28
Ivy
Algunas casas tienen la mala costumbre de hacerte sentir bienvenida justo antes de que recuerdes que no vas a quedarte.
Lo pienso mientras bajo las escaleras todavía medio dormida y escucho ruido en el vestíbulo.
No un ruido preocupante. Simplemente es… Ewan.
Lleva toda la semana arreglando cosas y, ahora mismo, parece estar peleándose con un panel de madera abierto junto a la escalera principal.
Me detengo antes de bajar el último tramo y lo observo un instante sin que se dé cuenta.
Está de espaldas, remangado hasta los codos, concentrado en la bisagra que tiene entre las manos.
La luz que entra por las ventanas altas del vestíbulo marca apenas el perfil de sus brazos mientras trabaja con paciencia obsesiva.
La escena empieza a resultarme demasiado fácil de mirar. Hay algo profundamente masculino en verlo así, ocupado en arreglar cosas, frunciendo apenas el ceño cuando algo no encaja a la primera. Y el verdadero problema es que ya no me parece una imagen ajena.
Qué bueno está.
Anoche tuve exactamente la misma sensación en la sala de estar principal, sentada frente a él mientras fingía revisar presupuestos y me observaba por encima del portátil cada vez que creía que no iba a pillarlo.
La primera vez que levanté la vista y descubrí que me estaba observando por encima del portátil pensé que había sido casualidad. La tercera empezó a hacerme gracia. La quinta dejó de parecerme graciosa y empezó a hacerme sentir algo mucho más raro.
—¿Vas a quedarte ahí arriba observándome mucho rato? —pregunta sin girarse.
—No te estaba observando. —Bajo el resto de las escaleras intentando parecer una persona normal y no alguien a quien acaban de pillar mirando demasiado a un hombre con una caja de herramientas— .¿Qué estás arreglando ahora?
Ewan mueve ligeramente la bisagra antes de responder.
—Un panel que lleva años torcido.
—Hay muchísimas herramientas para una simple puertecilla.
—Las herramientas sirven para más cosas además de decorar talleres.
Me agacho un poco para mirar mejor lo que está haciendo y él aparta automáticamente un destornillador del borde de la escalera antes de que pueda acercarme demasiado.
Ni siquiera interrumpe lo que hace. Simplemente lo mueve a un lado. Como si de verdad estuviera pendiente de evitar que me golpee, tropiece o me haga daño con algo. Y quizá precisamente eso es lo que más me perturba de él. Nunca convierte esos gestos en algo importante. Simplemente le salen.
—¿Has desayunado? —consulta mientras ajusta uno de los tornillos.
—Todavía no.
—He dejado pan descongelándose en la cocina.
La frase me hace mirarlo un segundo más de la cuenta porque la dice con total normalidad. Como si fuera lógico acordarse de esas cosas.
—Eso ha sonado muy considerado para alguien que amenaza libros antiguos.
Recoloca el panel antes de responder.
—Solo intento evitar que te alimentes exclusivamente de zumo y galletas otra vez.
No puedo evitar sonreír un poco mientras me apoyo contra la barandilla.
—Cada día das más sensación de señor divorciado que vive pendiente de si la gente ha comido.
—Y tú das la sensación de olvidar que las personas necesitan alimentarse varias veces al día.
—Eso es exagerado.
—Ayer almorzaste media naranja y una tostada.
Frunzo ligeramente el ceño.
—No me gusta que recuerdes ese tipo de detalles.
—Pues deja de hacer cosas memorables.
La respuesta me deja callada un segundo Él parece darse cuenta de lo que acaba de decir, porque vuelve inmediatamente a la puerta como si la bisagra hubiera pasado a ser el asunto más importante del mundo.
Me dirijo hacia la cocina, intentando ignorar esa sensación cálida y torpe que acaba de instalarse en algún sitio entre el estómago y la garganta.
Te pone, reconócelo.
Una hora después estoy sentada en el suelo de la suite con una espátula llena de masilla en la mano.
La pared frente a mí ya no parece salida de una película de terror. Sigue teniendo grietas, sí, pero ahora al menos parecen grietas con intención artística.
Ewan diría que eso no significa nada. Yo diría que claramente estoy desarrollando habilidades de restauración histórica y que deberían empezar a respetarme más en este castillo.
Estoy inclinándome para alisar otra esquina cuando escucho pasos acercándose por el pasillo. Levanto la vista justo cuando aparece en la puerta.
Se queda observando la pared unos segundos. Después me observa a mí y luego vuelve a mirar la pared.
—Has dejado esto bastante mejor.
La frase me pilla tan desprevenida que tardo un momento en reaccionar.
—Gracias, supongo.
Ewan pasa el dedo por una de las juntas todavía húmedas y asiente apenas para sí mismo.
—No está mal.
No debería estar gozando tanto por escuchar eso. Sin embargo, estoy, altamente satisfecha porque el hombre más crítico de las Highlands acaba de aprobar una pared que he arreglado yo misma.
Dejo la espátula sobre el plástico protector del suelo y me llevo una mano al pecho.
—Qué bonito. Cada día confías más en mí.
—No exageres. Sigo dudando de tus capacidades básicas de supervivencia.
Me aparto un mechón de pelo de la cara dejando sin querer una pequeña mancha blanca en la mejilla.
Ewan la mira inmediatamente.
—¿Qué? —pregunto.
Niega con la cabeza antes de apartar la vista.
—Nada.
Mentiroso.
—Bueno —añade apoyándose un instante en el marco de la puerta—, tenemos que ir al pueblo grande de al lado.
—¿Tenemos? Pensaba que por fin habías decidido dejarme trabajar sin supervisión.
—No es supervisión. Es prevención de desastres.
—Eso sigue sonando ofensivo.
—Y bastante realista.
Entorno los ojos mientras vuelvo a coger la espátula.
—Puedo quedarme aquí perfectamente.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Hay que hacer la compra. Y necesito materiales para terminar la escalera del ala oeste.
—Ah. Así que solo soy mano de obra gratuita.
—Exacto.
No le creo ni un poco. Porque hace apenas dos días no me habría dejado tocar una pared sin vigilarme como si fuera capaz de atravesarla accidentalmente con una herramienta eléctrica y, hoy me ha dejado sola en una habitación con masilla, pintura y acceso potencial a decisiones importantes.
Eso, viniendo de él, prácticamente cuenta como un acto de fe entusiasta.
Me levanto del suelo sacudiéndome un poco el pantalón.
—Voy a cambiarme.
Asiente, aunque antes de salir vuelve a mirarme un segundo más de la cuenta. Concretamente la cara.
—¿Qué pasa?
—Tienes masilla ahí.
Automáticamente intento limpiarla con la mano equivocada y termino empeorándolo bastante. Él resopla por la nariz antes de acercarse un paso.
—Déjalo.
Ewan levanta la mano y me limpia la mejilla con el pulgar.
Mi cerebro decide dejar de funcionar exactamente el tiempo suficiente para notar demasiado: el calor de sus dedos, la cercanía, y el hecho de que no aparta la mano inmediatamente.
Joder.
—Ahora sí —murmura, aclarándose la voz—. Ya no pareces una restauradora poseída.
—Gracias…
Ewan asiente una sola vez antes de girarse hacia el pasillo otra vez.
—Cinco minutos, Ivy.
Y desaparece antes de que pueda responder nada coherente. Me quedo en mitad de la habitación, con la espátula todavía en la mano y la sensación embarazosa de que el aire acaba de cambiar ligeramente de densidad.
Algo que empieza a pasar demasiado a menudo cuando está cerca.