16
Ewan
Hay una regla bastante simple cuando trabajas con cosas antiguas: si parecen sólidas, es porque todavía no has tocado la pieza equivocada.
Y si, además, hay alguien observando por encima de tu hombro, las probabilidades de que algo se rompa —o de que pierdas la paciencia— aumentan de forma bastante notable.
—No entiendo por qué no puedes dejarme ayudar.
La voz de Ivy entra en el cobertizo antes que ella, seguida del crujido de la madera bajo sus botas y del golpe suave de la puerta al cerrarse.
No levanto la vista. Me concentro en la cómoda, en la veta gastada, en las capas de barniz mal aplicado que alguien decidió ignorar durante años.
Es un buen mueble. Lo ha sido siempre. Solo necesita que alguien deje de tratarlo como si fuera prescindible.
—Podría sujetar eso —insiste, acercándose.
—O podrías no hacerlo.
—Eres increíble.
—Lo sé. Y guapo, ¿verdad?
—No lo decía en ese sentido.
—Tampoco yo —manifiesto, sin girarme, aunque soy consciente de su mirada clavada en mí—. ¿Quieres ayudar?
—¿Es una invitación real o una trampa?
—Depende de lo que hagas.
—Prometo no destruir patrimonio histórico.
No respondo; me limito a apartarme lo justo.
—Sujeta aquí.
Se agacha a mi lado. El perfume llega antes que cualquier otra cosa: discreto, limpio, con un fondo apenas dulce que se abre en algo fresco, como aire frío sobre piel caliente.
Aprieto la herramienta más de lo necesario.
Hace mucho que no estoy tan cerca de una mujer. Un año y tres meses, para ser exactos.No es un dato útil… y, aun así, mi cabeza lo registra con mucha precisión.
—¿Aquí?
—No. Ahí no.
—¿Entonces dónde?
—Ahí.
—Ewan…
—¿Qué?
—Señala con algo más que gruñidos.
Resoplo y, antes de pensarlo demasiado, guío su mano con la mía.
Error.
Su piel está fría y suave. La suelto rápido, como si el contacto pudiera alargarse por sí solo si lo no corto yo.
—Aquí —repito, seco.
—Vale.
Trabajamos en silencio unos momentos, aunque no es el silencio de siempre; hay algo más, una tensión ligera que no tiene nada que ver con la madera ni con las herramientas y que me mantiene demasiado pendiente de cada uno de sus movimientos.
—¿Sabes lo que estás haciendo? —pregunta.
—Más o menos.
—Eso no es tranquilizador.
—¿Para ti o para el mueble?
—Para ambos —masculla.
La observo de reojo. No hay torpeza en sus gestos. Examina la madera con atención real, pasa los dedos por una grieta, golpea una zona con los nudillos como si estuviera escuchando algo que yo no oigo.
—Esta pieza está suelta —dice al fin—. No está bien encajada. Por eso cruje.
—Eso es por la humedad.
—Y por esto. —Sin pedirme permiso, ajusta la unión con un movimiento corto y preciso. La madera encaja con un sonido limpio.
—Eso ha vuelto a ser casualidad —señalo con la mandíbula tensa.
—No suelo trabajar por azar.
—Pues hace un momento no sabías ni dónde poner las manos.
—Evoluciono rápido —revela con una media sonrisa—. Intenta seguirme el ritmo.
—No prometo nada.
—No hace falta. Con que no estropees esta preciosa cómoda, me conformo.
—No sabes nada de mí —replico brusco—. Ni a qué me dedicaba antes de heredar este sitio.
—Entonces cuéntamelo.
—No me gusta contar mi vida a desconocidos.
—Qué pena —indica con fingida lástima—. Yo soy Ivy. Una dama desvalida a la que acogiste porque, en el fondo, tienes un corazoncito. Encantada. —Me tiende la mano, pero yo la ignoro.
—Eso es discutible.
—Ya no soy una desconocida.
—Tampoco lo confirmo.
—Me vale —responde—. Mira qué crecimiento personal estás teniendo hoy.
Se me escapa una exhalación que roza una risa, pero consigo contenerme.
—¿Te has reído?
—No te emociones.
—Demasiado tarde. —Da unas palmaditas.
—Pásame el trapo.
Lo hace sin rechistar, y sin darme cuenta la comisura de mis labios se curva en una sonrisa leve, casi una concesión que no suelo permitirme.
—Si lijas en esa dirección —dice de pronto— te cargas la veta.
—No me la estoy cargando.
—Un poco sí… pero oye, es tu mueble.
—Hazlo tú, listilla —cedo.
Su sonrisa es inmediata. Coge la lija y se inclina sobre la cómoda con una seguridad que no tenía hace unos minutos.
Su hombro roza el mío en un contacto mínimo que, aun así, resulta demasiado evidente, lo suficiente como para tensar algo que no tiene nada que ver con el trabajo.
No se aparta enseguida… y yo tampoco encuentro una razón inmediata para hacerlo.
—Así —apunta, como si nada.
—Eres bastante irritante.
—Y tú bastante gruñón.
—No gruño.
—Gruñes muchísimo, como un perro al que le han quitado el hueso.
—Eso es una exageración —respondo, sin apartar la vista del mueble, aunque soy muy consciente de que me está mirando.
—Exageración es que creas que sabes lo que haces.
—Qué casualidad —añado—: es exactamente lo que estoy haciendo mientras tú te dedicas a comentar.
—No comento, observo —corrige—. Y, de momento, he llegado a la conclusión de que te cuesta admitir cuando alguien lo hace mejor.
—No me cuesta admitir nada. Me cuesta perder el tiempo.
—Claro —dice volviendo a la lija—. Por eso llevas diez minutos discutiendo conmigo en lugar de trabajar.
Se incorpora, sacudiéndose el polvo de las manos.
—Voy a limpiarme.
—Buena idea.
—Y luego… —Se detiene.
—¿Luego qué?
—Nada —responde, pero su expresión dice otra cosa.
—Eres imprevisible —murmuro—. Y eso no suele ser buena señal.
—¿Te asusto?
—Me incomodas —corrijo y para mi desgracia suena demasiado cerca de la verdad.
—Vaya —sonríe—. Progreso. Ayer te molestaba del todo. Mañana desapareceré, así que tranquilo, Mackenzie. Solo soy una viajera perdida. No voy a desordenarte la vida.
Se marcha sin hacer ruido, y aun así dejo que mi mirada la siga hasta que desaparece por la puerta. Vuelvo al mueble, a la madera y a la unión que ha dejado encajada.