El heredero más imposible de Escocia 15
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​​ Ivy

La media tarde desdibuja los contornos del día hasta convertir el castillo en una especie de cápsula aislada del resto del mundo. No hay un momento claro en el que todo termina; simplemente, la luz se retira poco a poco y deja atrás una calma espesa que lo ocupa todo.

Estoy en la cocina cuando Ewan entra, con la naturalidad de quien conoce cada rincón y no espera encontrar nada que le altere el ritmo. Sin embargo, al verme, se detiene apenas un segundo, lo suficiente para registrar mi presencia sin convertirla en una pregunta.

—Veo que sigues aquí.

—De momento no me han rescatado —respondo —. Y alguien tenía que comprobar si tu dieta básica incluía algo más que latas de supervivencia.

No replica de inmediato. En lugar de eso, se acerca al horno saca un plato y lo deja frente a mí con un gesto preciso.

—Come —indica, como si eso bastara.

Me acerco con cierta curiosidad y observo el plato: huevos revueltos cremosos con un punto de mantequilla, pan tostado crujiente y una ensalada simple de hojas verdes y tomate aliñada con aceite. Es sencillo, sí, pero está bien hecho.

—Vale —admito tras probarlo—. Esto está bien, está muy bueno.

Lo veo medir mi reacción.

—No tiene misterio.

—Claro que no —respondo—. Solo técnica, inversión de tiempo y el detalle de no arruinarlo con vinagre de Módena.

—No soy un ogro —añade al cabo de un momento—. No voy a dejar que nadie se quede sin comer.

Apoyo el tenedor en el plato.

—No, eso ya lo tengo claro. Eres más bien el tipo de persona que se asegura de que nadie se muera de hambre… pero tampoco interviene demasiado más allá de eso.

Su mirada se afila.

—¿Por qué todo tiene que tener una lectura?

—Porque la tiene —replico—. Otra cosa es que prefieras ignorarla.

—No todo es tan… complicado.

—No —concedo—. Pero tampoco todo es tan simple como te gustaría. No siempre eres así —añado sin mirarlo directamente.

—¿Así cómo?

—Como si cada cosa tuviera que pasar por un filtro antes de salir.

Se toma su tiempo antes de responder, decidiendo si merece la pena hacerlo.

—No siempre.

—Ya —murmuro—. Se nota.

—No es algo que suela interesar a la gente.

—A mí sí.

Esa vez sí levanta la vista con algo más de atención.

Y, por un segundo demasiado largo, me quedo atrapada ahí: en unos ojos que no son exactamente azules ni grises, sino algo intermedio, como el mar cuando el cielo se nubla, con pequeñas motitas marrones que rompen la uniformidad y los vuelven… altamente interesantes.

Genial, Ivy. No te vas a derretir por alguien que te ha cocinado unos huevos revueltos, ¿verdad?

—Nadie decide convertirse en una versión reducida de sí mismo sin motivo, Ewan.

—¿Reducida?

—Optimizada —corrijo con una ligera sonrisa—. Para que no haya margen de error. Pero reducirlo todo tampoco lo hace necesariamente más sencillo. Solo… más previsible.

—Eso no es malo.

—Depende de lo que estés evitando.

Recojo el vaso y me levanto, más por necesidad de romper la línea de la conversación que por otra cosa.

—¿Siempre te alimentas así? —pregunto apoyándome en el fregadero—. ¿Solo, en silencio y con resultados culinarios decentes?

—Sí.

—¿Y no te resulta… repetitivo?

—No especialmente.

—A mí me parecería aburrido.

—Puede ser —dice al final, sin cerrarse del todo.

—No tienes que demostrarme nada —añado, bajando ligeramente el tono.

—Ni lo estoy intentando, créeme.

—Ya —lo observo un segundo—. Solo estás intentando que nada se desvíe de lo que ya tienes medido.

—Es lo que funciona para mí.

—Sí —asiento—. Pero eso no significa que sea lo único que podrías permitirte.

No dice nada y me exaspera.

—¿Y ahora qué? —pregunto sin apartar del todo la vista de él—. ¿Qué se hace aquí después de este refrigerio?

Ewan recoge el plato con la misma economía de gestos de siempre, como si cada movimiento estuviera ya decidido de antemano.

—Ya te he brindado suficiente entretenimiento por hoy —responde—. Los domingos por la tarde suelo dedicarme a arreglar cosas.

—Suena como una terapia bastante eficaz contra el insomnio —replico—. Y, casualmente, me encantaría ayudarte.

No se niega, pero tampoco parece especialmente entusiasmado; simplemente sopesa la idea como si fuera una variable más en una ecuación.

—No es necesario.

—Claro que lo es —insisto con una media sonrisa—. Sobre todo, si hay riesgo de que intentes volver a inundar el castillo con esas tuberías tuyas o incendiarlo pelando cable, preferiría estar presente.

—No es nada eléctrico ni tiene que ver con agua —aclara, con un leve gesto de paciencia—. Voy a restaurar un mueble antiguo.

—Perfecto —digo—. Soy experta en decapado de madera… y de personas.

—No voy a dejar que me lijes como a un armario viejo —manifiesta, mirándome por fin con algo que se acerca a la ironía.

—Tranquilo. Pero sí pareces un armario: robusto, de madera pesada, bastante resistente… pero viejo no. Ni de lejos. De hecho, incluso cuando estás en plan mono eres bastante guapo.

Lo sorprende de una forma sutil pero evidente: en cómo se queda quieto, en el leve parpadeo que no llega a disimular y en esa mínima tensión en la mandíbula que delata que no esperaba algo así.

—¿Qué? —añado encogiéndome de hombros—. ¿No tienes espejos o es que has perdido la fe en ti mismo? Eres un poco desagradable, no te lo voy a negar, pero el envoltorio es bueno, aunque lo de dentro esté ligeramente… avinagrado.

—Si vas a seguir por ahí —dice con una calma que ya no es del todo neutra—, quizá deberías leer un libro, ver la televisión o irte a dormir.

—Ni hablar —respondo sin moverme—. Verte la cara mientras hablo es mucho más entretenido.

Gruñe o hace un sonido bajo que no llega a ser protesta.

—¿Lo ves? —agrego satisfecha—. Esos gruñidos ya empiezo a entenderlos. Me lo tomaré como un sí.