El heredero más imposible de Escocia 20
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​​ Ivy

—Vamos a tomar algo —dice Ewan, como si la frase no llevara intención detrás, como si fuera solo una parada técnica entre el taller y cualquier otra parte.

Lo miro de reojo mientras camino a su lado. Hay algo en su forma de decirlo, en esa neutralidad calculada, que ya empiezo a reconocer demasiado bien.

—¿Eso forma parte del paquete de dos semanas o es un gesto aislado de humanidad? —inquiero sin frenar el paso, aunque en realidad lo que quiero saber es si esto es un intento de arreglar algo o simplemente otra de sus decisiones «prácticas».

—Es algo de beber —responde sin mirarme—. Y quizá algo de comida. Nada más.

—Qué decepción —murmuro—. Estaba esperando una experiencia entusiasta completa.

—No trabajamos ese tipo de servicio —replica seco—. Solo líquidos y expectativas bajas.

—Vaya, justo lo que necesito ahora mismo —añado, aunque la comisura de mi boca se curva sola.

—Entonces estás en el sitio adecuado.

El pub tiene la puerta abierta y reconozco a medio metro el olor a madera vieja y cerveza que se te pega a la ropa antes de entrar.

Morag levanta la vista en cuanto nos ve y me dedica una sonrisa cómplice de las de: ya-nos-conocemos , como si estuviéramos retomando una conversación dejada a medias más que empezando otra.

—Hombre —dice apoyándose en la barra con confianza—. Vaya timing tenéis. La pareja de la semana vuelve al escenario del crimen.

Me guiña un ojo con descaro, como si compartiéramos algún tipo de cláusula secreta que yo no recuerdo haber firmado.

—No me mires así —añade dirigiéndose a mí—. Ya te dije que este iba a dar guerra.

—No recuerdo haber pedido predicciones —respondo, aunque no puedo evitar cierta complicidad.

—Aquí vienen de serie con el Drambuie.

Se inclina un poco hacia mí y bajara la voz para compartir algo que solo yo debo oír.

—Y te doy otra gratis —añade—: lo que empieza en esta barra casi nunca termina donde uno cree. Sobre todo cuando hay castillos de por medio.

Me quedo quieta un segundo.

—No va a pasar nada entre…

—Lo sé —me corta sin dejar de sonreír—. Por eso es más interesante.

Ewan se apoya en la barra como si esto no fuera con él, lo cual, en cierto modo, es muy suyo.

—¿Cómo va lo del coche? — Morag cambia de tema con naturalidad, pasando por alto que acaba de decir algo comprometedor.

—Regular —respondo—. Pieza difícil. Dos semanas, si hay suerte.

Ella asiente satisfecha, como si acabase de confirmar algo que ya tenía decidido.

—Estupendo.

—No sé si usaría esa palabra —murmuro.

—Yo sí —replica ella—. Dos semanas encerrados en un castillo escocés. He visto historias que empiezan peor y acaban mejor.

Niego con la cabeza, aunque algo en mi interior se afloja sin que termine de entender por qué, yEwan le lanza una mirada que, por lo visto, no tiene ningún efecto.

—Morag.

—Ewan —contesta ella imperturbable—. Llevo más años en esta barra de los que tú llevas evitando decir lo que piensas. Si no os vais a gustar, al menos dejad de miraros así; confunde al público.

No puedo evitarlo: se me escapa una risa breve y cojo el menú solo para tener algo que hacer con las manos.

—Café para mí, té para ella —dice él—. Y lo que tengas de desayuno.

—Marchando.

Morag se aleja con una sonrisa que no se le va a ir en toda la mañana.

Levanto la vista por encima del menú y lo miro.

—¿La pareja de la semana? —repito—. No sabía que habías ascendido tan rápido en el ranking local.

—Morag necesita entretenimiento —responde él con una paciencia que parece entrenada—. Y yo cometo el error de pasar por aquí.

—¿Con frecuencia? —insisto.

—La suficiente para que tenga opinión.

—Pues hoy le has dado material para un mes —añado—. Dos semanas encerrados en un castillo contigo… eso da para novela.

—Confío en que sea corta.

—No sé, yo le veo potencial —murmuro—. Protagonista gruñón, escenario dramático… solo falta que aprendas a sonreír en público.

Hay un silencio breve, distinto al de antes, menos cargado, como si el lugar hubiera decidido que ya hemos tenido suficiente tensión por hoy.

—Dos semanas —añado, probándolo en voz alta.

—Mínimo —añade él sin dramatizar—. Con suerte, menos.

—Suena a mucho tiempo para alguien que no planeaba quedarse ni un día.

—Para un coche averiado, es lo que toca.

—Y tú sin gruñir —añado levantando una ceja—. O eso dijiste hace menos de una hora, por si necesitas que te refresque la memoria.

—Hablo poco, no gruño tanto. —Se apoya en el respaldo.

—Claro que no. Es solo que el resto del tiempo te limitas a emitir sonidos que no llegan a ser palabras.

—Haré lo que pueda.

—Para mí eso es una promesa —le recuerdo.

—No suelo hacerlas —suelta sin apartarme la vista—. Pero intento no repetir errores.

Eso sí es nuevo.

Morag deja las bebidas delante de nosotros y se queda un segundo de más, evaluándonos con la confianza de quien no necesita permiso.

—Si necesitáis algo más —dice—, estoy justo aquí para no meterme donde no me llaman.

—No te esfuerces —responde él.

—Nunca.

Soplo el té y le doy vueltas a lo rápido que se ha torcido todo en cuestión de horas: ayer solo quería salir de ese castillo sin mirar atrás y ahora tengo dos semanas por delante en un sitio que, en teoría, no debería importarme lo más mínimo.

Dos semanas por una pieza que no aparece, por un coche que decide fallar justo cuando peor viene y por una serie de decisiones bastante cuestionables que, una tras otra, me han traído hasta aquí.

El mismo hombre que anoche me dejó claro que no significo nada en su impostado mundo de hombre de las cavernas, esta mañana ha sido…

distinto. Como si por unas horas hubiera decidido dejar de pelear con todo lo que no está a su alcance.

No es que sea amable —no nos engañemos—, pero hay algo en su forma de estar, en cómo ha insistido en llevarme, en cómo ha pedido disculpas a su manera, que no encaja con la versión de ogro que tan cómodamente me había construido.

Y me fastidia.Porque una puede enfadarse con alguien que es un idiota sin matices. Pero cuando empieza a haber grietas, cuando aparece algo que no encaja con la idea que te has hecho… ahí es donde todo se complica.Y yo no necesito más complicaciones.

—Va a ser interesante —digo al final.

—Eso me temo.

Lo miro de frente sin esquivarlo esta vez.

—Yo no.

No sé muy bien por qué lo digo, ni si es verdad del todo, pero su expresión cambia lo suficiente para que entienda que algo ha cambiado.

Quizá no hacia algo mejor.Pero sí hacia algo distinto.