23
Ewan
La habitación está en la parte norte del castillo. Es una de las más grandes, con techos altos, ventanas largas y el tipo de abandono que no es descuido, sino tiempo acumulado.
Ivy entra antes que yo.
Error, ese culo otra vez.
—Vaya —dice girando sobre sí misma—. Aquí podrías montar desde una boda hasta una secta discreta.
—No des ideas.
—Tranquilo. Las sectas requieren carisma.
Dejo la caja de herramientas en el suelo y empiezo a apartar muebles cubiertos por sábanas.
—Quiero convertirla en una suite.
—¿ Suite ? —repite—. ¿Con mayordomo raro incluido?
—Con vistas, baño independiente y suficiente encanto como para que alguien pague por dormir aquí.
—¿Alguien con dinero y una ligera tendencia a lo gótico?
—Alguien con criterio —corrijo.
Se acerca a una de las ventanas, aparta el polvo con la manga y mira hacia fuera.
—Es bonito.
—Lo es.
—Entonces, ¿por qué venderlo?
No respondo inmediatamente. Sigo moviendo cosas, evitando mirarla.
—Porque no quiero esto.
—¿Esto como qué? —cuestiona.
—Como medio de vida.
Se gira.
—Es tu castillo.
—Es una propiedad.
—También es lo que te han dejado. Me refiero a que es tu legado —dice ella sin suavizarlo.
—Y precisamente por eso es una carga —respondo.
—¿Y tu plan es reformarlo para que otro lo disfrute?
—Mi plan es reformarlo para que alguien pague lo suficiente como para no tener que volver a pensar en él.
Ivy me observa unos segundos evaluando qué decir para convertir esa respuesta en algo que tenga sentido.
—Suena cobarde.
—A mí me suena a elegir por fin —me defiendo.
No insiste. Se arrodilla junto a una caja y empieza a meter cosas dentro sin que se lo pida.
—Cuando se acabe tu viaje —pregunto esta vez yo—. ¿Qué vas a hacer cuando vuelvas a Londres?
—No lo sé —admite—. Supongo que volver a un trabajo que parecía buena idea hasta que dejó de serlo.
—¿Volver al punto de partida?
—No tengo un plan mejor —replica.
—¿Este año sabático tiene que ver solo con el trabajo o hay algo más?
—También de un par de relaciones que salieron… mal.
Levanta una silla vieja y la arrastra hacia un lado.
—Y de mis padres —añade.
Eso sí me hace mirarla.
—¿De tus padres?
—Son de los que creen que todo tiene solución si lo haces como ellos dicen.
—¿Y no tienen razón?
—Sí. Pero no quiero vivir a su manera, sino a la mía. Si las cosas salen bien que sea por mí y si me equivoco que también sea porque me he equivocado yo, ¿entiendes?
La forma en que lo dice no es exagerada. Es clara.
—Tu vida es más interesante que la mía —continúa.
La miro.
—No lo es.
—Al menos te pasan cosas random . Heredar un castillo, viajeras sin donde caerse muertas...
—No todo lo que pasa merece la pena.
—Gracias por la parte que me toca. —Hace una mueca que decido ignorar.
—Al principio no me vino mal —admito al fin, apoyando la mano en el respaldo de una silla—. Heredar fue… una salida fácil. Un sitio donde esconderme del ruido de fuera durante un tiempo.
—¿Y de paso convertirte en la Bestia?
—Sin castillo encantado y sin candelabros que canten —respondo—. Pero la parte de aislarme, sí.
—Vaya. Y yo pensando que eras así de serie.
—No des por hecho que no lo soy.
Se le escapa una risa breve.
Se inclina para coger una tabla del suelo y, al levantarse, queda demasiado cerca de mí.
El tipo de distancia en la que dejas de oír la habitación y empiezas a notar otras cosas: el ritmo de la respiración, el calor corporal y el leve roce de su hombro contra el mío cuando ambos nos movemos a la vez para apartar la misma caja.
—Cuidado —murmura, sin apartarse del todo.
—Lo tengo —respondo, pero no me muevo inmediatamente.
Durante un segundo, ninguno de los dos corrige la distancia.
Luego ella se aparta primero, recordando dónde estamos, y por fin el aire vuelve a su sitio.
Ivy se sacude el polvo de las manos y me mira de lado, como si acabara de tomar una decisión.
—Esta noche podríamos salir —dice—. A divertirnos un poco.
—Aquí hay entretenimiento de sobra —respondo señalando el caos de la habitación—. No necesitamos más.
—Aquí hay trabajo —corrige—. Que no es lo mismo que ocio.
—Si te aburres, puedes ir al pub —explico—. No me necesitas para nada.
—No es necesidad —replica acercándose un paso—. Es invitación. Te invito a unas cervezas. Es lo mínimo después de todo.
—Lo pensaré.
—No lo vas a pensar —sonríe—. Te voy a convencer.
—¿Y cómo piensas hacer eso?
Se inclina apenas, conspiradora.
—Paseándome por la casa con mi culotte . No te creas que no te he pillado mirándome el culo.
Mierda.
—En ese caso tendré que añadir otra norma —digo—: nada de circular así por la casa. Sigo siendo un hombre y tengo ojos.
—Perfecto —responde al instante—. Entonces me prestas uno de esos pijamas de felpa, talla XXXL, que seguro tienes escondidos.
—No uso ese tipo de pijamas.
—Qué decepción —expone con una media sonrisa—. Tendré que conformarme con imaginarlo.
Hay algo en cómo lo dice que no pasa de largo y pasa por dentro. En mi pecho hay un pequeño desequilibrio que no había previsto para estas dos semanas.
¿Quién es esta mujer que el universo ha decidido plantar en mitad de mi rutina para volverme loco?
De pronto, la idea de compartir unas pintas con ella en el pub deja de parecer tan absurda: no sé si por ese culo que no debería estar mirando de nuevo, por esta convivencia forzada o porque de verdad cree que soy la Bestia del cuento de Beaumont.