y el músico cambia la guitarra por una melodía más lenta que hace que varias parejas se levanten hacia el pequeño espacio libre junto a la chimenea.

—Ni se te ocurra —cuchichea.

—¿Por qué?

—Porque estás haciendo el gesto que significa problemas.

—No me acuses de problemática. Soy un encanto.

—Te acuso y está basada en hechos reales.

—Solo quiero señalar que hay gente bailando y tú llevas kilt oficial. Sería un crimen no aprovecharlo.

—No voy a bailar.

—Qué decepción.

—Sobrevivirás.

Lo observo un momento por encima del borde de la copa.

—Tienes miedo.

—¿Miedo?

—Lo he visto en películas. El hombre reprimido evita bailar porque podría despertar sentimientos incontrolables.

La expresión que me dedica podría fulminarme allí mismo.

—Cada vez estoy más convencido de que has hecho bien en pedir una excedencia. Lees demasiadas novelas.

—Y yo cada vez más convencida de que deberías divertirte aunque sea una vez al año.

—Ya me estoy divirtiendo. Además, no bailo bien.

—Eso lo veremos.

Me levanto antes de que pueda protestar y le tiendo la mano por encima de la mesa.

Él la mira. Después me mira a mí.

—No.

—Sí.

—No pienso humillarme delante de medio pueblo.

—Ewan, ya eres automáticamente el hombre más observado de esta sala.

La comisura de su boca tiembla levemente.

Victoria.

—Cinco minutos —señala al final mientras se levanta—. Y si piso algo, será tu responsabilidad.

—Asumo el riesgo.

Su mano rodea la mía en cuanto llegamos junto a la chimenea.

Al principio se mueve rígido, claramente incómodo, pero después de un par de canciones algo cambia.

Empieza a seguir el ritmo sin pensar tanto. Y yo termino riéndome tanto que me duele el estómago cuando intenta girarme y casi chocamos contra una pareja que nos observa con cara de haber vivido exactamente esta historia hace cuarenta años.

—Tenías razón. Eres pésimo bailando —mascullo entre risas.

—Y aun así has insistido.

—Porque verte intentar parecer serio mientras haces esto es probablemente una de las mejores cosas que me han pasado este año.

Ewan resopla cerca de mi oído.

—El vino te está afectando bastante.

—Y tú estás mucho más guapo de lo recomendable.

La música sigue sonando alrededor mientras el resto del local se difumina poco a poco. Y durante unos segundos tengo la sensación de que podríamos quedarnos atrapados exactamente aquí para siempre.

La canción termina demasiado pronto.

—Creo que necesito aire —suelto con una sonrisa.

—Y agua.

—Eso también.

Volvemos a la mesa todavía riéndonos un poco y el resto de la tarde se desliza de forma extraña y suave entre más vino, música y conversaciones que ninguno intenta terminar demasiado rápido.

Cuando salimos del hotel el sol ya empieza a caer detrás del lago y el aire frío de la tarde se me pega inmediatamente las mejillas.

Ewan me pasa el abrigo antes incluso de que tenga que pedírselo. Otro detalle pequeño que ya empieza a dolerme un poco. Porque mañana se acaba.

Y los dos lo sabemos.