33
Ivy
Intento cortar cebolla mientras observo de reojo a Ewan MacKenzie comportándose como un auténtico fóbico social otra vez. Al parecer se confirma que ese es ya su hobby principal: c ortar distancia emocional en juliana fina.
—¿Piensas cocinar o asesinar esas verduras por motivos personales? —indago mientras aparto una sartén del fuego.
Él ni siquiera levanta la vista de la tabla de madera.
—Todavía estoy decidiéndolo.
Respuesta seca, volviendo al minimalismo. Lleva toda la tarde así. De vuelta a esa muralla invisible entre los dos y comprobando desde dentro si resiste.
Quiero derribarla a golpes.
—Podrías relajar un poco los hombros —comento—. Pareces un guardaespaldas cocinando bajo amenaza.
—Estoy relajado.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
—Eso explicaría ciertas exigencias tuyas.
Pongo los ojos en blanco mientras abro una botella de vino.
—Mira, ahí está. Tu personalidad. Empezaba a pensar que había muerto congelada en alguna montaña.
Él deja el cuchillo sobre la tabla antes de girarse hacia mí.
—No estoy haciendo nada raro.
—Acabas de describir exactamente el problema.
Sirvo vino en dos copas y deslizo una hacia él. Ewan la mira como si sospechara que puedo haber echado veneno dentro. Aunque honestamente, después de esta semana, no descarto hacerlo.
—Llevas horas actuando como si hubiéramos firmado un tratado diplomático después de una guerra —vuelvo a iniciar conversación.
—Estamos haciendo la cena.
—Sí. Igual que hacen la cena dos personas que se han besado y luego han decidido fingir una tensión sexual completamente normal y saludable.
Él coge la copa al final y bebe un trago corto antes de responder.
—No todo tiene que convertirse en una conversación eterna.
—Perdona, pero tú conviertes todo en una evacuación mental de emergencia.
Eso sí consigue que me mire directamente y odio muchísimo que sea tan atractivo incluso cuando parece enfadado con toda la humanidad.
Decido volver a centrarme en la sartén para no agarrarlo del cuello, morderle una oreja y borrarle los labios a besos desbocados.
—¿Dónde está la pimienta? —pregunto, indiferente a cómo empieza a palpitarme la entrepierna.
—En el armario de arriba.
Abro el armario equivocado. Después otro y otro más.
—Esto parece diseñado por alguien que odiaba las cocinas prácticas.
—El castillo fue construido en mil ochocientos y algo. Creo que la organización de especias no era una prioridad.
—Pues debería haberlo sido.
Ewan se acerca por detrás antes de que siga desmontando media despensa, e inmediatamente noto el calor de su cuerpo a mi espalda y mi cerebro vuelve a dejar colaborar de manera adulta.
Alarga el brazo por encima de mi cabeza, abre el armario correcto y coge el bote de pimienta sin rozarme siquiera.
—Aquí.
Su voz suena demasiado cerca. Me giro un poco hacia él y durante un instante quedamos atrapados en esa distancia irrazonable donde todo parece arriesgadamente fácil.
Besarlo sería facilísimo.
Y por la forma exacta en que deja de respirar medio segundo, sé que él acaba de pensar exactamente lo mismo.
—¿Vas a hacer esto mucho tiempo? —inquiero mientras cierro el armario de golpe.
—¿Hacer qué?
Suelto una risa breve.
—Esto. Acercarte cinco centímetros y luego comportarte como si fueras un monje en apuros.
—No estoy comportándome de ninguna manera.
—Ewan, llevas todo el puto día mirándome como si besarme hubiera activado una alarma nacional.
Aprieta la mandíbula un instante antes de volver a las verduras.
—Estás exagerando.
—Ah, perfecto. Ya hemos llegado a la fase donde me haces sentir ridícula por notar cosas que claramente están pasando.
—No eres ridícula, no he dicho eso en ningún momento.
—No hace falta. Se te da fenomenal transmitirlo sin palabras.
El silencio cae unos segundos entre nosotros mientras la sartén chisporrotea detrás de mí. Y, por supuesto, cometo el error de seguir hablando.
—Además, tampoco entiendo el drama. Voy a irme en algún momento, no estamos planeando comprar una casa juntos. Vivo en Londres, ¿recuerdas?
El efecto que provoca en él lo que acabo de decir, es inmediato. Ewan deja de cortar. En ese preciso instante donde la cocina parece haberse congelado, lo veo.
El verdadero problema no es el beso. No es la tensión que hay entre nosotros, ni siquiera perder el control y follar como bonobos en algún rincón del castillo. No. Es que esto tiene fecha de caducidad y no quiere crearse expectativas que lo vayan a decepcionar.
—¿Qué? —pregunto más despacio.
Él vuelve a moverse, pero ya es tarde. Ya he visto el cambio exacto en su cara.
—Déjalo.
—¿Cómo que déjalo ? ¿Tú te has visto la cara?
—Siempre estás recordándome que vas a irte.
—Porque voy a irme, Ewan. Vine aquí de paso, ¿o lo has olvidado?
La frase parece irritarlo todavía más. Se aparta y coge la copa de vino antes de responder.
—Exacto. De paso.
Cruzo los brazos mientras lo observo beber como si necesitara tiempo para reorganizar su sentido común.
—Madre mía.
—¿Qué pasa ahora?
—Te estás alejando porque esto empezó a parecerte real.
La carcajada que sale de su boca suena irreal.
—No dramatices. ¿Acaso eres psicoanalista?
—No estoy dramatizando. Estoy viendo cómo entras en pánico en tiempo real.
—No estoy entrando en pánico.
—Claro. Y yo no acabo de verte reaccionar como si hubiera mencionado una bomba en lugar de Londres.
—No todo tiene que significar algo enorme, Ivy.
—¿Y quién ha hablado de enorme? Tú eres el único comportándote como si hubiéramos cruzado la línea del infierno.
—Porque quizá la hemos cruzado.
Respiro hondo mientras niego despacio con la cabeza.
—Eres increíble.
—No sigas por ahí…
—No, explícamelo tú. Porque llevo días intentando entender cómo funciona tu cerebro y honestamente creo que sería más fácil descifrar símbolos antiguos.
Él aparta la vista y hace que me enfade todavía más.
—Te acercas cuando quieres. Me besas como si fueras a perder la cabeza si no lo haces. Luego me evitas todo el día y después pretendes que yo actúe normal.
—Estoy intentando evitar problemas.
—No. Estás intentando controlar algo que ya no controlas y te está saliendo fatal.
Ewan se pasa una mano por la cara antes de soltar aire despacio.
—Porque sigo pensando que no debería haber sucedido.
—¿Sabes qué? Estoy cansada. Porque cada vez que das un paso hacia mí luego actúas como si hubiera sido un accidente catastrófico. Deja de tratarme como si besarme hubiera sido una irresponsabilidad médica.
—Mierda, Ivy. No entiendes lo fácil que sería acostumbrarme a esto —grita.
—Y si es lo que piensas, ¿no crees que debería ser precisamente el motivo para dejar de comportarnos como dos idiotas?
Vuelve a mirarme, muy vulnerable y confundido al mismo tiempo.
—No estoy pidiéndote una promesa vitalicia. Ni una declaración conmovedora bajo la lluvia.
—Gracias a Dios —suspira.
—Lo que digo es que quizá podríamos dejar de actuar como si sentir algo fuera automáticamente una tragedia local.
—Es poco responsable hacer eso.
—Pues mira qué suerte. Me paso la vida siendo responsable. Quiero volverme loca aunque sea una vez en mi vida.
Ewan suelta una risa breve por la nariz y se pasa una mano por el pelo con frustración.
—Lo que planteas es una mala idea.
—Probablemente.
—Y tú te vas en unos días.
—Correcto.
—Y cuando te vayas esto va a convertirse en un problema para mí.
—Hay altas posibilidades.
Da un paso hacia mí.
—Entonces explícame por qué demonios estás tan tranquila —señala.
Lo miro directamente.
—Porque prefiero enfrentarme a un fin de semana complicado antes que pasarme meses preguntándome qué habría pasado si hubiéramos seguido ignorando algo que nuestros cuerpos llevan días pidiéndonos a gritos.
—¿Y cómo quieres solucionar eso? —consulta al final, con la voz más grave.
—Un pacto temporal. Solo un fin de semana —digo encogiéndome de hombros—. Dejamos de pensar tanto. Dejamos de pelearnos con cada cosa que pasa. Y luego… ya veremos.
— Ya veremos es una expresión espantosa.
—Sí, pero muy útil, como a ti te gusta.
Ewan baja la vista hacia mi boca.
Mala señal. Muy mala señal.
—¿Y las normas? —pregunta.
—¿Normas?
—Todo pacto necesita normas.
—Vale… —murmuro fingiendo pensarlo—. Norma número uno: dejas de actuar como si besarme pudiera provocar un colapso económico mundial.
—No prometo milagros.
—Norma número dos: nada de desaparecer emocionalmente después de cada momento mínimamente íntimo.
—Muy concreto todo.
—Porque estoy evolucionando muy rápido en esta convivencia —replico.
—¿Y cuánto dura exactamente este pacto? —consulta acercándose otro paso.
—Hasta el lunes, aunque ya propusimos uno para la convivencia y hemos fracasado estrepitosamente —susurro.
—No somos perfectos —suelta.
—No, pero somos reales y ahí está la gracia.
Ewan sostiene mi mirada y un microsegundo después deja de luchar contra sí mismo. Lo veo clarísimo. La respiración le cambia y la mandíbula deja de estar tan tensa.
Luego murmura:
—Joder.
Después se abalanza sobre mí.
Me besa como si llevara años conteniéndose a la fuerza y acabara de quedarse sin capacidad humana para seguir haciéndolo. Sus manos me sujetan la cintura y mi espalda golpea la encimera lo bastante fuerte como para hacer vibrar las copas.
Claramente, a estas alturas me parece un precio razonable.
—Ewan… —susurro entre besos.
—No hables.
Excelente sugerencia.
Mis manos suben automáticamente a su cuello mientras vuelve a besarme todavía más fuerte. Me levanta de la encimera apenas unos centímetros para acercarme todavía más y yo le tiro del jersey directamente hacia mí mientras él me besa el cuello y destroza mi capacidad de pensar con claridad.
—Llevas días volviéndome loco —murmura contra mi piel.
—Eso es porque eres alérgico al apego.
Él suelta una risa breve antes de volver a besarme.
Su lengua se enreda con la mía y gimo dentro de su boca, incapaz de contenerme.
Siento cómo sus manos bajan por mi espalda hasta agarrarme el culo con fuerza, apretándome contra su erección.
Está duro. Muy duro. Y ese hecho me enciende todavía más.
—No digas nada —gruñe, mordiéndome el labio inferior—. Solo siénteme.
Me levanta por completo. Mis piernas rodean automáticamente su cintura mientras me lleva hasta la mesa grande.
Me sienta sobre ella sin cuidado y, en un solo movimiento, me quita la sudadera por la cabeza.
Sus ojos recorren mis pechos como si fueran algo sagrado y delicado al mismo tiempo.
Se lanza a besarlos, chupando y mordiendo con ganas, mientras sus dedos se cuelan bajo mis pantalones y apartan mi ropa interior a un lado.
Cuando me toca, estoy empapada.
—Joder, Ivy… —susurra con voz ronca, deslizando dos dedos dentro de mí sin aviso. Arqueo la espalda y suelto un gemido largo, agarrándome a sus hombros.
Sus dedos entran y salen con un ritmo perfecto mientras su boca devora mis pechos. Cada vez que roza ese punto dentro de mí, me tiemblan las piernas.
Quiero más. Lo quiero todo.
Tiro de su jersey hacia arriba y él se lo quita de un tirón. Mis manos recorren su pecho, sus abdominales, bajando hasta el borde de su pantalón. Lo desabrocho con dedos torpes por la urgencia y meto la mano dentro. Está caliente, grueso y palpita contra mi palma.
—Quiero sentirte dentro —le suplico casi sin aliento.
Ewan suelta un sonido gutural. Me baja de la mesa solo un segundo para quitarme los pantalones y la ropa interior de un tirón. Me da la vuelta sin delicadeza, inclinándome sobre la mesa. Siento su pecho contra mi espalda, su boca en mi nuca.
—¿Estás segura? —pregunta con voz áspera, pero sé que está a punto de perder el control.
—Sí. Por favor…
Entra en mí de un solo empujón profundo. Los dos gemimos al mismo tiempo. Durante unos segundos se queda quieto, temblando, como si estuviera intentando no correrse ya. Luego empieza a moverse.
Fuerte. Rápido. Profundo.
Cada embestida me empuja contra la mesa. Mis pechos se aplastan contra la madera fría mientras él me folla con una intensidad que me hace ver estrellas. Una de sus manos se enreda en mi pelo, tirando ligeramente hacia atrás, la otra aprieta mi cadera con fuerza.
Primero llega el olor. Después el chisporroteo sospechoso. Y finalmente una llamarada aparece detrás de nosotros desde la sartén abandonada sobre el fuego.
—¡Fuego! —grito girando la cabeza.
Ewan se aparta lo justo para mirar la cocina que parece haber decidido unirse activamente al desastre.
—Perfecto —gruñe pasándose una mano por la cara—. Nuestro nuevo pacto dura exactamente siete minutos y ya hemos provocado un incendio.