El heredero más imposible de Escocia 25
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​​ Ewan

Estoy en la cocina, apoyado contra la encimera con una taza de café demasiado caliente entre las manos, mientras escucho el sonido amortiguado de Ivy cruzando el pasillo del piso superior.

Ni siquiera hace mucho ruido. Son solo pequeños golpes suaves sobre la madera antigua. Y aun así sé perfectamente que es ella.

La puerta se abre unos segundos después. Lleva una sudadera gris enorme, el pelo recogido de cualquier manera y cara de no haber despertado todavía del todo.

—Hace frío otra vez —murmura mientras entra en la cocina.

—Es Escocia.

—Eso no responde a nada. ¿Siempre tienes la calefacción tan baja o es una estrategia para endurecer a tus invitados?

—La calefacción funciona.

—Ewan, anoche me acosté con dos mantas y contemplando decisiones vitales importantes.

—¿Como cuáles?

—Mudarme a Portugal.

Resoplo por la nariz sin querer y ella me mira de reojo.

—Ah, mira eso. Ha aparecido una emoción.

—No te acostumbres.

Ivy bosteza un poco.

La cocina todavía huele a pintura. Y eso me lleva automáticamente al día anterior. A la suite. A la discusión absurda más larga que he tenido en meses.

—No me gusta.

Ivy giró la cabeza despacio desde la escalera.

—Ni siquiera lo has mirado bien.

—Claro que lo he mirado.

—Entonces míralo otra vez.

Llevábamos toda la mañana trabajando allí arriba. Moviendo muebles, midiendo paredes, quitando telas antiguas y discutiendo sobre diseño como si nuestra estabilidad mental dependiera de ello.

—Ese verde es triste —dije.

—No es triste.

—Parece una consulta privada donde alguien te da malas noticias.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Tiene muchísimo sentido.

Ivy bajó un escalón de la escalera y me enseñó otra vez la muestra.

—Es verde salvia.

—Es verde depresión.

—No existe el verde depresión.

—Claro que existe. Está delante de mí.

Ella dejó escapar aire lentamente, ya cansada.

—¿Quieres saber por qué muchos hoteles rurales terminan pareciendo sitios rarísimos?

—Sorpréndeme.

—Porque los hombres elegís colores como si estuvierais comprando una nevera.

Fruncí el ceño.

—Eso tampoco significa nada.

—Claro que significa algo. Todo lo quieres gris, marrón o color piedra.

—Porque es un castillo.

—Y precisamente por eso necesita calidez.

La observé mover la mano mientras hablaba.

Estaba despeinada. Tenía una mancha de grasa de las visagras en la muñeca. Y llevaba veinte minutos defendiendo un color como si fuera una cuestión sería de narices.

Debería haberme parecido agotador. En cambio…

—La gente no paga una fortuna por dormir en un sitio bonito únicamente porque haya una cama grande —continuó—. Pagan por cómo les hace sentir el lugar.

—Ahora hablas como un anuncio.

—No. Hablo como alguien que sabe cómo funciona la gente.

Había algo en el tono que hizo que dejara de discutir un momento. Porque no lo decía por llevarme la contraria. Lo decía completamente convencida.

—Tu problema, Ewan, es que ves el castillo como estructura.

—Es literalmente una estructura.

—Sí, pero también es una experiencia.

—Eso sí que suena a anuncio.

Ella ignoró el comentario y caminó hasta una de las ventanas.

—La primera vez que entré aquí pensé que era precioso. Pero también pensé que daba un poco de miedo.

—Gracias.

—No me refiero a miedo real. Más bien a… distancia. Todo aquí es enorme. Frío. Impresionante. Pero nada invita realmente a quedarse.

Me apoyé contra una mesilla antigua.

—¿Y tú quieres arreglar eso pintando paredes verdes?

—Quiero que la gente entre aquí y piense que podría quedarse semanas.

La habitación quedó en silencio unos segundos.

—Además, el gris que tú quieres parece sacado de un edificio de oficinas.

—Eso es exagerado.

—No lo es.

—Un poco sí.

—Mucho peor era el beige.

—El beige era elegante.

Ella me miró como si acabara de confesar un crimen.

—Dios mío. Hablas en serio.

No pude evitar reírme un poco. Y ella se quedó quieta un instante. Como si no esperara oírme reír. Después volvió a subir a la escalera.

—Sujétala.

—No te vas a caer.

Me acerqué resoplando y apoyé una mano en la escalera mientras ella estiraba el brazo para acercar una muestra de color a la pared.

El bajo de su camiseta se levantó apenas al inclinarse…

La observé desde abajo. Concentrada. Hablando sola mientras comparaba tonos. Completamente metida en algo que ni siquiera era su problema.

—Sigo pensando que el verde era mejor —expresa Ivy en el presente, sacándome del recuerdo.

Está sentada sobre la encimera con las piernas cruzadas.

—Y yo sigo pensando que parecía una clínica privada.

—Tienes un trauma rarísimo con ese color.

—Tengo buen gusto.

Ella niega lentamente con la cabeza.

—No lo tienes. Lo que tienes es miedo a que algo parezca acogedor.

—Es una habitación, no una experiencia religiosa.

—¿Ves? Ahí está el problema.

Sonríe un poco mientras bebe. Y durante un momento todo resulta demasiado normal. Como si lleváramos meses haciendo esto, como si no fuera temporal.

El móvil vibra sobre la encimera y ella baja la vista inmediatamente.

—Es Callum —murmura.

Levanto la vista hacia ella y de nuevo aparece esa sensación incómoda en mitad del pecho. Porque los dos sabemos perfectamente por qué la llama.

El coche.

Y resulta extrañamente frustrante descubrir que, sin darme cuenta, yo había empezado a asumir otra cosa desde la noche anterior en el pub: que la pieza tardaría más.

Una semana más, quizá dos. El tiempo suficiente para terminar la suite.

Para acostumbrarme un poco más a su voz en la cocina.

A discutir con ella por colores absurdos.

A encontrarla descalza por el castillo como si siempre hubiera pertenecido aquí.

Una idea bastante mala, en realidad.

—Voy a cogerlo.

Asiento sin decir nada. Ella sale hacia el pasillo mientras yo me quedo en la cocina fingiendo que sigo mirando unos papeles que no estoy leyendo en absoluto.

—¡Callum! —escucho a lo lejos—. Dime que traes buenas noticias porque empiezo a sospechar que mi coche está poseído.

La oigo reírse un poco, después silencio. Camino hasta el fregadero solo para tener algo que hacer con las manos. La voz llega amortiguada desde el pasillo.

—¿En serio? No fastidies. Pensaba que tardaría muchísimo más.

Aprieto la mandíbula sin motivo razonable.

—Claro que me quedo más tranquila. Sí, sí… te debo una.

Más silencio. Luego vuelve a hablar, esta vez más despacio.

—Entonces el lunes. Vale. Perfecto.

Lunes.

La palabra se ubica en la cocina con una claridad provocativa.

Escucho sus pasos acercándose otra vez. Cuando entra lleva una expresión rara.

—Callum ha movido contactos —explica mientras vuelve a dejar el móvil sobre la encimera—. Ha conseguido encontrar la pieza antes de tiempo. El coche estará listo el lunes.

—Eso es bastante rápido.

—Sí. —Se pasa una mano por el pelo—. La verdad es que es un alivio. Pensaba que tardaría otra semana más como mínimo.

Otra semana más.

Mi cerebro tarda medio segundo en reaccionar a esa frase, porque yo también lo había pensado.

No debería haber estado tan pendiente de ella anoche.

Ese había sido probablemente el problema principal.

No la música del pub, ni las pintas de más que Morag seguía sirviendo como si quisiera destruir hígados por deporte.

Ni siquiera el hecho de que Ivy estuviera veinte minutos riéndose de absolutamente todo mientras se inclinaba demasiado hacia mí cada vez que hablaba.

Era la manera en que mi cuerpo estaba reaccionando a cosas completamente ridículas porque llevaba ocho meses sin pasarme algo así.

Ella con las mejillas ligeramente sonrojadas por la cerveza, el pelo cayéndole sobre los hombros y esa forma suya de tocarme el brazo cada vez que se reía como si nos conociéramos desde hacía años en vez de apenas unos días.

Mi cabeza entendía perfectamente que aquello no significaba nada, mi cuerpo, en cambio, parecía haber perdido cualquier capacidad racional aproximadamente dos pintas atrás porque notaba cada roce.

Cada vez que su rodilla chocaba con la mía debajo de la mesa.Cada vez que se inclinaba hacia mí para hablarme por encima de la música.

Cada vez que me miraba demasiado directamente mientras sonreía

—Creo que empiezas a caerme muy bien cuando bebo cerveza — dijo de repente.

Casi me atraganté y ella se rio inmediatamente al ver mi cara. Y después volvió a apoyar la mano sobre mi brazo.

Mierda.

No debería haber notado aquel calor subiéndome por las piernas hasta mi entrepierna y, desde luego no debería haberme preguntado cómo sería besarla de verdad.

Ivy siguió hablando de cualquier cosa con Morag mientras yo apenas conseguía concentrarme en la conversación porque llevaba demasiado tiempo acostumbrado al silencio. Demasiado tiempo sin alguien llenando el espacio a mi alrededor de aquella manera.