19
Ewan
El taller de Callum está al final del pueblo, detrás de una hilera de casas bajas y un cobertizo donde alguien ha decidido acumular neumáticos como si esperara una guerra larga contra el caucho.
No es grande, pero funciona con la eficiencia templada de los lugares donde todo el mundo sabe dónde está cada cosa, incluso cuando a primera vista parece imposible.
Ivy entra antes que yo, con la maleta todavía en la mano, aunque se niega a reconocer que pesa demasiado para que cargue con ella todo el rato.
—Puedes dejar eso aquí —indico, señalando un banco junto a la pared.
—Puedo sujetarla.
—No he dicho que no puedas.
Me mira de reojo.
—Pues deja de darme ordenes como si fuera una niña pequeña. Eres demasiado práctico. No todo es blanco o negro.
—Es una mejora respecto a insoportable sin más —apunto.
No sonríe, pero la comisura de sus labios se mueve lo justo para que lo note.
Callum aparece desde debajo del capó del coche con un trapo en la mano y esa expresión pausada de hombre que sabe que va a dar una mala noticia y no tiene ninguna prisa en adornarla.
—Bueno —dice limpiándose los dedos—. Tengo un diagnóstico.
Ivy se endereza.
—Dime que es barato, rápido y tranquilizador.
—Puedo darte una de las tres cosas.
El gesto de Ivy cambia apenas, pero lo veo. Se le borra un poco el color de la cara.
—No es el motor entero —continúa él—, que ya es algo. Pero la pieza que necesitas no es fácil de conseguir. No imposible, ojo. Difícil.
—¿Qué significa difícil ? —pregunta ella.
—Significa que puedo buscarla, hacer unas llamadas y traerla, pero no va a estar esta tarde, ni mañana ni pasado.
La veo apretar el asa de la maleta.
—¿Cuánto?
Callum se toma un segundo.
—Si hay suerte, dos semanas.
Ivy no dice nada. Solo mira el coche, luego el suelo, luego otra vez el coche, como si estuviera intentando reorganizar el mundo alrededor de esa frase. Dos semanas. Para ella no son solo catorce días; son dinero, planes, alojamiento, la ruta entera detenida en un pueblo donde llegó por accidente.
—Vale —murmura.
Callum carraspea.
—Haré lo que pueda para que sea antes, pero prefiero no prometerte algo que no depende de mí.
—Claro —dice ella demasiado rápido—. Sí. Gracias.
Entonces desvía la mirada yveo que se le llenan los ojos.
No llora de forma evidente. No hace nada que pueda convertir el momento en escena. Solo se queda quieta, con los hombros tensos y la barbilla firme, luchando contra algo que no quiere dejar salir delante de nosotros.
Doy un paso hacia ella antes de decidir si debería hacerlo.
—Ivy.
—Estoy bien.
No lo está.
—Tiene arreglo.
—Sí, ya lo he oído. —la voz le tiembla un poco en la última palabra, lo suficiente para que se dé cuenta y mire hacia otro lado con rabia, como si su propio cuerpo acabara de traicionarla.
Me acerco un poco más. Demasiado, quizá. No tanto como para tocarla, pero sí lo suficiente para que tenga que levantar la vista hacia mí.
—Puedes quedarte conmigo el tiempo que haga falta.
Ivy parpadea, como si no hubiera oído bien.
—No.
—No era una pregunta.
—Pues qué mal, porque acabas de recibir una respuesta.
Ahí está. Su orgullo, su defensa a base de ironía incluso cuando está a punto de romperse.
—Buscaré un sitio donde quedarme —añade, apartándose un mechón de la cara.
—Callum acaba de decir que la pieza puede tardar al menos dos semanas.
—Tengo oídos.
—Y dos semanas de alojamiento te van a salir por una pasta.
—Gracias por preocuparte por mi economía —responde con una educación afilada—, pero no quiero volver a ser una molestia.
Me lo merezco.
—Siento de verdad haberte hecho pensar así.
Esta vez no lo digo a medias. No dejo una salida abierta, ni una frase ambigua en la que esconderme después. Lo digo y sostengo su mirada, aunque resulte bastante menos fácil que discutir con ella.
Ivy no responde enseguida.Callum, que tiene más instinto de supervivencia del que aparenta, se aleja hacia una estantería y finge buscar algo con un interés muy poco creíble.
—Además —añado más bajo—, me vendría bien ayuda con algunas reformas de la casa.
Su ceja se arquea.
—¿Perdón?
—Has oído bien.
—No estoy segura. Me ha parecido escuchar algo parecido a: Ivy, quédate, eres útil y maravillosa.
—No he dicho maravillosa.
—Pero lo has pensado.
—No abuses.
Por primera vez desde que Callum ha dado el veredicto, una sonrisa pequeña le rompe la tensión de la cara.
—Estás admitiendo que se me da bien el bricolaje. —Pone los brazos en jarras.
Miro hacia el coche, luego hacia una caja de herramientas, como si en algún punto intermedio pudiera encontrar una respuesta que no le diera tanta satisfacción.
—Estoy admitiendo que no eres completamente inútil con una herramienta en la mano.
—Eso no cuenta. —Se cruza de brazos.
—Claro que cuenta.
—Repítelo más alto —me pide.
—Ni hablar.
—Vamos, Mackenzie. Es un momento histórico. No lo estropees con tu miedo al reconocimiento ajeno.
Resoplo.
—Reconozco que eres buena con las chapuzas de la casa —admito al fin.
—Qué bonito. Casi parece un cumplido si una se tapa los oídos en la parte de chapuzas. Lo voy a escribir en mi diario: Ewan MacKenzie admitió una virtud humana en otra persona. Lunes. Cielo gris. Posible fin del mundo .
No quiero sonreír.Lo hago igualmente.Y el alivio que siento al verla recuperar algo de color me molesta casi tanto como me tranquiliza.
—Me quedo —suelta, todavía mirándome con cautela—, pero con una condición.
—Por supuesto, me encanta tener condiciones en mi propia casa —respondo, manteniendo el tono neutro.
—Nada de contestar a gruñidos.
—Yo no contesto a gruñidos —replico.
—Ewan… —insiste, con un matiz de advertencia.
—Vale, reduciré los gruñidos.
—No. Los eliminas —corrige.
—Me parece muy arriesgado —murmuro con una mueca.
—Entonces sustitúyelos por frases completas, aunque sean feas.
La miro durante un segundo, calibrando hasta dónde quiere llevar esto.
—Haré un esfuerzo.
—Eso ha sonado casi adulto —remata ella con una chispa que no intenta ocultar.
Callum vuelve en ese momento con una libreta en la mano y una expresión que delata que ha escuchado demasiado bien.
—Entonces, ¿la busco?
Ivy respira hondo, mira su coche y luego a mí.
—Búscala.
Callum asiente.
—Te avisaré en cuanto sepa algo.
Salimos del taller unos minutos después.
El aire de la mañana está frío, limpio, y el pueblo parece demasiado tranquilo para todo lo que acaba de cambiar.
Ivy camina a mi lado con la maleta en silencio, aunque ya no es el mismo silencio de antes.
Hay algo distinto, una tregua quizá, o una versión todavía más frágil de ella.
Dos semanas.
Me repito la cifra mientras avanzamos hacia el coche.
Dos semanas con Ivy Harper en mi casa, en mis pasillos, en mi cocina, metiéndose en todo, opinando sobre todo, desordenando la calma que tanto trabajo me ha costado conseguir.
Debería parecerme una condena, pero no lo siento así. Es precisamente esa falta de rechazo lo que empieza a preocuparme de verdad.