El heredero más imposible de Escocia 31
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​​ Ewan

El trayecto de vuelta se llena de una quietud extraña, de esas que no resultan incómodas hasta que empiezas a notar todo lo que se está evitando decir dentro de ellas.

Ivy está con la frente pegada a la ventanilla desde que salimos del pub, observando la lluvia deslizarse sobre el cristal mientras las luces de la carretera se deforman en reflejos largos y temblorosos sobre el asfalto mojado.

Yo conduzco con la vista fija al frente, demasiado pendiente del volante y de cualquier cosa que me permita no pensar demasiado en la conversación de hace unos minutos.

Es inútil.

Sigo escuchando su voz dentro de mi cabeza diciendo el lunes ya tendré el coche con una naturalidad que me ha dejado completamente descentrado.

Como si irse fuera simplemente el siguiente paso lógico. Como si estos días hubieran sido una pausa agradable y nada más. Como si ella no hubiese ido ocupando espacio aquí de una manera tan gradual que ni siquiera me di cuenta de cuándo empezó a pasar.

—¿Todo bien? —pregunta de pronto.

—Sí.

Ella gira ligeramente la cabeza hacia mí.

—Vale. Pues tienes cara de estar manteniendo una discusión interna bastante agresiva.

—Estoy cansado.

—No —su voz sale más suave esta vez—. Estás enfadado.

Me tenso de golpe porque ya no sé cómo esconder ciertas cosas cuando ella me mira así.

—No todo gira alrededor de ti, Ivy.

Veo cómo aparta la vista hacia la ventanilla de nuevo, y el arrepentimiento llega tan rápido que casi da rabia.

—Eso es bastante desagradable.

Aprieto la mandíbula.

—No era eso lo que quería decir.

—Pues deberías empezar a pensar un poco más antes de hablar.

No lo dice enfadada, más bien herida. Y es justo donde termina de joderme vivo.

Porque lo que realmente me está destrozando desde hace horas no es ella. Es la forma tan serena que usa para hablar de irse, de convertir estos en un accidente raro y no algo que ya se me ha metido debajo de la piel.

Entramos por fin en el camino del castillo. Las luces del vehículo iluminan la fachada de piedra mientras nos detenemos frente a la entrada principal.

Ella se quita el cinturón enseguida. Abre la puerta antes de que me dé tiempo a decir nada más y la veo cruzar el patio envuelta en el abrigo, subiendo hacia la escalera principal sin mirar atrás.

Algo dentro de mí se fragmenta de golpe y salgo del coche.

—Ivy.

Ella sigue caminando, pero consigo alcanzarla justo antes de subir un peldaño más y la sujeto del brazo, no fuerte, solo lo suficiente para detenerla.

Ella se gira inmediatamente hacia mí.

—¿Qué?

Sigue molesta y, yo estoy demasiado cerca. Puedo notar el aire frío sobre su piel. La respiración rápida después de caminar deprisa. El olor de su pelo mezclado con la lluvia y el ambiente del pub.

.—Ivy… joder, yo…

Ella niega despacio con la cabeza.

—No hace falta que lo arregles ahora.

Intenta soltarse. Tira pacíficamente del brazo. Yo no la suelto a tiempo. Ella levanta la cabeza para decir algo más, pero las palabras nunca llegan. Y yo ya no puedo más.

El espacio entre nosotros desaparece en menos de un segundo. Mi mano se desliza por su nuca, atrayéndola hacia mí, y la beso.

No es un beso suave ni cuidadoso. Es el beso de alguien que ha estado mordiéndose la lengua, apretando los puños, fingiendo que no la miraba cada vez que entraba en una habitación..

El impacto me sacude como un relámpago.

Calor. Frío. Un latido brutal en el pecho. Mi mano se hunde en su cintura como si tuviera miedo de que se desvanezca. Ivy suelta un sonido ahogado contra mis labios, mitad sorpresa, mitad rendición y sus dedos se aferran con fuerza a las solapas de mi abrigo, arrugando la tela mojada.

Ella me besa de vuelta. Lo hace como si también hubiera estado muriéndose por esto. Como si cada mirada robada, cada roce accidental, cada palabra no dicha entre nosotros hubiera sido solo el preludio de este momento.

De pronto todo deja de sentirse como un error. Deja de sentirse como algo prohibido y se convierte en algo que tenía que pasar. Inevitable. Casi sagrado.

La acerco más, hasta que no queda espacio entre nosotros.

Su cuerpo encaja contra el mío de una forma tan perfecta que duele.

Siento el temblor de su respiración, el calor de su boca, el sabor leve de la inclemencia en sus labios.

Mis dedos se deslizan por su espalda, memorizando cada curva, cada respiración entrecortada.

El mundo se reduce a esto: al latido desbocado de su corazón contra el mío, y la forma exacta en que sus dedos se enredan en mi nuca como si tampoco quisiera soltarme jamás.

Cuando se aparta, lo hace temblando. Sus labios están hinchados, sus ojos brillantes y asustados. Respira con dificultad, igual que yo. Sus dedos siguen aferrados a mis solapas, como si su cuerpo aún no hubiera recibido la orden de separarse.

Nos miramos en silencio, y en sus ojos veo el mismo pánico que siento yo: la certeza de que acabamos de cruzar una línea.

—Buenas noches, Ewan… —su voz sale frágil, al punto de quebrarse.

Se da la vuelta y sube hacia la puerta sin mirarme. Cada paso que da me duele en el pecho. La puerta se cierra tras ella con un sonido suave y definitivo.

Yo me quedo allí, bajo la lluvia fría, con las manos aún sacudido por el impacto y el sabor de su boca grabado en los labios. El corazón me late tan fuerte que parece querer salirse del pecho.