El heredero más imposible de Escocia 27
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​​ Ewan

Llevo exactamente siete minutos intentando revisar el mismo presupuesto. No porque no lo entienda, más bien por Ivy.

Está sentada en el suelo del salón, junto a una de las estanterías bajas de la biblioteca, rodeada de libros abiertos como si alguien hubiera dejado entrar a una estudiante caótica en una mansión del siglo XVIII.

Tiene una manta sobre las piernas, el pelo medio recogido de cualquier manera y una expresión de absoluta concentración mientras hojea un volumen antiguo con las páginas amarillentas.

El problema no es que hable. El problema es que cuando deja de hacerlo, acabo levantando la vista automáticamente para comprobar qué está haciendo.

Perfecto.

—¿Sabías que este castillo tiene una obsesión rarísima con la tragedia? —pregunta de pronto sin mirarme.

—Creo que acabas de describir Escocia entera.

—No, escucha esto. —.Se aclara la garganta exageradamente antes de empezar a leer: —«Y entonces el joven heredero juró no volver a amar jamás».

Cierro los ojos un segundo.

—Voy a quemar ese libro mientras duermes.

—Eso sería un crimen histórico.

—O sentido común.

Ella sonríe antes de pasar otra página. El fuego de la chimenea crepita suavemente al fondo mientras intento volver a los números.

Y digo intento, porque noto perfectamente cuándo Ivy cambia de postura en la alfombra, cuándo se recoloca la manta o cuándo encuentra algo que le parece irracional y está a punto de comentarlo.

Empiezo a anticiparla demasiado. Y esto empieza a tocarme bastante las narices.

—Antes esta casa daba más miedo —dice de pronto.

Levanto la vista del portátil.

—¿Perdón?

Ella se encoge ligeramente de hombros sin apartar los ojos del libro.

—Ahora hay libros abiertos, mantas fuera de sitio y luz encendida hasta tarde. Antes parecía una de esas casas donde alguien desaparecería misteriosamente en el primer capítulo.

Miro alrededor casi por inercia. Y muy a mi pesar, entiendo exactamente lo que quiere decir.

—Eso suena bastante a crítica decorativa otra vez.

—Tan solo es una observación objetiva.

—Claro. —Pasa otra página lentamente—. Tú también lo has notado.

—Solo hay más trastos por medio.

Vuelvo al presupuesto durante casi un minuto entero hasta que escucho un pequeño golpe sordo. Acaba de dejar el libro abierto boca abajo sobre la alfombra y ahora me observa con la barbilla apoyada en la mano.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Esa cara nunca significa nada.

—Estaba pensando que eres bastante menos antipático cuando no intentas activamente serlo.

Resoplo por la nariz.

—Qué alivio. Empezaba a preocuparme mi reputación.

—No, lo digo en serio. —Juega distraídamente con la esquina de la manta—. Al principio pensé que eras una de esas personas que disfrutan siendo desagradables por hobby . Pero ahora creo que solo llevabas demasiado tiempo viviendo solo.

Ella parece darse cuenta de lo que acaba de decir, porque aparta los ojos hacia el libro casi inmediatamente.

—¿Y tú qué sabes de vivir sola? —pregunto al cabo de unos segundos.

—Lo suficiente. — Se encoge un poco de hombros.

Ivy termina levantándose del suelo con el libro en la mano y cruza el salón descalza antes de dejarse caer en el sofá frente a mí. Se acomoda de lado sin ninguna ceremonia, se tapa hasta la cintura con la manta y sigue leyendo como si yo no estuviera allí.

La observo un instante por encima de la pantalla. La manta enrollada alrededor de las piernas. El libro abierto sobre el pecho. La luz cálida de la chimenea moviéndose sobre su cara.

Joder, qué guapa es.

Vuelvo al portátil justo cuando ella resopla otra vez contra alguna tragedia literaria. Entiendo qué era lo que Ivy intentaba decir antes. Y, aunque me joda admitirlo, la idea de volver al silencio absoluto me parece una mierda.