36
Ewan
Bruno duerme completamente estirado frente a la chimenea, agotado después de haber pasado el día entero persiguiendo ramas imaginarias alrededor del lago y recibiendo cantidades ilegales de comida por parte de Ivy.
O, según ella: amor.
Hace unas horas llamamos al pub para avisar a Morag de que el perro se quedaba secuestrado en el castillo hasta nuevo aviso, y Morag respondió algo sobre que Bruno siempre prefería las casas donde había tensión sexual no resuelta y mantas calientes.
No quise profundizar en ninguna parte de esa frase.
Ivy está acurrucada a mi lado bajo una manta, con uno de mis jerséis puesto y una copa de whisky entre las manos mientras observa el fuego como si pudiera quedarse aquí toda la noche sin problema.
Bruno resopla dormido junto a la chimenea y mueve una pata como si estuviera corriendo en sueños. Ella sonríe automáticamente al verlo.
—Está viviendo su mejor vida.
—Porque tú llevas alimentándolo desde esta mañana como si estuvieras preparándolo para cruzar el Atlántico a nado —la regaño en broma.
—Tiene mirada de perro hambriento.
—Tiene mirada de animal que ha descubierto que contigo consigue el triple de comida.
Ella gira un poco la cabeza hacia mí.
—No todo en esta vida tiene que ganarse sufriendo. Y me ha robado de las manos un trozo de jamón ahumado.
Ivy mueve lentamente la copa entre las manos antes de hablar otra vez.
—No pensé acabar así cuando llegué aquí.
—¿Fingiendo que te gusta el whisky? — pregunto, porque la he visto hacer cara rara antes de tragarlo.
—Más bien encariñada de un perro cleptómano, atrapada en un castillo y compartiendo whisky con un hombre que claramente necesita terapia especializada.
Bruno abre un ojo al escuchar perro y vuelve a dormirse inmediatamente después.
—Cuando vuelva a Londres voy a echar muchísimo de menos esto —añade.
Dentro de mí algo se cierra automáticamente antes siquiera de que pueda evitarlo. La veo girarse hacia mí mientras deja la copa sobre la mesa baja.
—¿Qué pasa?
Niego automáticamente. Ella mantiene la mirada fija en mí unos segundos más.
—Ewan —insiste.
Me paso una mano por la nuca antes de mirar otra vez hacia el fuego.
—Es raro acostumbrarme a alguien otra vez.
—¿Hace cuánto que no estabas así con alguien?
—Hace un año. Vivía en Creta entonces. Me pasaba medio año moviéndome entre proyectos cerca del Mediterráneo. Puertos, rehabilitaciones, estructuras antiguas que amenazaban con venirse abajo…
Una sonrisa cansada me cruza la cara.
—Muy metafórico visto ahora —comenta.
—Ella apareció allí con un equipo de arqueología marina. Estaban documentando un naufragio fenicio cerca de la costa.
—¿Y os conocisteis trabajando?
—Su lancha se averió literalmente delante de la zona de obra donde yo trabajaba.
—Eso suena muy cinematográfico.
—Sí. Bastante molesto en retrospectiva.
La lluvia arrecia unos segundos detrás de nosotros.
—Era de esas personas que parecían vivir siempre en movimiento —continúo más bajo—. Como si quedarse quieta demasiado tiempo le hiciera daño corporalmente.
Y ahí vuelve otra vez aquella imagen: el puerto al atardecer, las botas de buceo secándose al sol, sus libros abiertos sobre mi mesa, la sensación de que todo estaba encajando demasiado bien…
—Con ella todo fue muy fácil al principio —admito—. Demasiado fácil. En pocas semanas prácticamente compartíamos la vida entera. Los amaneceres, discusiones sobre mitología griega, planes improvisados…
Suelto una pequeña risa nasal.
—Llegó un momento en que parecía imposible imaginar que aquello pudiera romperse. Luego le ofrecieron dirigir una excavación en Chipre. Dijo que sería un año. Y todavía recuerdo exactamente cómo sonrió al decirlo. Como si la distancia fuera solo un detalle logístico pequeño entre los dos.
—¿Aún estás esperando que vuelva?
—Volvió unos días antes de que yo heredara el castillo —murmuro al final—. Pero ya no para quedarse.
La chimenea cruje suavemente delante de nosotros.
—Traía fotos de excavaciones nuevas, contratos en otros países y entendí algo que probablemente ya sabía desde el principio. Ella no estaba hecha para echar raíces en ningún sitio demasiado tiempo.
—¿La sigues queriendo?
Tardo demasiado en responder.
—No.
Y es verdad. Lo que queda ya no es amor, es otra cosa. Una cicatriz anómala. Y la sensación de haber sido un lugar de paso para alguien que siempre habría terminado mirando el horizonte antes o después.
—Creo que lo que realmente me costó aceptar —continúo— es que algunas personas pueden querer estar contigo… y aun así no elegir quedarse.
Ivy no aparta la mirada de mí.
—Eso no significa que no te quisiera.
—No. Pero sí significa que yo no era suficiente motivo para poner el ancla. Y supongo que desde entonces me acostumbré bastante a vivir tranquilo Sin esperar demasiado de nadie. Heredar esto me vino bien en el fondo para aislarme.
—Ahora entiendo por qué te molestaba tanto que hablara de irme.
—No me molestaba.
—Creo que ya es hora de que dejes de mentir.
—Vale. Sí. Me molestaba.
Ivy recoge un poco más las piernas bajo la manta antes de hablar otra vez.
—Porque ya sabes cómo termina.
—No me gusta sentir que algo depende de otra persona —admito al final—. Y tú empiezas a… complicarme bastante esa teoría.
—Eso es probablemente lo más parecido a una declaración que eres capaz de hacer, ¿verdad?
—Ahora mismo estoy siendo increíblemente valiente.
—Creo que llevas mucho tiempo intentando convencerte de que estar tranquilo es lo mismo que estar bien.
—La paz tiene bastante buena prensa —admito.
—Sí. Pero también puede convertirse en una forma muy elegante de no arriesgar nada nunca más.
Bruno cambia de postura junto a la chimenea soltando un pequeño gruñido dormido.
—¿Y tú? —pregunto al final—. ¿Nunca has elegido la paz y tranquilidad frente a las personas?
—Claro que sí.
Su voz baja apenas.
—Después de mi última relación me volví muy buena fingiendo que no necesitaba demasiado de nadie.
Ella juega distraídamente con el borde de la manta mientras habla.
—Es agotador querer a alguien que siempre consigue hacerte sentir insuficiente de formas pequeñas. Llegó un momento en que empecé a medirlo. Lo que decía. Lo que pedía. Lo que esperaba. Como si necesitar demasiado cariño pudiera convertirse en un problema
—Supongo que ambos somos bastante malos gestionando las emociones de manera sana.
—Habla por ti. Yo soy un desastre perfectamente organizado —reclama.
Ivy me observa unos segundos en silencio antes de hablar otra vez.
—¿Sabes qué es lo peor?
—Probablemente algo que va a empeorarme la noche.
—Que creo que contigo he dejado de sentirme así —confiesa.
—Ivy… —empiezo.
No termino la frase porque ella se mueve antes para acercarse más a mí bajo la manta, mientras sostiene mi mirada.
—No pongas esa cara —musita.
—¿Qué cara?
—La de hombre aterrorizado pero intentando parecer funcional.
La risa se me escapa.
—No tengo esa cara.
—La tienes constantemente.
Niega suavemente con la cabeza antes de añadir, más despacio:
—Y estoy empezando a cansarme de que actúes como si todo lo que sientes fuera una amenaza.
Le aparto un mechón de pelo de la cara lentamente y noto cómo ella deja de respirar un instante antes de inclinarse hacia mí.
El beso llega despacio esta vez. Ivy sube una mano hasta mi cuello mientras yo la acerco más hacia mí sobre el sofá.
La beso otra vez. Y otra. Hay una parte de mí intentando memorizarla antes incluso de perderla.
—Vuelves a pensar demasiado —me suelta.
—Culpa tuya.
—Eso también empieza a ser tu respuesta para todo.
La hago callar besándola otra vez y noto cómo se ríe bajito antes de acomodarse directamente sobre mis piernas.
Sus rodillas se hunden a ambos lados de mis caderas, y de pronto está allí, sobre mí, rodeándome. El peso cálido de su cuerpo es perfecto. Mis manos recorren su espalda con lentitud, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, aunque ambos sabemos que no es así.
Se separa apenas unos centímetros para mirarme. Sus ojos están oscuros, brillantes, y hay algo en ellos que me desarma: ternura mezclada con deseo. Me acaricia la mejilla con el pulgar, un gesto tan suave que duele.
—Entonces déjame distraerte —susurro contra sus labios.
Sus caderas empiezan a moverse en un vaivén suave, rozándose contra mí. Siento cómo se endurece mi erección bajo ella, y el pequeño gemido que se le escapa me enciende todavía más.
Sin prisa, le quito la fina camiseta que lleva puesta.
Mis labios bajan por su cuello, por su clavícula, hasta llegar a sus pechos.
Los beso con devoción, tomándome mi tiempo, saboreando la forma en que su respiración se entrecorta cada vez que paso la lengua por sus pezones.
Ivy arquea la espalda, enredando sus dedos en mi pelo, sosteniéndome contra ella.
La levanto lo suficiente para quitarle el resto de la ropa, y ella hace lo mismo conmigo.
Cuando volvemos a juntarnos, piel contra piel, el contacto es tan intenso que los dos temblamos.
La abrazo fuerte, pegándola a mi pecho, y durante unos segundos solo nos besamos así, desnudos, respirando el mismo aire.
Se coloca mejor sobre mí. Siento su calor húmedo rozando mi erección y tengo que apretar la mandíbula para no perder el control. Ella baja lentamente, tomándome centímetro a centímetro, hasta que estoy completamente dentro de ella.
Los dos soltamos un gemido largo, casi al unísono.
Se queda quieta un momento, mirándome a los ojos.
Sus manos acunan mi rostro con una dulzura que me rompe por dentro.
Empieza a moverse despacio, ondulando las caderas en un ritmo profundo y sensual.
Cada vez que baja, siento que me hundo un poco más en ella, en este sentimiento que ya no puedo nombrar.
—Eres preciosa —le digo en voz baja, casi rota—. Tan jodidamente preciosa…
La beso mientras hacemos el amor. Porque esto no es solo sexo.
Es algo más tierno, más crudo y más bonito al mismo tiempo.
Mis manos recorren su espalda, su cintura, agarrándola con suavidad para acompañar sus movimientos.
Ivy acelera poco a poco, respirando contra mi boca, gimiendo mi nombre entre besos.
Siento cómo se tensa a mi alrededor, cómo su cuerpo empieza a temblar. La sujeto más fuerte, pegándola contra mí, y entierro la cara en su cuello mientras ella se corre con un gemido largo y hermoso, apretándome con fuerza dentro de ella.
Y justo cuando estoy a punto de olvidar mi propio nombre, Bruno ladra. Fuerte. Directamente delante de nosotros.
Da un pequeño respingo sobre mí mientras yo cierro los ojos un segundo con resignación absoluta.
El perro vuelve a ladrar. Esta vez indignado. Como si acabara de descubrir una actividad indecente desarrollándose en el sofá.
—No puede ser verdad —murmuro contra el hombro de Ivy.
Ella empieza a reírse inmediatamente, todavía medio abrazada a mi cuello.
—Creo que lo estamos traumando.
Bruno mueve la cola una vez y vuelve a ladrar.
—Perfecto —resoplo—. Primero las sartenes y ahora el perro.
—Tenemos claramente a los enseres de cocina y a los animales en contra de esta relación.
—Bruno, te hemos dado de comer hoy cuatro veces —le recuerdo al perro—. Esto es una ingratitud absoluta.
El animal responde moviendo la cola otra vez antes de apoyar las patas delanteras sobre el sofá como si quisiera supervisar la situación de cerca.
Ella se ríe más fuerte y acaba escondiendo la cara contra mi cuello.
—Esto es humillante —murmuro.
—Está siendo muy protector contigo.
—Está haciendo de espía del pub —aseguro.
Bruno ladea la cabeza como si acabaran de pillarlo.
—¿Tú crees que sabe abrir puertas?
La pregunta me hace volver la vista hacia ella inmediatamente.
—Espero que no.
—Porque si no, acabamos de perder toda posibilidad de intimidad en este castillo.
—No sabía que esto ya era oficialmente una preocupación para ti.
—Ewan, el perro acaba de interrumpirnos con energía de padre escandalizado.
Bruno vuelve a ladrar una vez, como si quisiera participar activamente en la conversación.
Ivy señala al animal con absoluta solemnidad.
—¿Ves? Nos está juzgando.
—Bruno juzga a cualquiera que no le dé comida constantemente.
Ella sonríe otra vez y noto cómo sus dedos juegan distraídamente con el cuello de mi camiseta mientras me observa más de cerca.
—Entonces seguiremos esto arriba. En una habitación sin espectadores.
La miro unos segundos sin responder mientras la lluvia sigue golpeando los cristales detrás de nosotros y Bruno resopla indignado porque claramente considera que la conversación está tomando un rumbo incorrecto.
—Eres un problema serio —le digo.
—Y tú sigues actuando como si no te gustara.
Ivy me sostiene la mirada unos segundos más antes de besarme otra vez, lenta, tranquila, y noto inmediatamente cómo todo mi autocontrol empieza a desmoronarse con una facilidad preocupante.
Bruno vuelve a ladrar. Suelto aire contra su boca mientras niego con la cabeza.
—Definitivamente nos odia —suelto.
—No. Solo quiere seguir formando parte del grupo. Huyamos a la francesa en cuanto esté distraído.
La risa se le vuelve a escapar entre beso y beso, y el corazón se me encoge un poco al reconocer, que hacía muchísimo tiempo que no me sentía así de vivo por algo tan pequeño.