18
Ewan
Dormir habría sido lo lógico, pero la lógica anoche no tuvo demasiado espacio.
El castillo, que normalmente se traga cualquier ruido hasta dejarlo en nada, se quedó lleno de pequeños ecos: el roce de los cubiertos, su forma de decir perfecto , la puerta cerrándose con ese sosiego que retumba más que cualquier golpe.
No fue una mala noche en el sentido habitual. Fue peor. Demasiado tiempo despierto, demasiado margen para pensar cosas que no terminan de cuadrar en ningún plan razonable.
A primera hora bajo a la cocina por inercia, como si repetir el mismo gesto de siempre fuera suficiente para ordenar lo que se quedó torcido. El plato de la cena sigue en el fregadero. El suyo está limpio. El mío, no.
Me obligo a no darle más vueltas de las necesarias. Se va hoy. Es lo mejor. Es lo legal.
Subo las escaleras con paso firme, sin pensar demasiado en el momento en el que voy a llamar a su puerta. No tiene sentido complicarlo. La llevo al taller, se arregla el coche, y todo vuelve a su sitio.
Cuando me planto frente a su habitación, me quedo unos segundos en silencio, con la mano a medio camino de la madera, como si necesitara asegurarme de que esto es exactamente lo que quiero hacer.
Es lo que quieres, no debería caerte bien. Es una cotorra.
Llamo.
—¿Sí?
Su voz llega desde dentro.
—¿Estás lista? Te llevo al taller.
Hay un pequeño silencio antes de que responda.
—Puedo ir sola —indica al punto que abre la puerta—. Estoy segura de que la maleta rueda perfectamente colina abajo.
La imagen es lo bastante clara como para que se me escape una mínima exhalación.
—Lo sé. —Apoyo la mano en el marco de la puerta cuando la abre—. Pero prefiero llevarte.
Se queda en el quicio, sin invitarme a pasar, mirándome e intentando decidir qué hacer conmigo.
—¿Eso es tu forma de pedir disculpas?
—Puede que sí.
Su expresión cambia lo justo.
—¿Puede… o lo es? —inclina la cabeza y frunce el labio—. Porque no puedes ir por la vida así, Ewan. Diciendo medias frases para no mojarte ni un pelo.
Aprieto la mandíbula, consciente de que tiene razón, y no es una sensación nueva.
Llevo tiempo reconociendo ese mismo esquema en mí, esa forma de medir cada palabra, de dejar siempre una salida abierta para no tener que implicarme más de la cuenta, como si anticiparme fuera la única manera de mantener a raya lo que arrastro.
No es casualidad; es la forma en la que he aprendido a moverme fuera, a no dar demasiado, a no quedarme expuesto más de lo obligatorio.
—Vale —resoplo, pasándome una mano por la nuca—. Sí. Siento haberte hecho sentir un incordio.
No lo adorno. No sabría hacerlo aunque quisiera.Ella me observa un segundo más, calibrando si eso le basta.
—Acepto las disculpas —dice al final, sin suavizar el tono—. Y el ofrecimiento.
Se aparta para cerrar la puerta y terminar de recoger sus cosas. Me quedo en el pasillo mirando un punto fijo sin verlo realmente.
No entiendo por qué me molesta tanto que me vea como un ogro.
He sido mucho más brusco con gente que me importaba bastante menos, y nunca me he parado a pensar en cómo se iban a quedar después. Sin embargo, con ella todo es de otra manera, y no termino de decidir si eso es un problema que debería cortar a tiempo o algo que, no quiero mirar de frente.
Qué coño te pasa, Ewan.
La puerta se abre de nuevo y sale con la maleta, ya vestida, ya lista, con esa misma expresión controlada de la noche anterior.
—¿Lista? —pregunto.
Ella asiente.
Bajo la mirada un segundo hacia la maleta, luego vuelvo a fijarme en ella, como si hubiera algo más que debería decir y no termino de encontrar la forma.
Y efectivamente, me limito a coger la maleta y a señalar hacia las escaleras.
—Vamos.