24
Ivy
El pub de Morag no debería tener este ambiente un martes por la noche.
No debería haber tantas voces, ni tantas risas, ni ese murmullo constante que convierte el espacio en algo cálido, casi íntimo, aunque esté lleno de gente.
—Esto es sospechoso —murmuro mientras entramos—. O aquí pasa algo o son así de intensos siempre.
—Son previsibles —responde Ewan—. Y bebedores empedernidos.
—Me gusta más la segunda opción.
Nada más cruzar la puerta, Bruno aparece como un proyectil peludo y entusiasta.
—¡Eh! —Me agacho justo a tiempo para recibirlo—. Tú sí que sabes reconocer a la gente interesante.
El perro apoya las patas en mis piernas como si nos conociéramos de toda la vida. Le rasco detrás de las orejas y noto cómo Ewan se detiene a mi lado.
—Creo que el pueblo me ha adoptado —apunto mirando a Bruno—. Igual que a él.
—Tú eres más guapa que el perro.
Levanto la vista despacio, casi con cuidado, como si hacerlo rápido pudiera cambiar lo que acabo de oír.
No es solo lo que ha dicho. Es cómo lo ha dicho: sin cálculo, sin ironía, sin esa capa suya que suele amortiguar cualquier cosa que suene a verdad.
—¿Eso lo piensas de verdad o llevas ya un par de cervezas por delante a escondidas? —pregunto apoyándome en la barra.
—Solo te devuelvo el cumplido.
—No dije exactamente guapo.
—Recuerdo tus palabras exactas: cuando estás en plan mono eres bastante guapo.
—Dije cuando , por lo tanto no es todo el rato. Hay matices. —replico.
Ewan arquea una ceja.
—La cara no cambia según el estado de ánimo. En todo caso, cambia el gesto.
—El gesto puede transformarlo todo —suelto, sosteniéndole la mirada—. En prácticamente otra persona.
—Puede ser —concede—. Pero, como bien dices, tengo espejos. Sé perfectamente que no estoy nada mal.
—Creído.
—Cotorra.
—¿Sabes qué pasa? —me ladeo hacia él—. Que cuando intentas hacerte el encantador pierdes credibilidad.
—¿Y cuando no lo intento?
—Aún es peor.
Se le escapa una sonrisa mínima, que aparece tan rápido que casi parece un error. Y, sinceramente, debería estar prohibido que alguien tenga esa cara y además sepa exactamente cuándo usarla.
Morag aparece detrás de la barra secándose las manos con un trapo.
—Ah, perfecto. Ya habéis empezado con vuestro extraño flirteo pasivo-agresivo.
—No estamos flirteando —replico rápido.
—Claro que no —responde ella, sirviéndonos unas pinta—. Igual que Escocia no tiene problemas con el alcohol.
Ewan resopla.
—No la animes —suelta él.
—Yo no necesito ayuda —aseguro.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que necesita ayuda —interviene una voz al fondo.
Me giro y encuentro a Callum levantando un vaso desde una mesa llena de gente. Hay al menos ocho personas alrededor, todas hablando al mismo tiempo con platos compartidos, cerveza y esa confianza relajada de pueblo pequeño donde nadie necesita invitación formal para sentarse.
Londres nunca funciona así. En Londres la gente necesita agendas, confirmaciones, tres mensajes previos y probablemente cancelar dos veces antes de quedar para tomar algo. Aquí parece suficiente con abrir una puerta y coexistir.
—Venid —ordena Morag—. Antes de que Callum empiece a cantar otra vez y tengamos que desalojar el local por emergencia nacional.
—Fue una vez —protesta él.
—Fue ABBA en gaélico —replica ella—. Y traumatizaste a un turista alemán.
Ewan me roza la espalda para guiarme entre las mesas y mi cuerpo reacciona como si acabara de apoyarme una mano ardiendo.
Ridículo. Absolutamente ridículo.
Nos sentamos al final de la mesa larga y Bruno se tumba directamente sobre mi pie, como si ya hubiera decidido oficialmente que pertenezco aquí.
—Traidor —le dice Ewan al perro.
—Él simplemente reconoce a la persona más interesante de la sala.
—Sigues insistiendo mucho en eso.
—Porque es verdad.
—No tanto como crees.
Lo miro de lado. Ese instante extraño en el que parece que el ruido alrededor desaparece un poco. No del todo. Solo lo suficiente.
Las luces cálidas del pub. La música baja. El cristal empañado por la lluvia. El olor a madera vieja y cebada. Y él mirándome como si estuviera pensando algo que todavía no sabe si debería decir.
Aparta la vista primero, al punto que Morag deja dos platos sobre la mesa.
—Comed algo antes de seguir mirándoos así.
—¿Así cómo? —pregunto.
—Como en las películas donde alguien acaba besando a otro contra una pared.
Mi corazón da una voltereta mortal y Ewan ni siquiera se inmuta. Solo coge el vaso y murmura:
—Llevas demasiados años viendo dramas ajenos.
—Y acertando siempre —responde ella antes de alejarse.
No debería notar este calor subiéndome por el cuello. No debería ser consciente de la cercanía exacta entre su pierna y la mía debajo de la mesa. No debería preguntarme cómo sería que me besara de verdad.
Empiezo a sospechar que mi problema en este pueblo no es la pieza rota de mi coche.
Es lo que Ewan Mackenzie empieza a provocar en mí.