El heredero más imposible de Escocia 29
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​​ Ivy

El trayecto transcurre en un silencio tranquilo.

Apoyo la cabeza contra la ventanilla antes de mirarlo de reojo.

Conduce con una mano sobre el volante y la atención fija en la carretera, aunque de vez en cuando hace algún gesto con la boca, como si estuviera pensando en algo que no termina de enlazar.

—Por cierto —comento al cabo de un rato—, anoche me estabas observando.

Ewan tarda exactamente dos segundos en responder.

—No.

—Sí.

—No. —Exhala despacio antes de cambiar ligeramente la posición de la mano sobre el volante—. Levantaba la vista de vez en cuando.

—Qué casualidad que siempre coincidiera cuando yo también levantaba la mía.

—Hacías ruido con las páginas.

—Esa es probablemente la peor excusa que he oído en mi vida —defiendo.

De pronto lo veo con claridad. No es solo que Ewan sea atento. Es la forma en cómo lo hace. Como si ciertos gestos le salieran antes incluso de decidirlos. Antes de que esa parte hosca suya tenga tiempo de disfrazarlos de indiferencia.

Echo la vista la manta doblada en el asiento trasero.

—También has traído eso sin decirme nada.

—Porque luego dices que tienes frío.

—Eso no responde realmente a la pregunta —insisto.

—Entonces no hagas preguntas raras.

Sonrío un poco, ya soy incapaz de evitarlo.

—Y ayer subiste la calefacción.

—Hacía frío.

—Y quitaste todas las herramientas del pasillo.

Aparta un segundo la vista de la carretera para mirarme fugazmente.

—Porque casi te matas dos veces por la mañana. Y… era una de las normas que puse y me la salté deliberadamente.

—Menos mal que lo reconoces.

La lluvia resbala suavemente por el parabrisas mientras vuelvo a mirar al frente para ignorar el hecho de que noto el calor de su brazo cada vez que cambia de marcha. Mi cuerpo ha dejado de verlo como una invasión hace días. Sospecho que él tampoco sabe muy bien qué hacer con eso.

***

El supermercado está bastante lleno para ser jueves por la mañana. Él empuja el carro mientras yo voy dejando cosas dentro que observa con creciente desaprobación sigilosa.

—¿De verdad necesitas tres tipos distintos de té? —interroga al ver otra caja desaparecer entre las bolsas de pasta.

—Claro.

—Todos saben igual.

Me giro lentamente hacia él.

—Eso no se le puede decir a una londinense.

—Solo digo que hervís agua y fingís personalidad alrededor de una hierba amarga.

—Ahora mismo estás muy cerca de provocar un incidente diplomático.

Ewan hace la compra exactamente igual que arregla el castillo. Con concentración irracional.

Va colocando las cosas por tamaños dentro del carro, recoloca dos veces una bolsa de patatas porque así no aplasta el pan y revisa etiquetas con una seriedad innecesaria para alguien que vive prácticamente aislado en mitad de las montañas.

—Eres consciente de que organizas un carro de supermercado como si estuvieras preparando una operación militar, ¿verdad?

—Hay una lógica.

—Eso da más miedo aún.

Él niega ligeramente con la cabeza mientras coge una caja de cereales del estante superior. Yo voy a coger otra al mismo tiempo y termino chocando contra su brazo al acercarme demasiado. Es solo un golpe torpe, pero el movimiento hace que me quede mucho más cerca de él de lo que esperaba.

El olor limpio de su jersey…

—Este sabe menos a cartón —murmura.

Asiento despacio, aunque no estoy mirando los cereales ya, más bien controlando la electricidad que recorre mi cuerpo para no electrocutarme viva.

—Voy a pagar la compra —indico cuando llegamos a la caja.

—No hace falta.

—Claro que hace falta.

—Te estás quedando en mi casa, eres mi invitada.

—Por eso mismo quiero pagarla. No quiero abusar de ti.

De esa forma. De otras no tengo dudas.

Saco la tarjeta y él me la quita de la mano antes de que pueda acercarla al datáfono.

Lo miro indignada.

—Acabas de robarme delante de una cajera.

—Y tú conviertes cualquier trámite sencillo en una negociación seria.

La cajera intenta disimular que está escuchando.

Termino guardando la tarjeta mientras paga y empieza a meter las bolsas en el carro con eficacia.

Después, ya en el aparcamiento, cierra el maletero mientras yo me quedo quieta unos segundos mirando alrededor sin prestar demasiada atención a nada concreto.

Todo esto tiene fecha de caducidad. Y empiezo a odiar bastante saberlo.