35
Ivy
El milagro ocurre a las once y cuarto de la mañana.
Sol.
Me quedo quieta frente a una de las ventanas del salón observando cómo la luz cae sobre las montañas y convierte el entorno en un sitio completamente distinto. Tal vez menos embrujado.
—No te emociones demasiado —dice Ewan a mi espalda—. Luego os decepcionáis muchísimo cuando vuelve a llover dentro de veinte minutos.
Está apoyado contra el marco de la puerta con una chaqueta oscura y el pelo todavía un poco húmedo de la ducha
—Déjame vivir este momento —protesto—. Creo que acabo de presenciar un fenómeno atmosférico histórico.
Se acerca despacio y mira también por la ventana.
—Los turistas siempre reaccionáis igual.
—Ya soy ya prácticamente ganado local.
—Todavía pronuncias loch como si estuvieras pidiendo auxilio.
—Vuestro idioma parece diseñado que aborrece las vocales.
—Vamos a salir antes de que cambie el tiempo. Has mirado por esa ventana como una presa recién liberada. Empiezo a sentirme responsable de tu deterioro psicológico dentro del castillo.
—Eso porque no has visto cómo empiezo a hablar sola por las tardes.
—Sí lo he visto.
Lo miro fijamente.
—Así que me espías —lo acuso.
—Más o menos. Venga, vamos a aprovechar la vitamina D natural.
Cuarenta y cinco minutos después caminamos junto al lago con Bruno corriendo varios metros por delante de nosotros completamente poseído por la felicidad, desde que Ewan decidió pasar por el pub solo un momento y Morag interpretó automáticamente nuestra aparición conjunta como material suficiente para construir una boda completa en su cabeza.
—Míralos —ha dicho apoyada en la barra nada más vernos entrar—. Parecéis una pareja que acaba de sobrevivir a una crisis matrimonial pequeña.
—Solo hemos venido a por el perro —ha respondido Ewan con esa paciencia resignada de quien lleva tiempo soportándola.
—Claro, cariño.
Después nos ha puesto dos cafés para el paseo , y ha metido unas galletas para Bruno en mi bolsillo como si fuéramos una familia saliendo de excursión un sábado cualquiera.
Ahora corre junto al agua completamente eufórico mientras el viento mueve mi bufanda y el sol, milagrosamente, sigue resistiendo sobre el lago.
—Vale —admito mientras observo el reflejo de las montañas sobre el agua—. Entiendo por qué hay gente que se marcha de aquí y acaba echándolo de menos muchísimo.
Ewan camina a mi lado con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.
—Eso solo pasa cuando sale el sol. Es propaganda meteorológica.
—Tu país entero parece moralmente inestable.
—No voy a discutir eso.
Bruno vuelve corriendo hacia nosotros, me golpea accidentalmente la pierna con el cuerpo y sigue avanzando como si tuviera asuntos urgentes que resolver en otra parte del lago.
Caminamos unos metros más en silencio y me doy cuenta de que ya no necesito llenarlo constantemente hablando de cualquier tontería. Y viniendo de mí, eso roza el fenómeno paranormal.
—¿En qué piensas? —me pregunta.
Miro el lago antes de responder.
En él. En nosotros. En lo rápido que algo temporal empieza a parecerse a una vida real cuando repites suficientes mañanas pequeñas con la misma persona. La verdad sería demasiado larga. Así que elijo una versión menos suicida.
—En que regresaré a Londres incapaz de respetar cualquier paisaje que no tenga castillos y lagos deprimentes. Mi abuela hablaba mucho de esto —digo casi sin pensar
—¿Era de aquí?
Asiento despacio.
—Aunque llevaba más años viviendo en Londres que en Escocia, seguía hablando de este sitio como si nunca hubiera terminado de irse del todo. Cuando yo era pequeña pensaba que exageraba muchísimo —continúo—. Decía cosas como la lluvia aquí no suena igual o los lagos tienen memoria.
—Eso sí suena bastante Highlands.
—¿Verdad? —sonrío—. Mi madre decía que exageraba porque había leído demasiada poesía escocesa.
—Probablemente ambas cosas sean ciertas.
Me río un poco y vuelvo a mirar el agua.
—Sus padres vivían en una casa pequeña cerca de Inverness cuando era pequeña. O eso contaba siempre. Hablaba de los inviernos de aquí como si fueran una mezcla entre experiencia espiritual y depresión severa.
—Bastante preciso.
—Y de los paisajes… —añado más despacio—. Siempre hablaba de los paisajes como si pudieran hacerte sentir cosas aunque no quisieras.
Permanece callado, tan solo me escucha.
—Decía que las Highlands eran el único lugar donde había sentido que el mundo podía ser enorme y acogedor al mismo tiempo —murmuro—. Supongo que tenía razón —añado.
El viento mueve suavemente la superficie del lago delante de nosotros. Ewan mira alrededor antes de responder.
—La mayoría de la gente de aquí no sabe explicarlo tan bien.
Lo observo de reojo.
—¿Y tú sí?
Él tarda un segundo en contestar.
—Creo que cuando creces viendo esto acabas olvidando que impresiona.
—Pues no deberías.
—Durante un tiempo viví entre Sicilia y alguna isla griega. Empecé ayudando a un amigo en el sur de Italia con algunos proyectos de restauración. Luego llegaron otros proyectos y acabé quedándome allí. Pero siempre he vivido en Glasgow.
Bruno vuelve corriendo hacia nosotros otra vez, feliz y lleno de barro hasta las orejas.
Ewan suspira al verlo.
—Perfecto. Ya ha encontrado alguna forma de arruinarme el coche.
—Yo creo que solo está viviendo su mejor vida.
—Bruno considera mejor vida a cualquier actividad que implique destrucción parcial.
Me echo a reír y el sonido se pierde un poco entre el viento y el agua. Después seguimos caminando junto al lago, más despacio ahora, como si ninguno tuviera demasiada prisa por regresar.
Bruno corre delante de nosotros completamente embarrado y feliz, entrando y saliendo de la orilla con la energía descontrolada de alguien que acaba de descubrir el sentido de la vida en forma de charcos.
—¿Viniste por ella? —me pregunta.
—¿Por mi abuela?
Asiente
—Sí. Cuando murió me di cuenta de que llevaba años escuchando historias sobre este sitio sin haberlo visto nunca realmente.
Y empezó a parecerme extraño. Como si conociera una versión inventada de algo importante para ella, pero no el lugar de verdad.
Quería comprobar por mí misma si exageraba tanto como decía mi madre —continúo sonriendo un poco—.
Aunque empiezo a sospechar que incluso se quedó corta.
—Eso no suele pasar mucho con la gente que habla de Escocia.
—Ya. Pero ella hablaba de esto como si hubiera dejado una parte de sí aquí para siempre. Y siempre he sentido que era la única que me entendía, ya sabes que con mis padres no tengo una relación muy normal.
—A veces pasa.
Lo miro de reojo.
—¿Qué cosa?
—Que te marches de un sitio… y aun así algo siga quedándose aquí.
—¿Y tú? —pregunto más despacio—. ¿Qué parte tuya se quedó aquí de esos veranos que pasaste con tu tío?
Se encoge ligeramente de hombros.
—Todavía estoy intentando averiguarlo.
—Esto se ha puesto peligrosamente profundo para alguien que hace media hora estaba intentando convencerme de que dormir ocho horas seguidas es una pérdida absoluta de tiempo productivo.
—Porque lo es —insiste.
Al final dejamos de hablar de cosas importantes y empezamos a hablar de cosas pequeñas.
De Morag empeñada en darle comida cada vez que pisa el pub como si estuviera intentando prepararlo para un invierno nuclear. De una cafetería perdida cerca de Inverness donde, según Ewan, sirven el peor café de mocca toda Escocia y, al mismo tiempo, los mejores cinnamon rolls del planeta.
—Eso no tiene sentido —protesto.
—Precisamente por eso es tradición local.
—¿Y la gente vuelve?
—La gente aquí desarrolla vínculos emocionales muy raros con el sufrimiento.
Lo miro de reojo.
—Empiezo a notar cierto patrón nacional.
No hace mucho ni siquiera conocía a Ewan MacKenzie. Ahora sé cómo suena su voz cuando acaba de despertarse. Qué cara pone cuando intenta no reírse, y cómo frunce ligeramente el ceño antes de decir algo que en realidad sí le importa.
Y ya empiezo a acostumbrarme a las mañanas lentas y a encontrarlo apoyado en una puerta mirándome como si llevara cinco minutos pensando algo que no va a admitir en voz alta.
Hay algo bastante aterrador en caminar al lado de alguien y darte cuenta, casi sin querer, de que ya estás empezando a preguntarte cuánto lo echarías de menos cuando no esté.
Las primeras gotas empiezan a caer unos minutos después. Tan finas al principio que casi parecen parte de la niebla que ha comenzado a formarse alrededor del lago, hasta que noto una sobre mi mejilla y luego otra aterrizando sobre la manga de mi abrigo.
Ewan levanta la vista hacia el cielo automáticamente.
—Y ahí está —murmura con resignación profesional.
—¿El qué?
—La traición atmosférica habitual.
Sonrío mientras Bruno sigue avanzando unos metros por delante completamente indiferente al cambio de tiempo.
—Igual solo son cuatro gotas.
Me mira como si acabara de decir algo tremendamente ingenuo.
—Eso es exactamente lo que piensa toda la gente antes de acabar empapada en mitad de una tormenta.
El viento cambia y la llovizna empieza a hacerse más constante alrededor de nosotros.
Él silba suavemente para llamar a Bruno antes de volver a meter las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Deberíamos volver antes de que empeore.
—¿Ves? Ahí está otra vez el optimismo escocés.
—Te avisé esta mañana de que el sol aquí nunca dura demasiado.
La frase llega serena, casi distraída. Como un comentario cualquiera, pero haciendo que algo dentro de mí se encoja igualmente.
Por desgracia, entiendo perfectamente que no estoy pensando solo en el tiempo.
«El sol aquí nunca dura demasiado»
Y eso es exactamente lo que somos nosotros. Algo inesperado. Breve. Un paréntesis extraño dentro de dos vidas que no estaban preparadas para encontrarse.
Miro el lago una última vez antes de empezar a caminar otra vez junto a él. La lluvia vuelve el paisaje más deslucido poco a poco, borrando el brillo que el sol había dejado sobre el agua apenas media hora antes.
Y aun así sigue siendo bonito. Quizá incluso más.