26
Ivy
Hay una diferencia importante entre imaginar que algún día te irás de un sitio y descubrir, de pronto, la fecha exacta en la que eso ocurrirá.
Ewan revisa unos papeles que claramente dejó de leer hace varios minutos. Lo noto en la forma en que pasa las páginas sin mirar realmente lo que tiene delante, igual que noto el silencio extraño entre nosotros desde que Callum confirmó que el coche estará listo el lunes por la tarde.
Al final, deja los documentos sobre la mesa y se reclina en la silla.
—Así que el lunes. —Asiente despacio, fingiendo una indiferencia que no termina de sostener demasiado bien.
Mentiroso.
—Bueno —apunta después, cruzándose de brazos—. Por fin voy a librarme de ti.
—Qué bonito —murmuro, llevándome una mano al pecho—. Casi se me saltan las lágrimas.
—Has convertido mi cocina en una extensión de tu salón.
—Eso no es verdad.
—Esta mañana había una pinza de pelo tuya dentro de la tostadora.
Parpadeo.
—No pienso investigar cómo ha llegado ahí porque temo descubrir algo sobre mí misma que no quiero saber.
La comisura de su boca se mueve escasamente. Muy poco, pero suficiente para que lo detecte. Ya he aprendido a reconocer cuándo está intentando no reírse.
—Además —continúa mientras ordena distraídamente los papeles en una pila alineada—, llevas dos días criticando mi café, mi calefacción y hasta los colores de pared.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
—El castillo ha sobrevivido siglos sin tus opiniones estéticas.
—Sí —replico—, pero tampoco parece que le haya ido especialmente bien.
Deja escapar aire por la nariz, esa especie de risa silenciosa que últimamente le aparece más a menudo cuando está conmigo.
Me aparto un mechón de pelo detrás de la oreja antes de mirarlo otra vez.
—Pues para que lo sepas, yo también tengo ganas de irme.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Sí—murmura él, echándose hacia atrás en la silla—. Se te nota muchísimo. Esa mirada nostálgica resulta muy creíble.
Entorno los ojos.
—Tu tono es irritante —protesto.
—Y tú eres incapaz de fingir según qué cosas.
Cojo una cucharilla de azúcar y se la lanzo sin demasiada fuerza. Rebota contra su brazo antes de caer sobre la mesa. Él baja la vista hacia el proyectil y luego vuelve a mirarme.
—Muy madura.
—No provoques a gente cansada.
Ewan termina por apartar los papeles definitivamente y apoya los antebrazos sobre la mesa antes de hablar otra vez.
—¿Y qué harás cuando te entreguen el coche?
Me doy un par de golpecitos con el dedo en la barbilla mientras pienso la respuesta.
—Seguir mi viaje, supongo.
—¿Sin rumbo concreto?
—Eso forma parte del encanto.
—Suena poco alentador para mí.
—Lo dice el hombre que vive solo en un castillo peleándose con instalaciones.
—Los conductos al menos no toman decisiones impulsivas y luego las convierten en un estilo de vida.
No puedo evitar soltar una pequeña risa.
—Qué manía tienes de hacer que mi vida suene como un documental preocupante.
—Porque empiezas a darme material para ello —anuncia y se queda tan pancho.
Entorno los ojos, aunque noto algo pesadamente cálido moviéndose bajo toda esa conversación absurda.
Miro alrededor casi sin pensar: las muestras de pintura desperdigadas sobre la mesa, las herramientas junto a la puerta, el sonido constante de la lluvia al otro lado de las ventanas.
No quiero irme todavía.
La idea llega tan clara que me crispa un poco.
Porque esto no es mi vida real. Mi vida real está en Londres, entre correos enviados a medianoche, autores neuróticos, manuscritos subrayados mientras ceno cualquier cosa delante del portátil y vagones de metro llenos de gente demasiado cansada para mirarse a la cara.
No aquí. Y definitivamente no con Ewan MacKenzie.
—¿Qué? —pregunta él de pronto.
Parpadeo.
—Nada.
—Has puesto cara rara.
—No he puesto ninguna cara.
—Llevo casi cinco días viéndote poner caras —apunta mientras tamborilea distraídamente dos dedos sobre la mesa.
—Eso ha sonado muy íntimo.
Se queda inerte un instante y yo veo cómo la mandíbula se le tensa antes de apartar la mirada hacia la ventana.
—Bueno —musita finalmente, pasándose una mano por la nuca—. Da igual. La cuestión es que te vas el lunes y cada uno volverá a su vida.
Claro. Da igual.
Asiento despacio.
—Es un alivio.
Y lo es. El problema es que otra parte de mí acaba de reaccionar exactamente al revés.
Ewan se incorpora para recoger las muestras de pintura desperdigadas por la mesa.
—Así podrás escapar de mi café traumático.
—Voy a denunciarlo cuando vuelva a Londres.
—Nadie te creerá.
—Tendré secuelas físicas.
—Has sobrevivido varios días —indica, recolocando una de las muestras que ya estaba perfectamente recta—. Empiezo a pensar que eres bastante más resistente de lo que aparentas.
Lo miro un instante y sé que algo entre nosotros ha cambiado sin pedir conformidad. Porque ya no parece que esté siendo amable con una desconocida. Y yo ya no me siento exactamente una invitada.
—Por cierto —dice sin levantar la vista—, el verde sigue siendo horrible.
Me echo a reír.
—Eres insufrible.
—Y aun así vas a echarme de menos.
Levanta una ceja lentamente, y odio un poco que ya sepa exactamente cómo provocar determinadas reacciones en mí.
—No sabía que eras tan sentimental y, para tu información, solo echaré de menos discutir contigo. Y la ducha gigante.
—Eso sí puedo entenderlo. —Frunce los labios.
—Y las vistas.
—Aceptable.
—Y también… —Me callo antes de terminar la frase. Porque casi digo «y a ti». Y no quiero analizar lo cerca que he estado de hacerlo.
—Bueno —señala al cabo de un momento—. Aún quedan unos días para que puedas librarte de todo eso.
La frase es liviana. Casi irónica. Pero algo en la forma en que la dice hace que el pecho me dé un pequeño vuelco absurdo. Aparto la mirada antes de que pueda notarlo.
—Sí —murmuro—. Supongo que sí.