17
Ivy
La cocina del castillo por la noche engaña: luz cálida, viento aporreando los cristales con suavidad, el horno murmurando como si todo estuviera en su sitio. Podría ser una escena tranquila, de las que se recuerdan con una sonrisa.
No lo es.
Ewan se mueve con precisión, sin ruido innecesario, como si cada gesto estuviera diseñado para no abrir ningún frente. Ni errores. Ni grietas. Ni conversaciones.
—¿Qué pasa, has vuelto a tu modo de no me hables? —curioseo, sentándome a la mesa.
—¿Modo de no me hables ? —repite, esta vez con una leve mueca, como si le hiciera gracia lo que acabo de decir—. Suena bastante teatral.
—No es drama —respondo—, es reflexión. Desapareces emocionalmente justo cuando la cosa se pone interesante.
—O cuando deja de merecer la pena —contesta.
—Qué práctico —ladeo la cabeza—. Así nunca tienes que quedarte a ver qué pasa de verdad.
Hace tres horas estaba a dos centímetros de mí en un cobertizo, compartiendo aire y ahora parece decidido a borrar cualquier rastro de eso.
—¿Qué tienes en el horno? —investigo, rompiendo el hilo antes de que se vuelva insoportable.
—Cordero —responde—. Un asado.
—Huele bien.
—Es fácil —dice, como si eso quitara mérito—. Sal, romero, aceite y un buen horno.
—Para algunas cosas te gustan las instrucciones.
—Para las que no conviene improvisar.
—O para las que no quieres arriesgarte —replico, suave—. Cocinas mejor de lo que admites, pero si le hubieras puesto un poco de laurel, tendría otro toque.
—Cocino lo justo para que no haya sorpresas —dice—. La comida no necesita espectáculo.
—Ni las personas —replico—, aunque a veces ayuda decir algo más que lo mínimo.
—Si quieres que diga algo más —añade, después de un segundo— será que la cena está lista… y que pongas la mesa, por favor.
Cada palabra de este hombre está medida para no cruzar una línea invisible que solo él parece ver.
—¿Siempre haces esto o soy una excepción i?
—¿Hacer qué?
—Acercarte lo suficiente para que pase algo… —muevo la mano entre los dos— y luego comportarte como si no hubiera pasado absolutamente nada.Empieza a ser evidente. Y no es muy elegante.
—No hay nada que interpretar.
—Dímelo claro, Ewan —añado sin rodeos—. ¿Te molesta que esté aquí… o te molesta que no te sea indiferente?
—No eres tan importante como crees. —No levanta la voz. No hace falta—.Esto —dice señalando el espacio entre los dos— no es nada.
—Perfecto… —dejo que la palabra se asiente antes de continuar, sin levantar la voz—. Entonces no vas a tener que soportarme más. Mañana me arreglan el coche y seguiré mi viaje. Gracias por la hospitalidad, de verdad… pero ha quedado bastante claro que soy una molestia para ti.
—No es que seas una molestia —dice, midiendo cada sílaba—. Es que no estaba en mis planes acoger a nadie en el castillo.
—Tampoco estaba en los míos quedarme tirada en el pueblo. Pero aquí estamos.En cualquier caso —añado, retomando el hilo con una educación que no me sale natural—, mañana dejo de ser un imprevisto en tu agenda.
—Nunca he dicho que…
—No hace falta que mientas por cortesía —lo corto—. Se nota y puedo llegar a entenderlo.
Hay un segundo en el que parece que va a responder algo más, pero no lo hace.
—Entonces ya está todo claro —repito, y esta vez no es una conclusión precipitada sino un punto final que me obligo a aceptar—. Voy a acostarme y a dejarte espacio. No tengo hambre.
—Esta conversación incómoda se ha producido porque tú has querido sacarla.
—No—contesto—. Ha pasado porque todo el tiempo que llevo aquí me has hecho sentir como si no encajara en ningún sitio de esta casa: como una intrusa, una pesada… un grano en el culo con tendencia a infectarse.
—Siempre lo exageras todo.
—Tú también, pero solo cuando es algo que te molesta a ti. Como el día de la feria.
—¿Qué día de la feria?
—El día que bailé con ese chico —sostengo—. Te molestó.
Se le tensa la mandíbula lo justo para delatarlo, aunque su voz se mantenga firme.
—Si piensas que me dio celos, estás equivocada. Es absurdo pensar eso cuando apenas nos conocemos.
—A lo mejor es que el destino está intentando dejar claro que lo mejor habría sido no habernos conocido nunca.
Por primera vez en toda la noche, Ewan me mira de frente, sin retirarse.
—¿Tan insoportable he resultado?
—Tienes de tiempo hasta mañana por la mañana para superar tu plusmarca personal —replico—. Seguro que puedes mejorarla.
—Ivy…
Me detengo cuando pronuncia mi nombre, pero no me giro.
—Buenas noches, Ewan.
Subo las escaleras con ese tipo de control que cuesta más que cualquier reacción impulsiva, consciente de cada paso, de cada respiración, como si el castillo entero estuviera escuchando.
Cuando entro en la habitación y cierro la puerta, apoyo la espalda contra la madera y dejo que el silencio me alcance por fin.
No voy a llorar. Ni por esto ni por él.
Aunque, si soy sincera, tiene razón: es absurdo que me afecte tanto alguien que solo está de paso.
Se supone que estas cosas tienen que ser livianas, sin peso, de esas que entran y salen sin dejar marca.
Pero hay conexiones que ni siquiera llegan a ser nada y aun así duelen como si te hubieran dejado a medias.
No es que seamos algo, porque en realidad no somos nada. Es esa sensación de mierda de que podría haber sido distinto… si las circunstancias hubieran sido otras.
Pues no. Mañana recojo mis cosas, me largo de este castillo y sigo mi camino como si nada hubiera pasado.
No pienso volver a cruzar esa línea con alguien que ni siquiera se atreve a reconocer que existe.