22
Ewan
Hay algo en el castillo que siempre me ha resultado predecible.
Por las mañanas la luz entra por los ventanales del ala este con la misma inclinación exacta, el frío se queda pegado a la piedra durante más tiempo del que debería y el silencio, ese silencio constante, suele ser suficiente para ordenar cualquier cosa que se me pase por la cabeza.
Hoy el silencio no sirve para nada porque hay alguien en la cocina antes que yo.
Ivy está de espaldas, con el pelo recogido de cualquier manera y una camiseta que claramente no estaba pensada para el clima de Escocia. Está rebuscando en un cajón como si llevara aquí mucho tiempo, no horas.
—Ese no es el cajón de los cubiertos —digo apoyándome en el marco de la puerta.
Ni se gira.
—Lo sé —responde—. Pero este tenía más potencial.
—¿Potencial para qué?
—Para sorprenderme. El de los cubiertos es demasiado evidente.
Entro en la cocina observando cómo abre otro cajón con la misma falta de ceremonia.
—Te dije que preguntaras antes de tocar nada.
—No he tocado nada —replica sacando una cucharilla—. Solo estoy investigando.
—Eso es tocar.
—Es mera curiosidad. No me mates la poca que me queda.
Dejo el café molido en la encimera y empiezo a prepararlo en silencio.
A mi espalda, Ivy corta pan con una concentración impropia de alguien que solo investiga .
Cuenta sin darse cuenta: una, dos, tres, cuatro rebanadas.
Se queda un segundo mirándolas, como si acabara de resolver algo, y entiendo que ha asumido que dos son para mí sin que nadie se lo haya dicho.
—¿Qué plan tienes hoy? —pregunta de repente.
—Trabajo.
Se gira por fin, apoyándose en la encimera frente a mí.
—Vale, entonces voy contigo.
—No es necesario si no te apetece.
—Ewan, dijiste que te ayudara con los arreglos, así que...
La forma en que dice mi nombre vuelve a colarse donde no debería y mi corazón hace un gesto raro.
La tostadora salta con un clic seco; ella abre el frigorífico, saca la mantequilla sin preguntar y, al inclinarse un poco, caigo en la cuenta de que lleva una especie de culotte corto que deja ver la curva redondeada de su culo.
Aparto la vista rápido, como si el gesto hubiera sido una decisión y no un reflejo.
Se endereza, vuelve a la encimera y empieza a untar las rebanadas. Cuando termina, coloca dos en un plato, las empuja hacia mí y alza una ceja.
—Toma —dice—. No vaya a ser que el anfitrión se desmaye a media explicación.
—Sobreviviría al desmayo.
—Sí, pero luego dirías que es culpa mía por no seguir tus normas de convivencia —añade dejándose caer en una silla de la mesa—. Eso estaría en el anexo. Una especie de normas no escritas. Y te advierto que me encantan las cláusulas sorpresa.
—Tengo algo que enseñarte —digo al final pasando por alto lo que ha dicho.
—¿Algo interesante o algo tipo: cuidado con la tabla suelta en el tercer escalón ?
—Es algo más interesante.
—Ajá, suena peligrosamente bien. ¿Qué es?
—Una de las habitaciones que te dije que no abrieras.
—Perfecto. Siempre me han gustado las decisiones coherentes. —Sonríe encantada con la idea.
—No es una visita turística.
—Menos mal —manifiesta—. No traje guía… ni contrato de confidencialidad.
—Desayuna primero. No pienso arrastrarte por media casa con hambre.
—Qué considerado. Empiezo a preocuparme. —Da un sorbo al té que se ha preparado sin apartar la mirada—. Dime una cosa, ¿voy a encontrarme con una sala de torturas rollo Christian Grey y me vas a pedir directamente que me haga una trenza antes de empezar?
—No me van esas prácticas.Pero la habitación —añado— sí parece una tortura visual.
—Entonces sí que quiero verla y hacer algo de magia con ella.
—Termina las tostadas y no toques nada peligroso.
—¿Eso es un sí oficial?
—Es lo que hay, no esperes ceremonia.