21
Ivy
Volver al castillo después del pub no se siente igual que llegar por primera vez.
La primera noche fue una mezcla bastante discutible de lluvia, cansancio, coche moribundo y una necesidad muy básica de no dormir en el asiento trasero abrazada a mi maleta. Entonces el castillo apareció como una solución improbable, enorme y ligeramente siniestra, pero solución al fin y al cabo.
Ahora, en cambio, mientras Ewan conduce colina arriba con esa concentración silenciosa que parece traer de fábrica, el edificio se recorta al fondo como una advertencia mucho más concreta.
No una noche. No un fin de semana raro que luego se convierte en anécdota.
Dos semanas enteras compartiendo techo con un hombre que por la mañana puede pedir disculpas de una forma casi decente y, una hora después, recuperar la expresión de alguien que considera la comunicación humana una actividad opcional.
Miro por la ventanilla. Las colinas están cubiertas por una luz gris, suave, de esa que hace que todo parezca más bonito de lo que probablemente es. El castillo, por supuesto, se aprovecha de eso con una falta de humildad admirable.
—Por cierto —rompo el silencio—, Morag parece muy interesada en que pase algo romántico entre tú y yo.
Ewan no aparta la vista del camino.
—Morag tiene la manía de emparejar a cualquiera que se le cruce. Ya te he dicho que tiene demasiado tiempo libre para elucubrar cosas.
—Dirige un pub, conoce a todo el pueblo y probablemente sabe qué desayuna cada vecino antes de que ellos mismos lo decidan. No sé si eso encaja con tener demasiado tiempo precisamente.
—Entonces digamos que tiene mucha imaginación.
—Parece que la acusas de inventarse historias románticas del pueblo… ya sabes, fanfiction rural.
—No sé qué es eso —responde— y creo que prefiero no saberlo.
Me giro un poco hacia él, divertida a pesar de todo. Hay algo casi entrañable en la forma en que se niega a entrar en cualquier conversación que huela remotamente a emoción, intimidad o cultura pop.
—¿Tan malo sería?
Ewan tarda un segundo en contestar. Lo justo para que la pregunta deje de ser una broma y empiece a rozar algo más delicado.
—No es una cuestión de que sea bueno o malo.
—Qué alivio. Una respuesta evasiva con estructura formal. Mi favorita.
—Es una cuestión de raciocinio.
Ahí está. La palabra que un hombre como Ewan MacKenzie usa cuando quiere que algo parezca razonable aunque en realidad esté cerrando una puerta.
—Claro —murmuro—. Porque yo te resulto insoportable.
Esta vez sí me mira antes de volver al camino.
—No he dicho eso.
—No, pero tampoco has hecho precisamente una campaña activa para desmentirlo.
El coche avanza por el sendero de grava que conduce a la entrada principal. Las ruedas crujen bajo nosotros, y durante un momento lo único que se escucha es ese sonido y el viento moviendo las ramas de los árboles cercanos.
—Lo que digo —contesta al fin— es que conviene tener claro qué es esto.Tu coche está averiado. Necesitas un sitio donde quedarte. Yo tengo habitaciones libres y trabajo pendiente en la casa.
—Qué romántico. Si Morag oye eso, se le empañan los ojos.
—Tú estás aquí como huésped en prácticas —continúa, ignorando mi comentario con disciplina— y yo como anfitrión del alojamiento.
—¿Hay período de prueba? ¿Formulario de satisfacción? ¿Debo esperar una evaluación semanal sobre mi rendimiento como persona atrapada en tu castillo?
Ewan aparca frente a la entrada y apaga el motor.
—Solo significa que no eres una turista al uso.
—Porque hago chapuzas a cambio de cama.
—Porque ayudas a cambio de alojamiento.
—Eso es lo que he dicho, pero con más palabras y algo más de encanto.
Sale del coche antes de responder. Yo me quedo un segundo sentada, mirando el paisaje a través del parabrisas, intentando decidir si la conversación acaba de ser ofensiva, absurda o ambas cosas. Probablemente las dos. Con Ewan suele haber margen para multitarea mental.
Cuando bajo, él ya ha sacado mi maleta del maletero. La deja en el suelo junto a la puerta, y se aparta como si el objeto tuviera vida propia y pudiera atacarlo.
—Gracias —digo.
Asiente.
Ni de nada, ni comentario, ni gruñido. Supongo que eso cuenta como progreso.
Entramos y el cambio de temperatura me rodea al instante. Dejo la maleta en mitad del vestíbulo mientras me quito el abrigo.Ewan la mira, luego me mira a mí y después vuelve a mirar la maleta.
—¿Qué?
—Nada.
—Suéltalo ya —inquiero.
—Está en medio.
Miro la maleta, que efectivamente ocupa parte del paso, aunque tampoco está organizando una barricada revolucionaria.
—Vaya. Qué atrevimiento por su parte.
Él se inclina, la coge por el asa y la desplaza junto a la pared con una precisión seca.
—Me gusta poder caminar sin obstáculos.
—Y yo que pensaba que lo tuyo eran los retos.
—Los retos que llevan a algún fin.
—Mi maleta se acaba de sentir profundamente juzgada.
Ewan no sonríe, pero algo se le mueve en la boca. Un casi gesto . Una amenaza de humanidad. Luego, como si se diera cuenta de que está peligrosamente cerca de parecer agradable, recupera la compostura.
—Si vamos a convivir dos semanas, conviene establecer unas normas básicas.
Ah. Por supuesto.
Pocas cosas dicen «bienvenida de nuevo a tu hogar temporal» como que el señor del castillo te recite un reglamento doméstico.
—Adelante —respondo cruzándome de brazos—. Me encantan los reglamentos espontáneos.
—Los espacios comunes deben quedar despejados.
—Pobre maleta. Primera infracción en menos de cinco minutos.
—Las herramientas se devuelven a su sitio.
—Eso es razonable.
Él me sostiene la mirada, pero esta vez no hay enfado real. Hay cansancio, quizá. O una versión suya del cansancio, que consiste en parecer un hombre al que le han encargado supervisar una avalancha con una libreta.
—Y nada de entrar en habitaciones cerradas. Pero creo que eso ya te lo dije cuando llegaste porque sonhabitaciones sin restaurar.
—Claro. Eso diría alguien con habitaciones misteriosas… y un sótano lleno de damiselas en apuros que no salieron a tiempo.
—Hasta ahora no te he demostrado que sea un psicópata.
—Tranquilo, voy por lo que insinuas, no por lo que demuestras. Todavía.
Ahora sí hay un amago de sonrisa. Breve y discreto, de esos que si parpadeas te lo pierdes. Pero está ahí, y por algún motivo me fastidia un poco confirmar, que este hombre no es siempre un bloque de mármol con barba.
—¿Hay más normas? —pregunto.
—Si ensucias, limpias.
—Fascinante. La civilización ha llegado a las Highlands—ironizo.
—No soy tu servicio.
—Pues aclaremos también que yo no soy una niña a la que has recogido en una cuneta.
—No era eso lo que quería decir.
Podría dejarlo ahí. Ser adulta. Elegante. Una mujer plenamente funcional que no convierte cada incomodidad en un duelo verbal con un escocés imposible.
Naturalmente, no lo hago.
—Lo que pasa —explico apoyando la espalda en la pared—, es que a veces hablas como si mi presencia fuera una auditoría no solicitada.
—Y tú —replica cruzándose de brazos— actúas como si el castillo fuera un sitio que hay que conquistar.
—No lo conquisto —le sostengo la mirada—. Le presto atención.
—Eso dijiste antes de arreglar media cómoda y discutir conmigo sobre la veta de la madera.
—Y tenía razón —insisto sin ceder un milímetro.
—Eso no viene al caso —corta Ewan con un gesto breve.
—Siempre viene al caso cuando tengo razón —remato encogiéndome de hombros.
Durante un segundo nos miramos en el vestíbulo, rodeados de piedra, retratos antiguos y una maleta que acaba de convertirse en símbolo de convivencia conflictiva. Es absurdo. Y, aun así, hay algo vivo en la discusión, algo más cómodo que el mutismo medido del coche.
Ewan aparta la vista primero.
—Tu habitación sigue siendo la misma —dice—. Puedes dejar tus cosas arriba. Y te daré una copia de las llaves por si quieres salir sola algún día.
—Qué generoso. ¿También puedo respirar dentro o eso requiere autorización?
—Depende de lo ruidoso que lo hagas.
Me río antes de poder evitarlo.No una carcajada, pero sí lo suficiente fuerte para que él me mire de nuevo.
Empiezo a pensar que quizá no es complicado.Quizá es directamente inestable. O tal vez tiene algún interruptor oculto en alguna parte, uno que alterna entre persona razonable y señor feudal con problemas de atención al cliente .
—¿Vas a subir la maleta? —pregunta.
—Sí, jefe de recepción.
—No soy jefe de recepción.
—Me he dado cuenta. Los jefes de recepción suelen sonreír. —Chasqueo la lengua.
—Y por eso no trabajo en una.
Agarro la maleta, pero una de las ruedas se atasca en una junta irregular del suelo y el tirón me desequilibra ligeramente. Antes de que pueda recomponerme, Ewan se acerca y coge el asa.
—La llevo yo —dice, ya tirando de la maleta antes de que pueda responder.
—No hace falta, puedo sola —replico, aferrándome al asa con terquedad.
—Ya lo sé —contesta sin mirarme—. Pero vas a acabar luchando con la rueda y perdiendo.
—Qué fe tan conmovedora en mis capacidades.
—No es falta de fe —añade subiendo el primer escalón—. Es experiencia viendo cómo gestionas los obstáculos.
—Maniático —murmuro soltando la maleta.
Durante un instante nuestras manos coinciden sobre el asa.
No debería significar nada —un simple roce de dedos, piel contra piel, una casualidad más en un vestíbulo demasiado grande—, pero lo hace.
Se siente. Lo noto en la forma en que Ewan baja la mirada hacia ese punto exacto, como si el contacto hubiera interrumpido algo, y en la rapidez con la que yo retiro la mano, fingiendo una normalidad que no termina de convencer ni a mí misma.
—Adelante —digo como si no hubiera pasado absolutamente nada.
Él carga la maleta y yo camino a su lado intentando no fijarme en cómo le queda el jersey en los hombros, porque una tiene principios y también algo de dignidad, aunque ambas cosas estén sufriendo desde que llegué a Escocia.
Al llegar a la habitación deja la maleta junto a la cómoda y se queda en la puerta.
—Tienes toallas limpias en el baño. Si necesitas algo, me lo dices.
—¿Eso entra dentro de tu papel de anfitrión del hospedaje?
—Exacto —alega como si acabara de firmar un contrato invisible.
—Impecable —digo inclinando la cabeza—. Manual del anfitrión, capítulo uno.
—Hago lo mínimo para que funcione.
—Cuidado, que si subes un punto más igual pareces amable de verdad.
—No lo tomes como costumbre.
—Tranquilo. No pienso hacerlo.
Ewan asiente una vez y se marcha.
Cuando la puerta se queda entornada, el cuarto parece recuperar su tamaño. Me apoyo un momento contra la cómoda y miro la maleta y la ventana desde la que se ven las colinas.
Morag puede hacer todos los comentarios que quiera.
El pueblo puede divertirse imaginando historias donde no las hay.
Él puede ponerse solemne con sus normas y su distancia de seguridad emocional.
Porque yo tengo clarísimo lo que voy a hacer.
No implicarme.No confundirme.No empezar a leer gestos donde solo hay educación mal ejecutada, ni buscar ternura en un hombre que parece considerar el afecto una amenaza estructural para su casa.
Dos semanas , me digo mientras abro la maleta y empiezo a sacar la ropa.
Catorce días en este castillo que ya no sé si me está salvando de un problema o empujando hacia otro mucho más complicado.