30
Ewan
Ivy me está agarrando del brazo para arrastrarme hacia una mesa libre junto a la ventana del pub.
Todo esto ha sido idea suya, por supuesto.
Lleva insistiendo desde después de cenar en que: una noche tranquila de música no puede matarte y, sinceramente empiezo a sospechar que subestima muchísimo mis problemas actuales de autocontrol.
Porque pasar más tiempo con ella ya está empezando a tener efectos bastante cuestionables sobre mi estabilidad mental.
Y física. Especialmente física.
La veo quitarse el abrigo mientras se sienta frente a mí, todavía sonriendo por algo que ha pasado fuera, y tengo que apartar la vista un segundo hacia el vaso vacío de la mesa para reorganizarme un poco el cerebro, porque ella parece completamente ajena al desastre hormonal mudo que está provocando.
Hay varias mesas ocupadas y ese calor espeso y acogedor que siempre parece concentrarse dentro del local en cuanto cae el frío fuera. Morag levanta la cabeza desde el otro extremo de la barra nada más vernos entrar y sonríe inmediatamente.
—Mira quién ha decidido volver al mundo civilizado —grita—. Ya empezaba a pensar que el castillo os había absorbido.
—A mí todavía me quedan esperanzas de escapar —responde Ivy recolocándose en la silla.
—Tú sí. Él lleva cara de fantasma permanente desde hace tiempo. —Me señala con un dedo.
—Buenas noches para ti también, Morag.
Ella sonríe satisfecha y desaparece hacia el otro lado del pub antes de que seguir atacándome verbalmente.
—La gente aquí te quiere muchísimo —suelta Ivy.
—La gente aquí tiene un sentido del humor raro.
—Eso no explica por qué todos disfrutan tanto picándote.
—Porque eres una mala influencia.
Morag vuelve con dos vasos de cerveza negra y los deja frente a nosotros.
—Invita la casa.
—Eso suena alarmante —murmura Ewan.
—Solo intento fomentar vuestra escandalosa y lenta tensión sexual.
—No te pases —le advierto.
—¿Qué? Tengo edad suficiente para decir lo que pienso. Ya no temo a Dios ni a las consecuencias.
—Voy a dar una vuelta —anuncia Ivy.
Tarda exactamente cuatro minutos en ponerse a hablar con un hombre que nunca he visto, otros dos en hacer reír a Callum y menos de media pinta en conseguir que una pareja de la mesa del fondo le recomiende rutas por Skye como si fueran amigos de toda la vida.
Aparece otra vez a mi lado después de hablar con medio local y me da un pequeño golpe con el hombro al sentarse de nuevo.
—Morag acaba de decirme que eras un adolescente insoportable.
—Eso es imposible.
Levanta una ceja.
—¿El qué? ¿Lo de insoportable?
—Lo de adolescente. Apenas pasé aquí uno o dos veranos con mi tío.
Morag aparece justo en ese momento.
—Te daba tiempo de sobra a ser insoportable igualmente.
—Así que ya apuntabas maneras desde pequeño —Ivy se ríe.
—No era para tanto.
Morag se me marca con un paño.
—Con quince años desmontó media moto en el la plaza porque estaba convencido de que el mecánico del pueblo no sabía escuchar el motor.
Ella gira lentamente la cabeza hacia mí.
—Por favor, dime que eso es verdad.
—El mecánico era un inútil— suelto con resignación.
—Y además modesto —añade Morag.
La risa vuelve a escapársele a Ivy, más abierta esta vez, y yo cometo el error de quedarme mirándola embelesado un rato antes de apartar la vista hacia el vaso otra vez.
El problema es que ya ni siquiera me doy cuenta inmediatamente de que estoy haciéndolo.
Callum aparece junto a nosotros con otra cerveza y se queda ahí con nosotros con el sosiego de quien lleva toda la vida viendo pasar las mismas conversaciones en el mismo pub.
—¿Entonces al final vas a Skye?
Ivy gira el vaso entre las manos.
—Puede ser. Todavía estoy improvisando bastante.
—Te gustará —indica él—. Aunque después de unos días aquí, cualquier sitio te va a parecer muy emocionante.
Ella sonríe un poco.
—Eso dependerá de cuánto tiempo sobreviva a otra semana de humedad y calefacción bipolar.
—La calefacción funciona perfectamente.
—Ewan, un día me desperté convencida de que había muerto durante la noche.
Callum empieza a reírse. Yo voy a responder algo cuando ella añade, casi distraída:
—Aunque bueno… tampoco me queda tanto tiempo sufriéndolo.
Hasta ahora el lunes se había desvanecido y convertido solo en una idea vaga. Algo pendiente. Pero escucharla hablar de irse como un hecho hace que todo parezca mucho más cercano de repente. Como si de pronto el tiempo se hubiese vuelto demasiado concreto.
—El lunes ya tendré el coche —continúa mientras juega con el posavasos—. Así que por fin dejaré de invadir la casa. Seguro que Ewan recupera enseguida su vida triste y silenciosa —añade Ivy con una sonrisa pequeña.
—No era triste.
—Vives solo en un castillo enorme hablando con tuberías.
—Las tuberías no dejan libros abiertos por todas partes.
Suelto la frase de manera seca, y ella levanta la vista despacio. Callum mira su cerveza con muchísimo interés de repente. Y Morag directamente deja de fingir.
—Uy —murmura.
Me paso una mano por la nuca.
—No iba por ahí.
Mentira.
Porque sí iba exactamente por ahí. Ivy mantiene los ojos fijos en mí un segundo más antes de dejar el vaso sobre la mesa.
—Voy al baño un momento.
Asiento sin mirarla. En cuanto desaparece hacia el pasillo del fondo, Morag me golpea el brazo.
—Compórtate.
—¿Qué he hecho ahora?
—Llevas toda la noche mirándola como si estuvieras a dos segundos de besarla o enfadarte con ella. A veces no tengo claro cuál de las dos cosas quieres más.
Callum se atraganta riéndose.
—Estáis perdiendo facultades todos —indico con cierto hastío.
—Y tú llevas días fingiendo que esa chica no te ha puesto la vida patas arriba.